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La obstaculización de la circulación

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OBSTACULIZACIÓN
DE LA CIRCULACIÓN

Oliver M. Stretch, D.O., F.A.A.O.

Los principios de la física de la circulación de los líquidos son aplicables, en gran parte, al cuerpo humano; vista la preponderancia de los líquidos sobre la trama sólida del mismo. El principal líquido del cuerpo es la sangre que fluye por las arterias y las venas bajo la presión ejercida por el bombeo del corazón. La linfa es un líquido menos viscoso que circula por sus propios canales, glándulas y conductos, y el líquido cefalorraquídeo transportado por las fibrillas colágenas huecas. Incluso los nervios contienen líquido.

Una obstrucción de la circulación normal puede causar efectos en otro punto del sistema circulatorio y de los órganos que dependen de dicho sistema. Una obstrucción aumenta la presión en el lado distal y causa la distensión de los vasos; en el lado proximal de la obstrucción, dis­minuye la presión y las paredes de los vasos pueden colapsarse y los órga­nos unidos a esta parte del sistema circulatorio pueden presentar síntomas de agravación como consecuencia de una irrigación inadecuada o de una disminución de la eliminación de los productos de desecho por el líquido circulando bajo una presión reducida. El tratamiento de esos órganos o partes del cuerpo es sólo de carácter paliativo y no elimina la causa. Nuestros conocimientos de su anatomía y sus interrelaciones nos ayu­darán a remontarnos a la verdadera causa de la obstrucción de la cir­culación.

Veamos, por ejemplo, un caso de trastornos digestivos y molestia generalizada en todas las inserciones de la columna vertebral. En el pri­mer examen se podría sospechar excesos de alimentación, pero en el caso concreto de nuestro paciente podríamos excluir esta posibilidad. La palpa­ción no puso de manifiesto ninguna lesión causal periférica importante del tubo digestivo; sin embargo, en algún punto existía una obstacu­lización del estímulo y circulación normales. Proseguido el examen, a partir del sitio de agravación, a través de los canales de la circula­ción y tejidos aponeuróticos, se detectó un occipucio desequilibrado que afectaba la circulación en las fibrillas colágenas a lo largo del eslabón central y que incidía, asimismo, en la circulación del líquido cefalorraquí­deo a través de la columna medular. El occipucio desequilibrado producía igual y simultáneamente una posición anormal del sacro a través del tejido conectivo aponeurótico. Además y confirmando los hallazgos de la palpación, había entrecruzamientos y lesiones compensadoras en la columna vertebral.
El reequilibrado del occipucio y sacro aumentaron la presión de la circulación en todos los sistemas afectados, reduciendo las pérdidas por fricción del flujo en esos sistemas, y aliviaron las dolencias del conducto digestivo y molestias en la parte inferior de la región sacra.

¿Qué entendemos exactamente por pérdida por fricción de la fluidez de la circulación? ¿Qué leyes la gobiernan? Los problemas inherentes a la circulación de los líquidos del organismo parecen tener una base mecánica y química, pero a menudo no llegan a responder a los métodos normales de tratamiento.
Los líquidos del cuerpo humano son líquidos confinados en conductos tubulares: arterias, venas, vasos linfáticos, fibrillas colágenas. Su reac­ción a la obstaculización depende de este confinamiento y atiende al enunciado de la ley de Pascal (1665): «La presión sobre un líquido en estado de confinamiento se transmite uniformemente y sin disminución en todas direcciones.»
Esto significa que una obstrucción en el inmenso circuito que constitu­yen las venas, arterias y capilares, producirá un aumento de la presión sanguínea en el lado distal en la totalidad de la anatomía. Un punto frágil en el sistema, por alejado que se halle del sitio de la obstrucción, producirá una agravación. La eliminación del problema creado sólo será posible una vez identificada su causa real: la obstrucción de la criculación.
La aplicabilidad de las leyes del movimiento de Laplace a la anato­mía humana ha sido apuntada en los trabajos de A. T. Still y W. G. Suther­land. La presión y la tensión de un líquido confinado es comparable a la presión interna del aire que mantiene a un globo hinchado. A mayor presión del aire contenido mayor será la expansión del globo y mayor la tensión a su superficie. Lo mismo se aplica a las paredes de las arterias y venas distendidas a causa de un aumento de la presión resultando de una obstrucción del sistema circulatorio. Como también se aplica a las cavi­dades ventriculares y al sisterma vascular, con posibilidad de calcular la tensión de las paredes de los vasos.
La fricción es la resistencia que se produce entre dos cuerpos en con­tacto. Por «cuerpo» puede entenderse un líquido en contacto con un sólido. El contacto entre dos cuerpos tiende a impedir su desplazamiento respectivo. En parte, la fricción se produce por adherencia natural de un cuerpo al otro y por la aspereza de las superficies.
Las leyes básicas de la fricción, enunciadas por Morin (1830), se apli­can al cuerpo humano y pueden resumirse como sigue:

La fricción varía aproximadamente como la fuerza que se aplica a las superficies en contacto.
La fricción es prácticamente independiente del área de las super­ficies pero es algo mayor para las pequeñas superficies que para las grandes.
La fricción disminuye con el aumento de la velocidad, excepto para las velocidades muy bajas y con las superficies blandas.

De la misma manera que en términos de mecánica, también el efecto más perjudicial de la fricción es el desgaste de los «rodamientos», en fisioterapia el efecto más perjudicial de la fricción por pérdida de líquido circulante y pérdida de lubricación, es el desgaste doloroso de los «roda­mientos» -uniones y otras articulaciones anatómicas.
En este capítulo trataremos de la obstaculización de la circulación de los líquidos en el organismo, obstrucciones y pérdidas por fricción de la circulación normal. El estado de las paredes internas de las arterias, venas, linfáticos y demás, incide considerablemente en la velocidad y pérdidas por fricción de los líquidos corporales.
Los sistemas líquidos fisiológicos son de una eficacia extraordinaria. La circulación prosigue a pesar de la presencia de obstáculos, y los sistemas continúan cumpliendo sus funciones. El osteópata debe limitarse a ayudar al organismo a eliminar esos obstáculos.

El trabajo útil realizado por los ventrículos compensa exactamente las pérdidas de energía por fricción de la circulación de la sangre en el sistema vascular, estableciéndose una ecuación de identidad entre el volu­men de sangre que circula por cualquier parte del sistema y la circulación total: la circulación arterial equivale a la circulación de los capilares, arteriolas y venas. Pero en el caso que se produzca obstaculización o una necesidad adicional de sangre, entonces aumentará la fricción rompiéndose el equilibrio circulatorio; la presión que asegura el flujo circulatorio aumenta, y el órgano responsable de esta presión se ve sometido a un esfuerzo suplementario. El aumento de presión sobre los líquidos crea tensiones en los canales que los contienen. La distensibilidad de los vasos está condicionada por la textura del tejido elástico y colágeno y del músculo liso.

Nos limitaremos a mancionar los cambios que inciden en la química del organismo.
La energía (cinética o del movimiento; potencial o de posición) puede transformarse en trabajo y manifestarse de diversas maneras: movimiento visible de los cuerpos; movimiento irregular e invisible de las moléculas o energía térmica; movimiento ondulatorio invisible: sonido, luz, corrientes eléctricas.
El corazón convierte energía química en la energía mecánica necesaria para asegurar la circulación de la sangre a través de todos sus sistemas. Más del 98 GIo de la energía producida por el ventrículo izquierdo es energía potencial. Cuando este ventrículo expele la sangre recibida de la aurícula correspondiente, se produce una distensíon de las paredes de la aorta y sus principales ramificaciones, y una acumulación de energía potencial en forma de tensión arterial.
El flujo sanguíneo expelido del corazón produce energía cinética, a la que se añadirá la energía cinética producida por transformación de la energía potencial almacenada en las paredes de los vasos. El total de energía cinética asegurará la circulación de los elementos vasculares y se disipará en forma de calor producido por fricción. La velocidad de la circulación dependerá del tamaño de los vasos sanguíneos (de acuerdo con la ley de Poiseuille: «La velocidad de la corriente en los tubos capilares es proporcional al cuadrado del diámetro de éstos»). En los capilares la disminución de la velocidad facilita el intercambio de nutrientes y pro­ductos de desecho. Al reducirse la velocidad de circulación, la presión disminuye y el volumen aumenta.


En los vasos principales la presión y el flujo sirven de índice de la resistencia periférica total a la circulación en el sistema cardiovascular. Esta resistencia puede ser el resultado de cambios de actividad del músculo liso o de cambios de tamaño de los lechos capilares, y se calcula dividiendo la presión aórtica media por el volumen minuto.
Otros factores diferenciales de resistencia a la circulación son la consis­tencia (viscosidad) de la sangre y la geometría de los tubos, arterias, etc. Pueden producirse desviaciones de la ley de Poiseuille porque el factor geométrico no es constante sino que varía con la velocidad del flujo. La distensibilidad de los vasos depende de la tensión activa o contracción del músculo liso en las paredes de los vasos y de las fibras elásticas y colágenas en la estructura de aquéllos. El tono vascular es, a su vez, regu­lado por los impulsos nerviosos vasomotores, las sustancias humorales y productos metabólicos. Asimismo, los productos metabólicos dependen en gran parte del equilibrio iónico. En cuanto a la intervención del campo electrolítico en el metabolismo de las hormonas. digamos solamente que el equilibrio electrolítico, a su vez, depende en gran parte, de la ener­gía cinética o el flujo circulatorio.


Como ya hemos dicho, las funciones de la estructura anatómica, en lo que refiere a su nutrición, eliminación de desechos, creación y conservación de energía y conversión de energía potencial en cinética, dependen de la circulación.
¿Qué es lo que causa la obstaculización de la circulación? La res­puesta difícilmente podrá ser categórica. Hay, desde luego, problemas mecánicos a los que todos nosotros, médicos osteópatas, estamos acos­tumbrados; como también hay hipertensiones de tipo económico y social, cólera y otras emociones negativas que alteran los procesos digestivos. Esta alteración consiste, esencialmente, en una interferencia que acaba por obstaculizar la circulación de los jugos digestivos y otros líquidos en relación con el proceso de asimilación. La dolencia puede calmarse si el paciente deja de comer, pero sólo el tratamiento osteopático su­primirá las tensiones ejercidas sobre los sistemas circulatorios.
Ya hemos dicho que la obstaculización de la circulación puede ser el resultado de una enfermedad muy distante del punto de localización de la dolencia. Por esta razón, también, deberemos abstenernos de impo­ner por fuerza un tratamiento; mejor será ayudar las energías innatas del organismo a suprimir el mal. Recuérdese que una obstrucción produce aumento de presión en el lado distal y que, en las áreas capilares, aunque disminuya la velocidad, la difusión capilar produce una caída de presión con el consiguiente aumento de volumen del líquido. El empleo de la fuerza sobre los líquidos confinados puede crear más problemas que resolver la situación. Escribe el doctor Thomas Schooley en el Yearbook (1958) de la A.A.O.O.:

Pruebas de laboratorio demuestran que los movimientos lentos y suaves son los más indicados para que el líquido edematoso salga de los espacios intercelulares. En cambio, los movimientos bruscos, duros o violentos, ejer­cidos en el área de la lesión osteopática no corrigen el proceso sino que aumentan las hemorragias petequiales, el edema y las interferencias con la nutrición de los tejidos afectados...


Debemos insistir, pues, en la suavidad del tratamiento basado en el concepto craneal y en la conveniencia de aguardar el punto de equilibrio de las partes que tratamos de devolver a la normalidad. Es en estos puntos de equilibrio que los líquidos del cuerpo, y más especialmente la sangre, son capaces de recibir las más altas concentraciones de elec­trones necesarios para la formación de los principales electrólitos. El tratamiento contribuye a la elaboración, por el cuerpo del paciente, de su propia energía a partir de los electrólitos. Toda insistencia exagerada en el tratamiento termina por romper el equilibrio. En palabras del doctor Schooley:
Nuestros métodos correctivos consisten en desplazar o conducir las articula­ciones en la dirección de menor resistencia hasta alcanzar un punto donde los tejidos no estén sometidos a tensión alguna, y mantenerlos en él hasta que las presiones hidrostáticas intercelulares puedan manifestarse sobre los espacios hísticos con el fin que éstos vuelvan a sus posiciones respectivas y a sus formas normales.


Hemos tratado de centrarnos en el problema de las obstaculizaciones de las circulaciones de líquidos, aunque sea imposible aislar los sistemas circulatorios de la anatomía humana en nuestro trabajo terapéutico, como tampoco podemos adoptar criterios distintos respecto a las inter­relaciones.
Hace unos años, en el curso de una recepción, mitad social, mitad profesional, un neurocirujano proyectó algunas transparencias de interven­ciones suyas. Me fijé en algunos casos posiblemente corregibles por la técnica craneal. Las operaciones habían sido un éxito aunque los pacientes no sobrevivieran mucho tiempo después de la operación. De momento no hice ningún comentario, pero más tarde, tuve la oportunidad de hablar en privado con el cirujano en cuestión. Refiriéndome a algunos de los casos de sus proyecciones le pregunté si había obsevado posibles obstaculizaciones de la irrigación sanguínea en las respectivas áreas afectadas del cráneo.
Su respuesta fue tajante y de las que no se olvidan: «Soy un neurocirujano; qué me importa la irrigación sanguínea.»
No me cansaré de repetirlo: no podemos aislar y tratar una sola fun­ción o parte, ni un solo sistema de la anatomía humana. Cada función fisiológica depende, en algún aspecto o en alguna relación, de la circula­ción. Dicho de otra manera, al tratar las obstrucciones y cualquier entidad anatómica anormal, debemos tratar el hombre en su totalidad y en rela­ción con las leyes del Universo. El osteópata debe guiarse por las fitas dispuestas por el Divino Creador.

     

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