El kybalion 1-b

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Kybalion 1-a Kybalion 1-b Kybalion 1-c Kybalion 1-d Kybalion 1-e Kybalion 1-f

El Kybalion.


Vivimos de acuerdo con lo que sabemos. Si creemos que el universo y nosotros mismos somos algo mecánico, viviremos de forma mecánica. Por el contrario, si sabemos que formarnos parte de un universo abierto, y que nuestra mente es una matriz de realidad, viviremos la vida más creativamente y con mayor energía. Si nos imaginamos como seres aislados, flotando en un océano de indiferencia, nos comportaremos en la vida de forma diferente a como lo haríamos de sabernos en un universo total indivisible. Si creemos que el mundo es fijo, nos opondremos a todo cambio; si sabemos que el mundo es fluido, seremos cooperadores del cambio.
Como decía Abraham Maslow, el miedo a saber es en el fondo un miedo a hacer, porque todo conocimiento entraña una responsabilidad.
Estos nuevos descubrimientos desvelan aspectos de la realidad que, por su rica complejidad, escapan al análisis, pero no obstante podemos comprenderlos. En algún nivel -lo llamemos corazón, cerebro derecho, tripas o inconsciente colectivo, reconocemos la justeza e incluso la sencillez de los principios que implican: se corresponden con un saber honda­mente enraizado en nuestro interior.
La ciencia no está haciendo más que confirmar paradojas e intuiciones con las que la humani­dad se ha tropezado repetidas veces, pero empeñándose terca­mente en no verlas. Nos está diciendo que nuestras instituciones sociales y nuestras mismas formas de vida están violando la naturaleza. Nos dedicamos a fragmentar y a congelar lo que deberíamos dejar moverse por ser dinámico. Establecemos jerarquías de poder antinaturales. Competimos, cuando en realidad podríamos cooperar. Si leemos los letreros que aparecen en la cartelera de la ciencia, veremos la necesidad critica de cambio en que nos encontramos; un cambio que consiste en vivir de acuerdo con la naturaleza, y no en contra de ella.
Especialistas en semántica como Alfred Korzybski y Benja­min Whorf advierten que las lenguas indoeuropeas nos vinculan aun modo de vida fragmentado. Descuidan la relación. Por me­dio de la estructura sujeto-predicado moldean nuestro pensa­miento, forzándonos a pensar simplemente en términos de causa y efecto. Por ello nos resulta muy difícil hablar  -e incluso pensar- sobre física cuántica, sobre la cuarta dimensión, o so­bre cualquier otra noción donde no aparezcan claramente delimitados el comienzo y el fin, lo alto y lo bajo, el ahora y el luego. En la naturaleza los acontecimientos tienen múltiples causas simultaneas.
Cuando los puzzles y las paradojas reclaman una solución, se hace necesario un nuevo paradigma. Afortunadamente, la rá­pida evolución  biológica cultural y personal- está encon­trando una nueva profunda y poderosa explicación.
La teoría de tas estructuras disipativas valió a su autor, Ilya Prigogine, físico y químico belga la concesión del premio Nóbel de química en 1977 Esta teoría puede suponer para la ciencia en general un paso tan importante como lo fueron tas teorías de Einstein para la Física. Viene a tender un puente sobre el foso que separa la física y la biología el eslabón ausente que uniría tos sistemas vivientes con el universo aparentemente carente de vida en el que aquellos se desarrollan.
Esta teoría explica los “procesos irreversibles” que tienen lugar en la naturaleza, el movimiento hacia un orden vital cada vez más perfecto. Prigogine, interesado en un principio en la historia y las humanidades en general sentía que la ciencia igno­raba esencialmente el tiempo. En el universo de Newton, el tiempo se consideraba únicamente con respecto al movimiento, con respecto a la trayectoria de un objeto en movimiento. Pero, como dice Prigogine el tiempo tiene muchos aspectos: decaden­cia, historia, evolución, creación de nuevas formas, de nuevas ideas. ¿Dónde había sitio en el antiguo universo para el devenir? La teoría de Prigogine resuelve el enigma fundamental de los seres vivientes, que han ido siempre cuesta arriba en un universo donde se supone que todo corre pendiente abajo. Y además, esta teoría tiene aplicación inmediata  a la vida cotidiana, a la gente.
Ofrece un modelo científico de transformación en todos los nive­les. Explica el papel critico que juega el stress en la transforma­ción, ¡y el impulso transformador inherente a la naturaleza!
Algunas formas naturales son sistemas abiertos, esto es, están implicados en un continuo intercambio de energía con el entorno. Una semilla, un huevo fecundado, un ser vivo, son todos ellos sistemas abiertos También hay sistemas abiertos fabricados por el hombre. Prigogine cita el ejemplo de una ciudad: absorbe energía de la zona circundante (electricidad, materias primas), la transforma en las fabricas y la devuelve al entorno. En tos siste­mas cerrados, por el contrario -tendríamos como ejemplos una roca, una taza de café frio, un tronco de leña-- no existe una transformación interna de energía.
El término que Prigogine aplica a los sistemas abiertos es el de Estructuras disipativas. Esto es, su forma o estructura se man­tienen a base de una continua disipación (consumo) de energía. Igual que el agua se escapa en forma de torbellino, que es creado por ella en su fluir, así también la energía recorre las estructuras disipativas a la vez que las conforma. Todos los seres vivos y algunos sistemas no vivos (por ejemplo ciertas reacciones quími­cas) son estructuras disipativas Toda estructura disipativa podría muy bien definirse como un todo fluyente: altamente organi­zado, pero siempre en proceso.
Reflexionemos ahora sobre el significado de la palabra com­plejo: trenzado conjuntamente Una estructura compleja pre­senta conexiones diversas en múltiples puntos. Cuanto más com­pleja es una estructura disipativa tanta más energía se requiere para mantener todas esas conexiones. Por ello, resulta más vul­nerable a las fluctuaciones internas. Se dice que está “lejos del equilibrio”. (En las ciencias físicas, equilibrio no significa una sana estabilidad mental sino que se refiere al estado final de dispersión aleatoria de la energía. El equilibrio supone una espe­cie de muerte.)
Como las conexiones no pueden mantenerse más que a base de un flujo de energía, el sistema está siempre en estado de fluidez. Notemos la paradoja: mientras más coherente es la estructura, mientras más intrincadas sean sus conexiones, tanto más inestable será. ¡Aumento de coherencia significa aumento de inestabilidad! Precisamente esa inestabilidad es la clave de la transformación. Como ha demostrado Prigogine en elegantes términos matemáticos, la disipación de energía crea la potencia­lidad de un nuevo y repentino ordenamiento.
El continuo movimiento de energía a través del sistema se traduce en fluctuaciones; si éstas son pequeñas, el sistema las absorbe y no llegan a alterar su integridad estructural. Pero cuando las fluctuaciones alcanzan un nivel critico, “perturban” el sistema. Aumentan el número de interacciones nuevas en su interior, agitándolo. Los elementos de la antigua estructura en­tran en contacto entre sí de nuevas formas, nuevas conexiones. Las partes se reorganizan en una nueva totalidad. El sistema se escapa hacia un orden más elevado.
Cuanto más compleja o coherente es una estructura, tanto mayor es el nivel siguiente de complejidad. Cada transforma­ción hace más probable la siguiente. Cada nuevo nivel posee un nivel de integración y de conexión superior al que le pre­cede, por lo que requiere para su mantenimiento un flujo ma­yor de energía, lo que le hace ser aún menos estable. Por de­cirlo de otro modo, la flexibilidad engendra la flexibilidad. Como decía Prigogine, en los niveles de complejidad elevados “cambia la naturaleza de las leyes de la naturaleza”. La vida “come” entropía. Tiene la capacidad de crear nuevas formas por el simple procedimiento de permitir la agitación de las antiguas.
Los elementos de una estructura disipativa colaboran a provocar las transformaciones del conjunto.

 

El Kybalion.


Para comprender plenamente hasta que punto la complejidad de la naturaleza trasciende la lógica ordinaria, uno solamente necesita hacer una visita al mundo fabuloso de la física cuántica o a los laboratorios de parapsicología. Tanto en física teórica como en parapsicología, la letra griega psi designa lo desconocido.
Jeremy Bernstein, profesor de física en el Stevens Institute of Technology, ha dicho que algunas veces: “Una teoría realmente nueva y auténtica puede apa­recer completamente insensata a primera vista, pero sí tiene algo de bueno debe ofrecer ese aspecto de conexión con lo anterior”. No debe ser algo suspendido en el aire, y en eso se distingue de la pura especulación hueca.
 La física moderna, que se ha dejado adentrar más y más en lo desconocido sin perder ese fino hilo de conexión, ha revelado la existencia de un nivel de realidad sumamente fluido, como los surrealistas relojes derretidos de Salvador Dalí. La materia tiene solamente “una tendencia a existir. No hay cosas, sólo existen conexiones. Sólo hay relaciones. Sí la materia colisiona, su ener­gía se redistribuye en otras partículas, en un calidoscopio de vida y muerte como la danza de Shiva de la mitología hindú. En lugar de un mundo sólido y real, la física teórica nos presenta una red parpadeante de sucesos, relaciones y potencialidades. Las partículas sufren transiciones repentinas, “saltos cuánticos”, comportándose a veces como unidades y otras veces, de forma misteriosa, como si fuesen ondas. Una teoría actual contempla el universo como una “matriz de dispersión” en la que no existen partículas en absoluto sino solamente relaciones entre sucesos.
Al nivel más primario, el universo parece ser paradójicamente global e indiferenciado, y esa textura inconsútil engendra de al­guna forma el intrincado tapiz de nuestra experiencia, una reali­dad que no podemos de ninguna forma imaginar.
Pero las matemáticas pueden ir más allá que el sentido común. Mientras Prigogine desarrollaba un modelo matemático para describir esa extraña capacidad, auto organizadora y tras­cendente, de la naturaleza otra prueba matemática venla a ame­nazar los pilares de la física posteisteniana, lo que era ya inima­ginable para la mayoría de nosotros. Esta prueba -el teorema de Bell- fue enunciada en 1964 por J.S. Bell, un físico que trabajaba en Suiza, y fue confirmada experimentalmente por primera vez en 1972. El físico Henry Stapp, en un informe fede­ral fechado en 1975, se refirió a él como al “descubrimiento más profundo de la ciencia”.
El teorema de Bell había sido esbozado en 1935, cuando Einstein y otros dos colegas propusieron un experimento que creían iba a demostrar la falacia de la lógica quántica, que a Einstein le resultaba demasiado incierta para encontrarse incomodo con ella. Si la teoría de la mecánica quántica era correcta, decían, entonces un cambio en el spín de una partícula pertene­ciente a un sistema de dos partículas, afectaría simultáneamente a su gemela incluso si ambas habían sido separadas previamente en el espacio A priori, la idea parecía absurda. ¿Cómo podían estar conectadas de esa forma dos partículas separadas?. Este desafío, conocido más tarde con el nombre de “el efecto (o la paradoja) Einstein-Podolsky-Rosen”, no consiguió refutar a la teoría quántica, que era lo que pretendía. En vez de ello, vino a llamar la atención sobre la extraña naturaleza del mundo subatómico. Lo cual nos lleva al sorprendente teorema de Bell. Los experimentos demuestran que si se separan dos partículas idénti­cas (de polaridad complementaria) y el experimentador cambia la polaridad de una de ellas, la de la otra cambia también instantáneamente.
Las dos partículas permanecen, pues, misteriosa­mente en relación. Bernard d´Espagnat, físico de la Universidad de Paris, escri­bía en 1979: “La violación de los presupuestos de Einstein parece implicar que en algún sentido todos estos objetos constituyen un todo indivisible”. Según el físico Nick Herbert, ese efecto no se debe a un transfer de información, al menos en el sentido usual de la expresión. Más bien es “consecuencia sencillamente de la unidad de objetos aparentemente separados... una especie de tronera quántica a través de la cual la física viene a admitir no meramente la posibilidad sino incluso la necesidad de la visión unitaria de la mística: ”Todos somos uno"”.
Físicos de indudable seriedad se sienten sorprendidos por el curioso paralelismo que guardan sus descubrimientos con las antiguas descripciones místicas de la realidad. Esas semejanzas han sido puestas de relieve por Fritjof Capra en El Tao de la Física y por Gary Zukav en La Danza de los Maestros..,. Capra compara la visión orgánica, unificada y espiritual de la realidad en la filosofía oriental con el paradigma que esta surgiendo en la física. El libro de Zukav toma su titulo de la expresión que se usa en chino para designar la física, un wu li, traducible como “estructura de la energía orgánica”. “El teorema de Bell no solamente sugiere que el mundo es completamente diferente de toque parece -dice Zukav-, "sino que lo exige". No hay duda acerca de ello. Está ocurriendo algo apasionante. Los físicos han "demostrado" de forma racional que las ideas racionales que tenemos sobre el mundo que vivimos son profundamente deficientes”.
Cita la opinión de Geoffrey Chew, director del departamento de física de la universidad de California, en Berkeley: “Nuestra lucha actual (con los físicos avanzados) puede ser, pues, sólo una degustación de un esfuerzo humano intelectual completamente nuevo, que no solamente quedará fuera del campo de la física, sino que incluso se le describirá como "no científico"”. Según Zukav, en algún sentido puede que nos estemos aproximando al “final de la ciencia”. A la vez que seguimos intentando compren­der, estamos aprendiendo a aceptar los limites de nuestros métodos reduccionistas. Solo la experiencia directa puede proporcionarnos un sentido de este universo no local, de ese reino de lo interconectado. La conciencia ensanchada -como por ejemplo en la meditación- puede hacernos traspasar los limites de la lógica y asomarnos a un conocimiento más completo. El fin de la ciencia convencional puede suponer “la llegada de la civilización occidental, a su debido tiempo y a su modo, a las dimensiones más elevadas de la experiencia humana”.
La naturaleza carece de niveles simples, ha señalado Prigogine. Cuanto más intentamos acercarnos a ellos, tanto mayores la complejidad con que tropezamos. En este universo rico y creativo, las supuestas leyes de causalidad estricta son apenas caricaturas de la auténtica naturaleza del cambio. Hay “una forma más sutil de realidad, en la que al mismo tiempo se en­cuentran implicadas todas las leyes y los juegos, el tiempo y la eternidad... En lugar de la clásica descripción del mundo como un autómata, estamos volviendo al antiguo paradigma griego que describía el mundo como una obra de arte”.
Tanto Prigogine como sus colegas de Bruselas están ahora elaborando un concepto que juzgan más importante que la teoría de las estructuras disipativas: una especie de nueva teoría indeterminista, aplicable al nivel cotidiano de la realidad y no solamente al campo de lo muy pequeño o de lo inconmensurable.
Los procesos predecibles resultan alterados por lo impredecible.
Aquí, como en general en la ciencia moderna, los descubrimientos clave se efectúan por sorpresa. “Lo imposible se convierte en posibles. Lo que engendra este mundo nuestro de apariencias concretas es un dominio de indivisa totalidad; de esa dimensión en la que sólo existen potencialidades, nosotros extraemos significados –sentimos, percibimos, medimos.
Según Engene Wigner, “todo fenómeno es inesperado y sumamente improbable antes de ser descubierto. Y algunos incluso siguen pareciendo irrazonables mucho tiempo después de haber sido descubiertos”. Los fenómenos paranormales –o fenómenos psi- probablemente no son menos naturales que los fenómenos de la física subatómica, pero son notoriamente menos previsi­bles. Y a mucha gente les resultan más amenazantes. Después de todo, si lo deseamos, podemos dejar de lado el mundo pavoroso de la física moderna. Una cosa es que un astrofísico como Step­hen Hawking, de la universidad de Cambridge, hable de los agujeros negros “en los que el espacio-tiempo debe curvarse tanto que simplemente llegan su término, originando el derrum­bamiento de todas las leyes físicas conocidas”. Nadie espera en­contrarse en un agujero negro.
Pero otra cosa muy distinta es tener que reconocer la dimensión de lo desconocido en la vida cotidiana: la evidencia de la visión a distancia (clásicamente conocida como clarividencia), de la telepatía (transferencia de contenidos mentales), de la precog­nición (conciencia de sucesos futuros), de la psicoquinesis (inter­acción de la mente y la materia), y de la sincronicidad (coinci­dencia Significativa, fenómeno compuesto de varios de las ante­riores).
Salvo el de sincronicidad, estos fenómenos son susceptibles de experimentación. A pesar de la artificialidad del marco de laboratorio, de la importancia del estado mental y del notorio carácter escurridizo de psi, hay un cuerpo creciente de evidencias acumuladas en favor de la existencia irrefutable de este tipo de fenómenos y de que las psico-técnicas facilitan su producción. Se ha demostrado que la intención humana interactúa con la materia a distancia, afectando a partículas situadas en una cámara de burbujas, a cristales, e incluso a la tasa de desintegración radiac­tiva. Se ha comprobado que la intención de “curar” altera las enzimas, los valores de la hemoglobina, y hasta los enlaces hidrógeno-oxígeno del agua. Se desconoce la forma cómo se transmite, así como también entre la intención y el efecto obser­vado por control de biofeedback hay un eslabón ausente, y lo mismo sucede entre la sugestión y la reacción química cerebral que entraña el efecto placebo. Toda intención humana que se traduce en una acción física es fruto, efectivamente, de la acción de la mente sobre la materia. El modo de interacción entre la conciencia y el mundo físico sigue siendo un misterio.
La parapsicología, campo acotado de psicólogos y psiquiatras en otro tiempo, ha atraído a muchos físicos en los últimos años. Incluso así, las teorías relativas al mecanismo de Psi son elementales,  y la mayoría de ellas se limitan a intentar comprender lo que facilita o impide la producción de estos fenómenos.
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Un reciente estudio efectuado sobre más de setecientas refe­rencias parapsicológicas recoge una variedad mareante de enfoques. Entre los factores estudiados, se encuentran: efectos producidos por el tiempo y la distancia, elección forzada, impulsivi­dad, motivación, factores interpersonales, el efecto experimen­tador, alteraciones de la conciencia (sueños, hipnosis, biofeed­back, drogas), aspectos cerebrales correlativos (ondas alfa, espe­cialización hemisférica, daños en el cerebro), perfiles de perso­nalidad de alta y baja puntuación (en neuroticismo, extraver­sión, creatividad, psicosis), diferencias de sexo, de edad, y de puesto entre el numero de hermanos, creencias, aprendizaje, signos de envejecimiento, cortocircuitos del ego, lenguaje corpo­ral, respuestas a nivel del sistema nervioso autonómico (cambios en la circulación capilar, por ejemplo) y efectos producidos por luces estroboscópicas.
La mente es un circuito invisible que nos une a todos. “Pen­sad, pues, como si todos vuestros pensamientos fueran a ser grabados a fuego sobre el cielo a la vista de todos y de todo, porque así es en verdad como suceden”, dice el Libro de Mirdad. Psi no es un juego de salón. Esos fenómenos nos recuerdan que tenemos acceso a una fuente de conocimiento trascendente, a un dominio no limitado por el tiempo ni el espacio.

El Kybalion.


Como observaba en 1972 Gunther Stent, especialista en ge­nética molecular, algunos descubrimientos científicos aparecen de forma prematura. Muchos de estos descubrimientos, fruto de la intuición o del azar, permanecen descartados o ignorados hasta que surge la posibilidad de conectarlos con los datos ya existentes. Aguarda, efectivamente, la aparición de un contexto que les dote de sentido. El descubrimiento de los genes por Gregor Mendel, la teoría física de la absorción de Michael Pula­nyi, y la identificación, debida a Oswald Avery, del DNA como sustancia hereditaria básica, fueron ignorados durante años, e incluso décadas. Stent sugiere que la existencia de los fenómenos paranormales fue asimismo un descubrimiento prematuro, inca-par de ser apreciado por la ciencia -a pesar de los datos cosa favor- mientras no hubiese surgido el marco conceptual ade­cuado.
Recientemente, un neurólogo de Stanford, Karl Pribram, ha propuesto un paradigma abarcativo que empareja la investigación cerebral con la física teórica; sirve para explicar la percep­ción normal, y al mismo tiempo excluye a las experiencias “para­normales” y trascendentales del campo de lo sobrenatural, de­mostrando que forman parte de la naturaleza. Las afirmaciones de los místicos cogen sentido de repente al ser contempladas desde el ángulo radicalmente nuevo de esta “teoría holográfica”. No es que Pribram estuviese interesado en lo más mínimo en dar crédito a visiones ilumínistas. Solamente estaba intentando en­contrar sentido a la serie de datos acumulados en su laboratorio de Stanford, donde se habían llevado a cabo estudios rigurosos sobre los procesos cerebrales de mamíferos superiores, singular­mente de primates.
Al principio de su carrera como neurocirujano, Pribram ha­bía trabajado con el famoso Karl Lashley, quien durante treinta años había estado buscando el misterioso “engrama” que supuestamente constituye la sede y la esencia misma de la memoria. Lashley entrenaba a una serie de animales experimentales, a los que luego dañaba sistemáticamente diversas porciones del cere­bro, con la esperanza de poder determinar la zona donde se localiza lo aprendido. Las extirpaciones parciales del cerebro empeoraban un tanto los resultados, pero le fue imposible erradicar en ellos lo aprendido sin producir daños mortales en su cerebro. En un momento dado, Lashley dijo humorísticamente que su investigación probaba la imposibilidad del aprendizaje. Pribram había tomado parte en la redacción de la investigación monumental de Lashley, lo que le hizo estar abocado al misterio del engrama ausente. ¿Cómo era posible que la memoria no es­tuviera almacenada en alguna parte del cerebro, sino distribuida por todo él?
Más tarde, cuando Pribram pasó al Centre for Studies in Ihe Behavioral Sciences de Stanford, aún se sentía turbado por el misterio que lo había atraído a investigar sobre el cerebro: ¿de qué forma recordamos? A mediados de los años sesenta, en un ejemplar de la revista Scieatific American, leyó un artículo sobre la construcción por vez primera de un holograma, especie de “Imagen” tridimensional obtenida por medio de una fotografía sin lentes. Dennis Gabor había inventado en principio la holografía en 1947, descubrimiento que le valió más tarde la conce­sión del premio Nóbel, pero la construcción de un holograma tuvo que esperar hasta que fue inventado el láser.
El holograma es uno de los inventos realmente notables de la física moderna, algo realmente fantástico cuando se lo ve por primera vez. La imagen fantasmal que produce puede ser con­templada desde ángulos diversos, y aparece como suspendida en el espacio. Lyall Watson describe perfectamente el principio en que se basa:
“Si dejáramos caer un guijarro en un estanque, producirá una serie de andas regulares que se desplazaría hacia afuera en círculos concéntricos. Si dejamos caer dos guijarros idénticos en diferentes  pun­tos del estanque, se formaran dos series de ondas semejantes que se irán acercando recíprocamente. En las zonas de encuentro  se producirán interferencias. Cuando coincidan las crestas de una y otra, colaboraran a la formación de una onda reforzada que tendrá una  altura doble de la normal. Cuando coincida una cresta con un vano, ambos se anularan produciendo un área aislada de agua en calma. De hecho, suceden todas las combinaciones posibles de ambos, con lo que el resultado final es un conjunto complejo de ondulaciones, conocido con el nombre de matriz de interferencia.
Las ondas laminosas se comportan exactamente de la misma forma. El tipo de luz más pura disponible es la producida por un láser, que emite un rayo en el que todas las ondas tienen la misma frecuencia, como las que produciría un guijarro ideal en un estanque perfecto. Cuando dos rayos láser entran en  contacto, producen una matriz de interferencia formada por ondulaciones oscuras y luminosas que pueden grabarse en una placa fotográfica. Y si uno de estos rayos, en vez de venir directamente del láser,  viene primero refle­jado en un objeto, como por ejemplo un rostro humano, la matriz resultante será realmente muy compleja, pero a pesar de todo sigue siendo posible grabarla. Lo grabado será el holograma de ese rostro.
La luz llega a la placa fotográfico de dos fuentes: desde el mismo objeto y desde el rayo de referencia, esto es, la luz refle­jada por un espejo hacia el objeto y de éste a la placa. El apa­rente sinsentido de ondas irregulares grabado en la placa no se parece en nada al objeto original, pero la imagen puede ser reconstituida por medio de una fuente de luz coherente como el rayo láser. El resultado es una apariencia tridimensional proyec­tada en el espacio a cierta distancia detrás de la placa.
Si se rompe la placa, cualquier pedazo de ella tiene la facultad de poder reproducir entera la misma imagen.
Pribram vio en el holograma un modelo apasionante de la forma como el cerebro almacena la memoria. Si la memoria se encuentra distribuida más que localizada en el cerebro, tal vez sea un holograma. Tal vez el cerebro se ocupa de interacciones, interpretando frecuencias bioeléctricas en toda su extensión. En 1966, publico un primer articulo exponiendo esa conexión. En los años siguientes, junto con otros investigadores, fueron descubriendo lo que parecían ser las estrategias de cálculo utilizadas por el cerebro para sentir y conocer. Parece que para poder ver, oír, oler, gustar, etc., el cerebro lleva a cabo con serie de cálcu­los complejos sobre las frecuencias de los datos que recibe. La dureza, el color rojo, o el olor a amoniaco, son solamente fre­cuencias cuando ingresan en el cerebro. Estos procesos matemáticos tienen poca relación, en términos de sentido común, con el mundo real tal como lo percibimos.
Según el neoroanatomólogo Paul Pietsch, “los principios abstractos del holograma pueden replicar las propiedades más inasibles del cerebro. El aspecto difuso de un holograma no ofrece mayor apariencia de sentido común que el cerebro. Todo el código se encuentra en cualquier punto del medio. “La mente almacenada no es una cosa, son relaciones abstractas... La mente es algo matemático, en el sentido de quebrados, ángulos y raíces cuadradas. No es de extrañar que sea difícil de sondear”.  Pribram ha sugerido que esos intrincados procesos matemáti­cos podrían llevarse a cabo por medio de las ondas lentas que, según se sabe, recorren las células nerviosas por una red de fibras muy finas. El cerebro podría descodificar las huellas almacena­das en su memoria de un modo semejante a como la proyección de un holograma descodifica a la imagen original. La eficacia extraordinaria del principio holográfico lo hace aún más atractivo. Como la configuración grabada en la placa holográfica no tiene dimensiones espacio-temporales, resulta posible grabar miles de millones de unidades de información en un espacio diminuto, como sin duda están también almacenadas en el ce­rebro.
Pero en 1970 ó 1971, Pribram comenzó a sentirse turbado por una última y penosa pregunta. Si el cerebro realmente conoce en base a componer hologramas, transformando matemáticamente las frecuencias que le llegan “desde afuera”, ¿quién es quien inter­preta en el cerebro los hologramas? Es una pregunta antigua y recurrente. Desde los griegos, los filósofos no han dejado de preguntarse por “el espíritu de la máquina”, por el “caballo de la locomotora”, etc. ¿Dónde está el yo, la entidad que hace uso del cerebro? ¿Quién realiza el acto de conocer? O bien, como decía en una ocasión San Francisco de Asís, “lo que estamos buscando es lo que busca”.
Una noche que estaba dando una conferencia en Minnesota, Pribram musitó pensativo que la respuesta podría estar en el campo de la psicología de la Gestalt, según la cual lo que percibi­mos “ahí afuera” es lo mismo que –es isomórfica con- los proce­sos cerebrales. De pronto exclamó: “¡Tal vez el mundo es un holograma!”. Asustado por las implicaciones de lo que acababa de decir, se quedó callado. ¿Eran hologramas los que estaban allí sentados escuchándole?, ¿Eran representaciones de frecuencias interpretadas por su cerebro y por los cerebros de los demás? Si la misma naturaleza de la realidad es holográfica, y si el cerebro opera de forma holográfica, entonces el mundo es realmente maya, como afirman las religiones orientales: una mera aparien­cia mágica. Su materialidad concreta es una ilusión.
Poco después, mientras pasaba una semana con su hijo, fisico, examinaban juntos estas ideas buscando una posible respuesta en el campo de la física Su hijo mencionó que David Bohm, protegido en otro tiempo por Einstein, venía exponiendo desde hacía tiempo ideas similares. pocos días después, Pribram había leído una copia de los principales artículos de Bohm, en los que invocaba la necesidad de un nuevo orden  en el dominio de la física. Pribram se sintió como sacudido por una descarga. Lo que Bohm estaba describiendo era un universo holográfico.
Todo este mundo aparentemente tangible, estable, visible y audible, es una ilusión, decía Bohm. Es dinámico y caleidoscópico: no está realmente “ahí”. Lo que nosotros vemos normalmente es el orden explicado, *des-plegado” de las cosas: algo así como contemplar una pelicula. Pero hay un orden subya­cente, que es como el padre de esta realidad de segunda genera­ción. A este otro orden lo llamaba orden im-plicado. Este orden implicado encierra en sí nuestra realidad, de un modo muy seme­jante a como el DNA presente en el núcleo de la célula encierra casi toda la vida en potencia y dirige el curso de su despliegue.
Para ilustrar estas ideas, Bohm describe la imagen de una gota de tinta insoluble que se deja caer saber glicerina. Si por medio de un dispositivo mecánico se hace girar lentamente el fluido de manera que no se difunda en él la tinta, la gota acaba finalmente convirtiéndose en un fino hilillo distribuido por todo el sistema, de manera que acaba por resultar invisible a simple vista. Dando marcha atrás al dispositivo, el hilo comenzará len­tamente a recobrarse hasta que acaba fundiéndose de pronto nuevamente en  una gota visible.
Antes de producirse la fusión, puede decirse que la gota está “implicada” en el liquido viscoso, mientras que luego aparece dc nuevo desplegada.
Imaginemos a continuación que hemos dejado caer varias gotas en el fluido en momentos diferentes y en distintas posicio­nes. Sí hacemos dar vueltas a las gotas de tinta de forma conti­nuada y lo suficientemente rápido, parecerá que hay una única gota de tinta que se mueve continuamente de un lado a otro en el fluido de base. Pero no existe tal cosa. Otros ejemplos: una fila de bombillas eléctricas que se encienden y se apagan en un anuncio laminoso, dando la impresión de una flecha en movimiento, o los dibujos animados que producen la ilusión de un movi­miento continuo. De igual forma todas las sustancias y movi­mientos aparentes son ilusorios. Todos ellos provienen de otro orden más primordial del universo. Bohm da a este fenómeno el nombre de holomovimiento.
Desde los tiempos de Galileo afirma, hemos estado contemplando la naturaleza a trves de lentes; como sucede en el mi­croscopio electrónico, nuestro mismo empeño por objetivar, altera lo que queremos ver. Queremos encontrar sus limites, de­jarlo quieto por un momento, cuando su verdadera naturaleza pertenece a otro orden de realidad, a otra dimensión en la que no  existen cosas. Es como si quisiéramos enfocar bien el objeto “observado”, como si quisiéramos someter a análisis una ima­gen, cuando en realidad la forma más precisa de representarlo es la imagen desenfocada. La realidad básica en sí está desenfocada.
Pribram tuvo la ocurrencia de que el cerebro, al emplear sus estrategias matemáticas, podría estar enfocando la realidad a modo de una lente. Esas transformaciones matemáticas transfor­man las frecuencias en objetos. Reciben el potencial desenfocado, convirtiéndolo en sonido, color, olor, gusto y tacto. Tal vez la realidad no sea tal como la perciben nuestros ojos”, dice Pribram. “Si no tuviéramos esa lente -las transformaciones matemáticas operadas por nuestro cerebro- posiblemente conoceríamos un mundo organizado como un campo de frecuencias. Sin espacio ni tiempo, sino tan sólo aconteceres. ¿Seria descifrable la realidad a partir de ese campo?”
Pribram ha apuntado que las experiencias trascendentales -los estados místicos- pueden permitimos un acceso directo ocasional a ese campo. Ciertamente, los informes de sujetos sometidos a esos estados suenan a menudo como si fueran descripciones de la realidad quántica, coincidencia que ha inducido a muchos físicos a hacer especulaciones semejantes. Si traspasa­mos nuestro modo ordinario, restrictivo, de percibir -lo que Aldous Huxley llamaba la válvula reductora-, podemos sintoni­zarnos con la fuente o matriz de la realidad. Y las matrices de interferencias neurológicas del cerebro, sus procesos matemáti­cos, pueden ser idénticos al estado primordial del universo. Es decir, nuestros procesos mentales están hechos de la misma ma­teria que el principio organizador. Los físicos y astrónomos han señalado en ocasiones que la autentica naturaleza del universo es inmaterial aunque ordenada. Einstein sentía frente a esta armo cia una especie de reverenda mística. El astrónomo James Jeans ha dicho que el universo se parece más a un gran pensamiento que a una gran máquina, y el también astrónomo ArthurEdding­ton afirmó que “la materia del universo es de orden mental”. Más recientemente, David Foster, especialista en cibernética, ha descrito “un universo inteligente”, cuya aparente concreción viene generada en realidad por datos cósmicos procedentes de una fuente incognoscible y organizada.
En síntesis, la superteoría holográfica afirma que nuestros cerebros constituyen matemáticamente la realidad “sólida” me­diante la interpretación de frecuencias provenientes de una dimen­sión que trasciende el espacio y el tiempo. El cerebro es un holo­grama que interpreta un universo holográfico. Somos realmente participantes en la realidad, observadores que afectan a lo observado.
Vistos a esta luz, los fenómenos paranormales no son sino subproductos de esa matriz omniubicua y simultánea. Los cerebros individuales son pedazos de un holograma más grande. Bajo ciertas circunstancias, tienen acceso a toda la información presente en el sistema cibernético total. La sincronicidad  -esa red de coincidencias que parece testimoniar la existencia de alguna relación o intención superior- encaja también perfectamente en el modelo holográfico. Tales coincidencias cargadas de sentido derivan de la naturaleza estructurada, intencional y orga­nizadora de la realidad matriz. La psicoquinesis, la acción de la mente sobre la materia, puede ser resultado natural de esa inte­racción al nivel primordial El modelo holográfico resuelve uno de los enigmas permanentes de Psi: la incapacidad de detectar por medio de instrumentos la aparente transferencia de energía que tiene lugar en la telepatia, en la curación a distancia o en la clarividencia. Si todo esto sucede en una dimensión que tras­ciende el espacio y el tiempo, no es preciso que la energía se desplace de un lado a otro. Como dice un investigador, “no hay aquí o allá”.
Durante años, los interesados en los fenómenos mentales humanos han venido prediciendo la aparición de una nueva teoría revolucionaria, que apoyándose en una base matemática vendría a demostrar que lo sobrenatural forma parte de la naturaleza. El modelo holográfico se corresponde con esa teoría integral, que viene a abarcar todos los aspectos extravagantes de la ciencia y del espíritu. Muy bien podría tratarse del para­digma ilimitado, paradójico, que la ciencia venia reclamando.

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