El kybalion 1-a

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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El Kybalion.



Historia.
Desde el Egipto antiguo nos llegan las enseñanzas que han influido tan profundamente en las filosofías de todos tos pueblos, naciones y razas, durante varios miles de años. La cuna de la Sabiduría Secreta y de las doctrinas místicas fue Egipto, la tierra de las pirámides y de la Esfinge. A partir de su doctrina secreta todos los pueblos crearon las propias: India, Asiría, Persia, Caldea, Media, Japón, China, la Grecia antigua y Roma, y otros países no menos importantes han creado las suyas a partir de las doctrinas que los Hierofantes y los Maestros de la tierra de Isis solamente transmitían a aquellos que estaban preparados para tomar parte de lo oculto.
También fue en el antiguo Egipto donde residían los grandes. Adeptos y los Maestros que nadie ha sobrepasado desde entonces, y que han sido igualados rara vez en los siglos que se han sucedido desde los días del Gran Hermes.
Transpusieron las puertas de su templo todos los neófitos que, más tarde, convertidos ya en Adeptos, Hierofantes y Maestros, se esparcieron por los cuatro rincones de la tierra, llevando con ellos el precioso conocimiento que poseían, ansiosos y deseosos de transferirlo a aquellos que estuvieran preparados para recibirlo.
Entre aquellos grandes Adeptos existió aquel al cual los otros nombraron "el Maestro de los Maestros".  Este hombre, moró en  Egipto en la más remota antigüedad.  Era conocido como Hermes Trismegisto. Fue el padre de la sabiduría oculta, el que fundó  la astrología y quien descubrió la alquimia, debido al enorme lapso de tiempo transcurrido desde entonces, los detalles de su vida se han perdido para la historia. Su fecha de nacimiento en Egipto, hoy en día no se conoce, pero sin embargo se dijo que fue contemporáneo a las dinastías más antiguas de Egipto, muy anterior a Moisés. Las mayores autoridades los consideran como un contemporáneo de Abrahán, e incluso algunas tradiciones judías afirman que Abrahán obtuvo del mismo Hermes muchos de los conocimientos que poseía.
Habiendo pasado muchos años desde su muerte (según la tradición, Hermes vivió trescientos años), los egipcios lo deificaron bajo el nombre de Tot, uno de sus dioses. Los griegos años después, también hicieron de él un dios, y lo llamaron "Hermes, díos de la sabiduría".
Tanto griegos como egipcios honraron su memoria durante siglos, llamándolo "el inspirado de los dioses", agregándole su antiguo nombre "Trismegisto", cuyo significado es "tres veces grande", Hermes Trismegisto fue adorado por todos los países antiguos, y su nombre era sinónimo de sabiduría.
Incluso en nuestros días utilizamos el termino "hermético" en el sentido de "secreto" o "reservado", y esto se debe a que los hermetistas siempre mantuvieron sus enseñanzas en riguroso secreto. No creían ellos en aquello de "echar perlas a los cerdos", sino que siguieron una especial línea de conducta que indicaba "darle leche a los niños y carne a los hombre", máximas que son familiares para todos los lectores de la escritura bíblica y que, por otra parte, habían sido usadas ya por los egipcios muchos siglos antes de la era cristiana.
Esta política de cuidadosa diseminación de la verdad, siempre ha caracterizado a los Maestros de la enseñanza hermética, incluso hasta el presente. Las enseñanzas herméticas están presentes en todas las religiones y todos los países, pero sin embargo nunca se identifican con ninguna secta o religión o país en particular. Esto se debe a la advertencia que hicieron los antiguos instructores para evitar que la Doctrina Secreta se viera cristalizada en un credo.
El ocultismo antiguo de la India y de Persia se vio degenerado y sus conocimientos se perdieron debido al hecho de que los instructores se convirtieron en sacerdotes, confundiendo la filosofía con la teología y, como consecuencia de esto, perdieron toda su sabiduría, que acabó transformándose en una gran cantidad de supersticiones religiosas, credos, cultos y dioses. Ocurrió lo mismo con las enseñanzas de los gnósticos cristianos, que se perdieron para los tiempos de Constantino, que mancilló la filosofía al mezclarla con la teología, y entonces la iglesia cristiana perdió sus verdaderos espíritu y esencia, encontrándose forzada a andar a tientas por varios siglos, sin que haya encontrado su camino hasta ahora.
Sin embargo han existido siempre algunas almas que han conservado a la llama viva, alimentándola con cuidado y evitando que su luz se extinguiera. Y es gracias a esos corazones firmes y a esas mentes de desarrollo extraordinario que tenemos a la verdad todavía con nosotros. Pero no esta en los libros. Ha sido transmitida de Maestro a discípulo, de iniciado a neófito, de labios a oídos. Si se ha escrito alguna vez algo acerca de ella, su significado fue velado cuidadosamente con términos de astrología y de alquimia, de manera tal que solo aquellos que poseían la fórmula podían leerlo de manera correcta. Esto fue necesario en la Edad Media para evitar las persecuciones por parte de los teólogos, quienes luchaban a sangre y fuego en contra de la Doctrina Secreta. Incluso en nuestros tiempos nos es posible encontrar algunos valiosos libros de filosofía hermética, pero se ha perdido la mayor parte de ellos. La filosofía hermética, sin embargo, es la única llave maestra que permite abrir la puerta de todas las enseñanzas.
Durante los primeros tiempos existió una compilación de algunas doctrinas herméticas que constituían la base esencial de la Doctrina Secreta y que hasta ese momento habían sido trasmitidas estrictamente del instructor al neófito. Esta compilación fue conocida como "El Kybalion", cuyo significado exacto se perdió durante cientos de años.
Hasta ahora, sus preceptos nunca habían sido escritos. Simplemente son una sucesión de axiomas y máximas que posteriormente eran ampliados y explicados por los iniciados.
Las presentes enseñanzas son realmente los principios fundamentales de la "Alquimia Hermética", la cual, de manera contraria a lo que se cree comúnmente, se basa en el dominio de las fuerzas mentales, antes que en los elementos materiales, en la transmutación de un tipo de vibraciones mentales en otro, antes que en la transmutación de un tipo de metal en otro.
El mito acerca de la piedra filosofal, capaz de convertir cualquier metal en oro, era una alegoría referente a la filosofía hermética, la cual era completamente comprensible por los discípulos del hermetismo verdadero.
El Kybalion dice:
"Allí donde estén las pisadas del maestro, se abren de par en par los oídos de aquel que se encuentra pronto a recibir sus enseñanzas"
"Cuando los oídos están listos para oír, entonces llegan los labios que deben llenarlos de su sabiduría".
De forma que, tal cual lo indicado, este libro solo atraerá la atención de aquellos que estén preparados para recibirlo. Y, en forma reciproca, este libro llegará al estudiante cuando se encuentre preparado para recibir la verdad. En su aspecto de "ley de atracción", el Principio hermético de Causa y Efecto acercará los oídos a los labios y el libro junto al discípulo.

La filosofía hermética.
En la mitología egipcia primitiva, la figura de cabeza de ibis era conocida como Djeoti (pronunciado youti). No está claro como este nombre llego a evolucionar en el de Thoth. Tal vez así era como les sonaba a los griegos, o quizás era como ellos lo pronunciaban.
Ni tampoco está claro por qué precisamente Thoth era "tres veces grande". Algunos textos herméticos parecen apuntar a que su triple grandeza era consecuencia de tres encarnaciones, pero en cualquier caso parece ser que era reconocida mucho antes que tales textos fueran escritos. Una inscripción fechada en el año 172 a.C. mencionaba a Thoth, "el tres veces grande", y otra aún más antigua, del siglo III a.C., alude al "Thoth tres veces más grande".
En el arte egipcio antiguo se le representa, por lo general, como una figura humana con cabeza de ibis. A veces, sin embargo, aparece dibujado con figura de ibis. El ibis, en cualquier caso, era su símbolo sagrado. Su culto giraba en torno al ibis y cualquiera que matara un ibis podía ser condenado a muerte. Pero la representación de Thoth no se reducía únicamente a esta manifestación, solía representársele también como un simio blanco, o, más especialmente, un mandril blanco.
Como deidad egipcia, Thoth desempeñaba un buen número de funciones. Era un dios lunar, por lo que se le simbolizaba con los cuernos de la luna, y la plata le estaba consagrada. Actuaba como iniciador en los más arcanos misterios. Ejercía de guardián o centinela de las puertas del inframundo, y con tal atribución pesaba las almas de quienes acababan de morir con el fin de determinar su destino póstumo. Se le atribuía la invención de la escritura y a menudo se le representaba escribiendo con una caña en una tablilla.
Y como la escritura era estimada como una superación mágica -por ella se "fijaban las palabras de dios" o "verbo divino"-, Thoth era considerado también como el dios de la magia, el supremo mago, maestro que solo confiaba los secretos de su arte a sus iniciados de entre todos los humanos.
En ciertos aspectos colaterales, las actividades de Thoth se solapaban o coincidían con las del griego Hermes.
Bajo la dinastía ptolemaica, se fusionó con la divinidad griega, cuyo nombre quedo compuesto con el suyo. Pero Thoth-Hermes era una figura mucho más majestuosa que la de su anterior oponente griego.
Los textos en papiro procedentes de Alejandría lo presentan al nuevo Hermes de carácter sincrético como un poder cósmico, creador del cielo y la Tierra y con un poder omnímodo como gobernante del mundo. Rector del destino y la justicia, es también señor de la noche y la muerte y de todo lo que rodea a estas, de ahí su frecuente asociación con la luna (Selene) y Hécate. Conoce todo lo que está oculto bajo la bóveda celeste y bajo la Tierra, por lo que es muy adorado como emisario de oráculos.
Las obras atribuidas o pertenecientes a Thoth-Hermes son numerosas, a menudo oscuras y prolijas. Un gran número de ellas están compuestas con material procedente de fuentes diversas. Muchas se solapan o coinciden con algunas de las demás religiones, cultos, tradiciones filosóficas y escuelas de pensamiento que caracterizaron el sincretismo alejandrino, están, por ejemplo, los diecisiete diálogos mayores conocidos colectivamente como Corpus Hermeticum.
Unos cuarenta extractos y fragmentos fueron reunidos hacia el 500 d.C. y se hallan incluidos en Anthologium de John de Stobi. Hay tres textos sobre papiro escritos en copto e incluidos entre las obras encontradas en Nag Hammadi, en Egipto, en 1945. Existen otros fragmentos que solo han sobrevivido a través de citas seleccionadas por los primeros teólogos cristianos. Hay numerosas obras practicas de astrología, como el Liber Hermetis, y de alquimia. Finalmente, existen dos obras más tardías de particular importancia. Una es la obra mágica y astrológica Picatrix. La otra, y quizás la más famosa, es la llamada Tabula smaragdina o Tabla Esmeralda, que por lo general ha sido considerada como el más sucinto y a la vez definitivo compendio del pensamiento hermético.
El hermetismo refleja una tradición diametralmente opuesta a la del racionalismo ateniense aristotélico. De hecho, hay veces en que declara de forma expresa su incompatibilidad con la mentalidad griega predominante, al mismo tiempo que invoca en su lugar los misterios del antiguo Egipto. En el dialogo decimosexto del Corpus Hermeticum, por ejemplo, Thoth-Hermes declara que el sentido de su obra quedara por completo oscurecido si los griegos se empeñan en traducir nuestro lenguaje al suyo, lo que ocasionara una gran distorsión
Pero este discurso, expresado en nuestro lenguaje paternal, mantiene con claridad el sentido de sus palabras. La cualidad misma de la lengua y el sonido de las palabras egipcias guardan en sí la energía de los objetos de los que hablan
En el hermetismo, al igual que en la religión hebraica y en la  posterior Cábala judía, los sonidos, las palabras, incluso los letras sueltas podían constituir el equivalente a celdillas de almacenaje, o depósitos cargados con uno forma de poder divino o mágico, de modo similar a como uno batería almacena energía eléctrica.
En términos generales, el hermetismo es una tradición mística, un cuerpo místico de doctrinas, uno forma mística de pensamiento. Al igual que otras tradiciones, cuerpos doctrinales y formas de pensamiento semejantes, rechaza una creencia simplista y una fé ciega. Rechaza los dogmas codificados y la necesidad y autoridad de interpretación por parte de sacerdotes. Rechaza también aceptar el intelecto racional como instrumento supremo de conocimiento, como arbitro supremo de la realidad. En su lugar, ensalza la "experiencia" mística o numítica: la aprehensión directa y sin mediación de lo sagrado, el conocimiento directo de lo absoluto.
En el seno de esta armonía, todo estaba interconectado con todo a través de una red de relaciones entrelazadas. Estas relaciones descansaban en el principio de analogía.
Las cosas tienen resonancias con otras cosas, reflejan otras cosas, se miran en otras cosas, discurren paralelas a otras cosas, tienen correspondencia con otras cosas. La realidad comprendía una intrincada red "viviente" de correspondencias en vibración incesante. Dichas correspondencias eran como notas o cuerdas musicales que se repiten en combinaciones y permutaciones siempre nuevas y contribuyen así a una sola y grandiosa sinfonía. O podían compararse también con una multitud de hilos de colores diferentes, entretejidos unos con otros para crear un tejido o tapiz entero y sin costuras.
De acuerdo con la Tabla esmeralda, "el arriba procede del abajo, y el abajo del arriba, la obra del milagro de lo Uno". En una traducción más difundida en el mundo anglosajón, "lo que está arriba es como lo que está abajo, y lo que está abajo es como lo que está arriba". Esta premisa se ha recogido en la lengua inglesa con la fórmula simple as above, so below ("sea abajo como es arriba").

La Vía de Hermes
La Tabla esmeralda continúa: "La estructura del microcosmos está en concordancia con la estructura del macrocosmos", en otras palabras, lo más pequeño es reflejo de lo más grande, y lo más grande lo es a su vez de lo más pequeño. La estructura del átomo es reflejo de la del sistema solar, mientras que la estructura del sistema solar es reflejo de la del átomo. El hombre es reflejo del cosmos y viceversa. Y, por extensión, el mismo principio es aplicable, por así decir, en sentido horizontal. El mundo interior y el mundo exterior son reflejo el uno del otro. El universo contenido en la psique humana es reflejo del universo exterior, que puede concebirse como la psique de la totalidad viva y sensible (o, si se quiere emplear el término, de Dios, quien en la tradición judeocristiana "creó" al hombre a su imagen y semejanza).
Para el hombre hermético, las analogías o correspondencias que conectan las diversas urdimbres de la realidad quedaban mejor expresadas a través de símbolos. Así, por ejemplo, la interrelación entre microcosmos y macrocosmos estaba expresada tradicionalmente en el famoso "Sello de Salomón", una estrella de seis puntas compuesta por dos triángulos entrelazados, el ápice del primero hacia arriba y el del otro hacia abajo. Tales símbolos no eran, de todos modos, una mera abreviatura útil. Por el contrario, eran sonidos, letras y palabras procedentes del egipcio y el hebreo que tenían el poder de depósitos o celdillas de almacenamiento, como las baterías que guardan una carga latente de energía. Estos símbolos, a menudo llamados "sellos" o "signaturas", actuaban como puntos de cruz en el tejido de la realidad, la costura invisible que mantenía la urdimbre unida. Y más aún, esos símbolos podían ser "activados" con fines prácticos.
Los símbolos podían manipularse, como los elementos o las moléculas en la química, para formar nuevos compuestos, nuevas amalgamas de posibilidad. En virtud de tal manipulación era posible obrar ciertos cambios. El proceso por el que esto se llevaba a cabo constituía una forma de magia: "La investigación reciente ha contribuido en gran medida a mostrar el importante lugar que ocupaba la practica, así como la teoría, de la Teurgia, esto es, la "realización de acciones divinas", principalmente con ayuda de "símbolos" mágicos o "symbola".
El hermetismo era, pues, más que una mera teoría, más que un sistema filosófico entre tantos. Ofrecía, además, una metodología concreta por la cual sus principios podían llevarse a la práctica.
Esta metodología incluía disciplinas mentales, como la meditación, la ejercitación de la memoria y el control de la respiración, así como aplicaciones aún más practicas, como la alquimia. En este sentido, el hermetismo tenía mucho en común con el taoísmo chino, de origen muy anterior pero que aún estaba en pleno auge por aquella época. Y, de hecho, los adeptos al hermetismo hablarían con frecuencia de la "Vía de Hermes", que incluía no solo un cuerpo doctrinal, sino también su aplicación practica.
La palabra tao también significa "vía", y el taoísmo incorporaba una dimensión práctica similar. No hay pruebas de un cruce de influencias entre el taoísmo y el hermetismo. China esta a una distancia considerable de Alejandría, y en los primeros siglos de la era cristiana era más considerable aún que en la actualidad. Pero en cualquier caso, es al menos sorprendente que la alquimia taoísta apareciera en China en el mismo período en que la alquimia hermética surgía en Alejandría.
El pensamiento hermético ejerció una profunda influencia en los principios que enunciaba de forma explícita, así como en la metodología desplegada para aplicar tales principios y llevarlos a la práctica. Pero si en esto fue importante, aún lo fue más en las implicaciones, ramificaciones y repercusiones que posibilitó. Tales implicaciones ramificaciones y repercusiones nunca se expresaron de forma explícita, y mucho menos en el tipo de lenguaje aquí empleado. Pero al proseguir con ellas, en cualquier caso, los practicantes del hermetismo iban a llevar a cabo nada menos que una revolución en la historia de la conciencia occidental, en la orientación del hombre con respecto al cosmos que habita y con respecto a su vida y su destino.
En el pasado, la orientación del hombre con respecto al cosmos había sido fundamentalmente pasiva: podía observar el mundo natural, podía vigilar su modo de obrar y tratar de predecir los fenómenos que iban a desplegarse a su alrededor, pero no se creía capaz de llevar a la práctica ningún cambio significativo más allá de sus circunstancias y entorno inmediatos. No se creía capaz, contando con sus propios medios, de realizar la clase de transformaciones que hoy en día asociamos con, digamos, la física o la química. Si quería obrar tales cambios, el hombre tenía que rogar a sus dioses para que estos actuaran en su favor y lo ayudaran a través de su intervención y su intercesión. Los dioses eran el medio a través del que sucedían las cosas, y el hombre estaba por completo a merced de ellos. El hombre podía comunicarse con ellos, podía intentar persuadirles, podía tratar de aplacarles con sacrificios y ritos, pero en un estatuto de independencia, no podía ejercer poder alguno capaz de configurar la realidad a su voluntad.
El pensamiento hermético suministró los fundamentos para una orientación nueva que iba a capacitar al hombre para que abandonara su pasividad, trascendiera su impotencia y asumiera un papel más activo.
Pues si en último término todo estaba interconectado, el hombre mismo, a través de una actuación efectiva en la esfera más accesible a él, podía obrar cambios que afectaran a otras esferas. Si alguien tiraba de una cuerda o de un hilo concreto del tapiz de la realidad, alguna consecuencia tenía que haber en algún otro rincón del tapiz.
Con el hermetismo penetró en el pensamiento un concepto completamente nuevo: el concepto de que alguien podía "apretar un botón" (metafórica o literalmente hablando) y hacer que algo pasara. En lugar de asumir una pasividad impotente, el hombre podía, por lo tanto, convertirse en un agente activo. Podía lanzarse con todas sus fuerzas a la búsqueda de los medios por los cuales introducir cambios en el mundo que lo rodeaba, y también en él mismo, para bien o para mal, era capaz de manipular sus circunstancias.
Como resultado de esta nueva orientación, el hombre dejó de ser una mera víctima de la realidad. Asimismo, dejo de ser también un mero observador del mundo circundante De pronto podía convertirse en una fuerza determinante, siempre que fuera capaz de descubrir las claves necesarias, los "puntos de presión" pertinentes, por así decir, a través de las cuales la realidad podía ser manipulada y compelida a responder a su voluntad. Se inauguraba de este modo una investigación radicalmente nueva y vigorosamente dinámica acerca del cosmos y sus formas de actuación. Tal investigación iba a sentar las bases de la tradición mágica occidental y a establecer los fundamentos de otras muchas cosas más, entre ellas nada menos que la exploración científica. De hecho, para el hermetista alejandrino la distinción entre magia y ciencia era, desde todos los puntos de vista y a todos los efectos, inexistente. Y alguien podría argumentar con toda razón que aún hoy sigue siendo inexistente.

El estudioso, que hasta hace unos años debía copiar aquellos rarísimos textos en las bibliotecas, pueden verlos en la actualidad expuestos en los escaparates de las librerías. Dispone, en este comienzo del siglo XXI, de un material teórico más importante que sus antepasados del siglo XVII, cuando la alquimia estaba aún muy bien considerada. ¿Debemos por ello llegar a la conclusión de que las condiciones de trabajo del investigador contemporáneo son mejores en ese campo de lo que fueron antaño?
Sin duda, la cantidad de documentos disponibles ofrece hoy en día un amplio campo para el estudio especulativo. Pero, ¿Qué ha sucedido con "la realización"? Toda la vida se han leído y releído las obras de alquimistas más famosas sin llegar a comprender el tema del que trataban, a pesar de haberlo hecho con inteligencia y la mejor de las voluntades; sin embargo, hubo épocas en que los lectores vivían en el seno de una cultura y de un entorno, tanto físico como mental, más propicio que los actuales para percibir los ecos del Verbo de Hermes. Por entonces, los hombres aún conservaban el recuerdo "de un tiempo en el que los animales hablaban", es decir, en el que comprendían el lenguaje de los seres y de las cosas a las que "Adán", en aquella edad de oro, "había dado un nombre". Se trata de la Palabra en su sentido más amplio, palabra de la humanidad naciente que toma conocimiento de la naturaleza y Verbo de Hermes que "desciende del cielo y asciende de la tierra". Perdida en un mundo en el que reina la dominación tiránica del "sistema", la Palabra, única llave del "jardín de los sabios", solo se podrá volver a encontrar bajo el soplo vivificante del símbolo.

"Si una persona busca en la parte espiritual la felicidad, debe entender primero el poder que proporciona el don de la meditación y el esfuerzo que significa no prestar atención al mundo de las apariencias, observando sólo la Presencia del Absoluto en el interior de cada semejante".

El Kybalion.


No hay otro conocimiento oculto que haya sido guardado con tanto celo como lo fueron los fragmentos de la enseñanza hermética, estos que nos han sido legados a través de los siglos desde la época de su fundador, Hermes trismegisto, “el escriba de los dioses”, quien falleció en Egipto cuando recién era la infancia del hombre presente. Contemporáneo de Abrahán y, si las leyendas son ciertas, maestro de este sabio.
Los innumerables conocimientos de  Hermes han sido promulgados desde sus días. Todos los principios fundamentales de la enseñanza esotérica que a la raza han sido implantados en distintos momentos son, esencialmente, originados por aquellos, incluso las antiquísimas doctrinas hindúes han tenido sus raíces en las enseñanzas herméticas.
Quien se dedique al estudio de las religiones comparadas puede con facilidad detectar la gran influencia que las enseñanzas herméticas han tenido sobre todas las religiones, más allá del nombre con que hoy se las conozca, sea religiones muertas o actualmente existentes. A pesar de los puntos aparentemente contradictorios entre ellas, las analogías se presentan ante nuestros ojos y las enseñanzas herméticas funcionan como reconciliadoras de las divergencias.
El trabajo de Hermes parece haber apuntado mas a sembrar la semilla-verdad que ha germinado y florecido de tantas y tan extrañas maneras que a fundar una escuela filosófica que dominará el pensamiento mundial.
Sin embargo con una mirada retrospectiva sobre las páginas de la historia, se demuestra la sabiduría de los maestros, encargados de mantener intactas en su pureza primigenia, quienes sabían de la locura que era tratar de enseñar al mundo aquello que éste no deseaba ni estaba listo para recibir.
A lo largo de una serie de entregas, vamos a ir exponiendo los principios de esta filosofía, y compararlos con los últimos descubrimientos de la sicología y la física.
Dejaremos a los lectores el trabajo de estudiarlos, mas que detallarlos nosotros mismos, esperando que el estudiante comprenda y pueda aplicar los principios, de no ser así el lector deberá desarrollarse ya que de otra forma no serán más que palabras.
Remitámonos a la misma filosofía que dice: “Los labios de la sabiduría se hallan cerrados, excepto para el oído capaz de entendimiento” El Kybalion.
Índice de las próximas entregas:

  1. La filosofía hermética, historia.
  2. Los siete principios herméticos:
  3. Principio de Mentalismo.
    1. Transmutación Mental.
    2. El Todo.
    3. El universo mental.
    4. La paradoja divina.
    5. El Todo en el Todo
  4. Principio de Correspondencia.
    1. Los Planos de Correspondencia.
    2. Plano Físico
    3. Plano Mental
    4. Plano Espiritual
  5. Principio de Vibración.
  6. Principio de Polaridad.
  7. Principio de Ritmo.
  8. Principio de Causa y Efecto.
  9. Principio de Generación.
    1. Género
    2. Género Mental
  10. Axiomática Hermética.

Primera Parte
SIMBOLISMO HERMÉTICO



"En vano vagáis por los dominios del Conocimiento. Nadie aprende sino lo  que le está dado aprender".                                                                                                          GOETHE "Fausto"

En el presente  escrito nos proponemos exponer temas relativos a los Principios Herméticos y al  simbolismo con claridad y lenguaje tan sencillo como nos sea posible lograr. Si bien existen múltiples  libros de gran mérito y rico contenido sobre estos temas, a menudo tales obras no resultan de lectura  fácil. El más importante y profundo de los libros fácilmente obtenibles es "El Kybalion". Pero obtenible no  es sinónimo de accesible o comprensible. El Kybalion presenta indudables dificultades y exige múltiples  y repetidas lecturas y reflexiones.  Escrito por mano maestra, el lector tarda en captar toda su dificultad y  toda su admirable grandeza. Se trata realmente de un monumento del espíritu, tan grande y colosal en su  género como son las pirámides de Egipto en el suyo. Pero los necios suelen tomarlo por obrita de  reducida extensión y fácil lectura. Fácil es prever el poco fruto que obtienen del libro.
 En los libros antiguos se suele omitir el presentar casos concretos que ilustren a la vez que resulten de  utilidad práctica. El Kybalion no es la excepción a esta regla casi general. Naturalmente esto aumenta las  dificultades y exige más del lector. Es por ello que con un propósito de utilidad y servicio nos hemos  esforzado en multiplicar los ejemplos aclaratorios. Se nos podrá tal vez reprochar con ligereza que de  este modo exhibimos lo que debía permanecer velado. Tal acusación no nos preocupa:  tanto del  esoterismo como de sus símbolos cabe afirmar con Lanza del Vasto que "son secretos importantes que  se guardan solos". Solo comprenderá aquel a quien esto le sea permitido. Quien no esté preparado para  el tema - como bien afirma "El Kybalion"- en las lecturas solo hallará en suma palabras y solo palabras...
 René Schwaller de Lubicz, esoterista y egiptólogo eminente, escribió en su "Propos sur Esotérisme et  Symbole": "El esoterismo nada tiene en común con una voluntad de secreto, vale decir con un secreto  convencional. El esoterismo no puede ser escrito ni por ende traicionado. No se encuentra el espíritu sino  con el espíritu y el esoterismo es el aspecto espiritual del mundo inaccesible a la inteligencia racional".  Más adelante en la misma obra agrega dicho autor: "El esoterismo no se halla "herméticamente" cerrado  más que para la mente racional y así proseguirá si no cultivamos otras formas de intelectualidad y otro  tipo de mentalidad distinta de la de nuestros medios académicos y universitarios". En realidad poco se  logra con la oscuridad de exposición y no es válido el pretexto de que así se protege mejor aquello que  solo debe ser patrimonio de algunos. La realidad de la vida es que solo acceden al Conocimiento quienes  estan calificados para ello y solo en la medida en que lo estén. Quien escribe  solo pretende ir hasta donde se lo permitan y sabe que no podrá avanzar un solo paso más allá de ese límite. En realidad esta frontera natural del Conocimiento para cada uno en su estado presente es una consecuencia de la Ley o Principio Hermético de Vibración del que luego nos ocuparemos. Cuando no seamos dignos de una verdad la tendremos frente a los ojos y nada veremos ni comprenderemos.
 A menudo se oye de  preocupaciones y lamentos por la turba de tontos e inescrupulosos que se abalanzan sobre las joyas espirituales que constituyen la Tradición Sagrada de la humanidad. No hay razón para temor alguno: nada comprenderán de lo que no les está destinado.  Un magnífico ejemplo es lo que ocurre actualmente con la Astrología, la primera de las tres Ciencias Herméticas (las otras dos son la Alquimia y la Teurgia). A la Astrología se ha pretendido vulgarizarla, ponerla al alcance de los ineptos y descalificados y el resultado es que una masa increíble de charlatanes se conforma con tonterías y no es capaz de profundizar en nada. Cuando llegan a un cierto nivel, por cierto poco avanzado, se detienen y ya no son capaces de ir más lejos.
 En esta obra no se menciona explícitamente un Principio  que ha sido bien subrayado por los Maestros de Sabiduría en la India. Ese Principio afirma que TODO ES NECESARIO. Cuanto llega a nosotros, agradable o desagradable, bello o feo, alegre o triste llega precisamente porque es necesario para nuestra elevación interior y nos está destinado por y para ello.  Pero lo que no nos está destinado no nos llega pues no es para nosotros, no importa cuan grande sea nuestro deseo y nuestro esfuerzo para lograrlo. No se cumple lo que el ser humano desea sino solamente lo que necesita.  De ahí que resulte necesario saber renunciar a lo imposible y adquirir la flexibilidad necesaria para poder percibir y comprender cual es el designio del Todo para nosotros en cada momento. Si no adquirimos esa flexibilidad no tendrá sentido que nos propongamos, por ejemplo, rendirnos y cumplir la Voluntad de Dios pues no sabremos en realidad cual es Su Voluntad para nosotros.
 Y aquí corresponden algunas reflexiones sobre este Principio Filosófico-Natural al que los Mahatmas desinan como Tercer Mahavakya. Es muy distinto decir TODO ES NECESARIO que decir "Todo es imprescindible, insoslayable e inevitable". Esto segundo correspondería a un determinismo total, a un fatalismo tan ciego como absurdo. Lo primero que es lo correcto supone la acción de causas ligadas a sus efectos.  Esto implica  que para remover y eliminar los efectos cuando no son deseables hay que comenzar por detectar y conocer las causas  para luego eliminarlas o bien modificarlas. En realidad -y esto debe ser subrayado- basta con conocer esas causas para que desaparezca el efecto pero esta tarea no es fácil (en psicología se aplica una consecuencia o caso particular de esta Ley Oculta que aquí se expone).  Mientras esto no se logre el libre albedrío de los seres (si bien existente y sagrado) será  tan solo relativo y limitado.
 Tenemos pues que la afirmación TODO ES NECESARIO implica otra de muy marcada importancia: NADA ES CASUAL: la casualidad no existe pues todo tiene su causa. Si algo fuera casual no sería necesario pero eso, repetimos, no existe. He aquí la consecuencia de aplicar un conocido y sencillo principio lógico: el denominado teorema contrarecíproco. Al respecto afirmaba el gran poeta iniciado Lessing: "Hablar de casualidad es ofender a Dios".
 TODO ES NECESARIO para que se cumpla el Plan del Todo y las leyes de cada plano que son consecuencia de la Gran Ley. A su vez al tener todo su causa esto implica que todo en el Todo es necesario: tenemos así aquí la doble o mutua implicación y el Tercer Mahavakya es lógicamente equivalente a la Ley o Principio Hermético de Causalidad. A este le dedicaremos luego atención pues El Kybalion se ocupa de esto con detalle.

PRIMERA PARTE: DE  LOS  SÍMBOLOS  
 Para poder penetrar con altura en el tema que nos ocupa debemos ocuparnos previamente de ciertas nociones que resultan tanto base indispensable como claves para la comprensión de los asuntos a tratar. En particular los símbolos constituyen la llave maestra para pasar de lo físico y sensible a lo invisible y metafísico y por ello debemos referirnos a ellos con cierto detalle.
  Etimológicamente símbolo deriva de un vocablo griego: simboleion, el que alude a dos mitades hechas para reunirse. Nos recuerda esto a los viajeros de la antigüedad que obsequiaban a su anfitrión media medalla como testimonio de gratitud tras ser alojados y conservaban la otra mitad. Eso tenía por objeto de que, en el futuro, al serle presentada esa media medalla pudiera el viajero o bien sus familiares retribuir en su propio hogar la hospitalidad recibida. Y así el símbolo pasa, en nuestro lenguaje, a ser advertencia para la captación de un sentido que surge al descifrarlo.  Con esto logramos  comprender así el mensaje que contiene pero lo esencial es que el símbolo mismo actúa como catalizador, como un activador de nuestra psique para llevarnos al conocimiento. El símbolo así descifrado pasa a ser signo o emblema (Carl Gustav Jung) o, simplemente, señal.  Naturalmente el campo de los símbolos abarca todo los órdenes de la vida y esto exige precisiones en cuanto a ordenarlos y clasificarlos. Esto es preciso para delimitar nuestro campo de interés.
 El mundo moderno ha perdido en gran medida el sentido del símbolo como camino privilegiado para elevarse a lo invisible es decir al conocimiento metafísico a partir de lo visible y tangible. De esto nos ocuparemos hoy con algún detalle, pasando luego por una indispensable pero rápida revisión de los principios del Hermetismo.
  Existe una clasificación de los símbolos que ha prevalecido hasta hoy y que se remonta a Dante Alighieri ( nos remitimos a su obra "Il Convivio")[1].  Esa clasificación agrupa a los símbolos en cuatro grupos que pasamos a detallar sucintamente. El primer grupo corresponde a los símbolos literales. Corresponden a este grupo los textos o mensajes escritos en cualquier idioma, las expresiones matemáticas o lógico-simbólicas y las representaciones figurativas. Desde luego en este caso hay un mínimo de dificultad en la comprensión de tal símbolo para quien conoce el idioma o bien  el lenguaje matemático o lógico. A este tipo de símbolos correspondería llamarlos directos.
 Pasemos al segundo grupo, el de los símbolos alegóricos. La alegoría es una metáfora o sea un lenguaje analógico indirecto.  Proviene el vocablo del griego allos: otro y agoreno: hablar, arengar. O sea, en suma, hablar de otro. Estos símbolos evocan en nuestro espíritu una idea a través de una asociación ya mitológica, ya tomada de la vida diaria. Como ejemplos podríamos citar el cuerno de la abundancia, el olivo por la paz, el caduceo del dios  Hermes-Mercurio simbolizando al comercio, la paloma que alude según el caso al Espíritu Santo o a la paz o a la mansedumbre, el león como emblema del valor,  los hieroglifos de Marte y Venus significando a los sexos, las sandalias con alas de Mercurio o a su casco alado en referencia a las comunicaciones, la cruz en referencia a lo cristiano, la lira de Apolo como emblema de la música, la balanza y la venda en los ojos indicadoras de la justicia imparcial,  el bronce como símbolo de la fama.  Recordemos al respecto de este último ejemplo a la diosa Fama, de la que nos habla Virgilio, que simbolizaba a la opinión pública y vivía en su sonoro y resonante palacio de bronce. Ella poseía un gran número de ojos y de bocas y se desplazaba volando con la mayor rapidez: he aquí el origen mitológico casi olvidado de un símbolo, de un vocablo y de una alegoría.  Incluso cuando nos valemos del prosaico signo $ hacemos alegoría pues se trata de un caduceo mal dibujado, cosa propia de Mercurio, dios del comercio.
 Mencionemos con particular fruición que los símbolos astrológicos caen en este segundo grupo de indicadores alegóricos pero que son mucho más que eso. En efecto los astros nada causan por sí mismos en cuanto a los destinos humanos individuales o colectivos, siendo precisamente indicadores alegóricos macrocósmicos o celestes en correspondencia perfecta con el acaecer microcósmico o propio del ser humano. Solo los que desconocen lo referente a la Tradición Hermética insisten en ver a los astros como causa física del destino. El hablar como se hace de energías, ondas y vibraciones a nivel astrológico es consecuencia no solo de la ignorancia sino del materialismo de la época que insiste en referir absolutamente todo a la materia y a la energía: sus cultores son ignorantes que no son capaces de elevarse más allá de esto.
 El tercer grupo es el de los símbolos tropológicos,  o sea los que tienen particular énfasis en lo relativo a lo ético-moral.  Proviene esto de tropos: cambio, logos: discurso. cambiar la dirección o sentido del discurso. Los ejemplos son conocidos y algunos ya han sido mencionados incluso: la balanza como símbolo de equilibrio y justicia, la escuadra como símbolo de rectitud, el látigo representando al castigo, el águila como símbolo de elevación espiritual, la plomada como símbolo tanto de ajuste como de disciplina y verticalidad, el pelícano como símbolo de abnegación y sacrificio pues es fama que da de comer de su propia carne a sus polluelos en caso de necesidad y carencia, el delfín como símbolo del Maestro Espiritual pues se afirma que conduce a la costa a los náufragos en peligro de ahogarse. En estos últimos el símbolo pasa a ser arquetipo  (de archo : el primero, typos : modelo) o sea prototipo o modelo ideal en lo ético-moral.  La lista podría por cierto prolongarse mucho más pero no lo haremos aquí.
 Por último tenemos el cuarto grupo: el de los símbolos anagógicos.  Este término proviene de ana: en alto, ago: conducir. Aquí nos encontramos con lo más interesante desde el punto de vista de la Tradición Primordial pues con y a través de este simbolismo se persigue la elevación de la conciencia y el acceder a lo metafísico e invisible a partir de lo manifestado y visible.  Así tenemos que el Pentaclo (estrella de cinco puntas)  representa al hombre que ha realizado la Suprema Meta, contactando   a la Fuente de Dicha Infinita que es, desde luego, la Divinidad entronizada en su propio corazón. Otro símbolo en muchos sentidos análogo es el Hexagrama (estrella de seis puntas), el que representa la correspondencia y analogía entre el Macrocosmos y Microcosmos y, al mismo tiempo, simboliza a Dios que desciende hasta el hombre y mora en él y al hombre que se eleva interiormente hacia la Divinidad. La Swastika bien dibujada no tiene contenidos políticos aviesos sino que representa a la Divinidad como Eje del Mundo y es símbolo de la Ley de Causa y Efecto y de la perpetua renovación cíclica del cosmos. Se la encuentra tanto entre los lamas tibetanos como en el hinduismo y en culturas americanas precolombinas.
 En relación a lo dicho sobre lo tropológico y el tropos o cambio cabe hacer una acotación que estimamos tan pertinente como descuidada por otros autores.  El tropo en castellano no tiene el sentido que le hemos dado siguiendo al Dante sino el de empleo de las palabras en sentido figurado o alegórico. El tropo comprende, en la riqueza indudable de nuestra lengua, a tres aspectos o componentes que hacen  al estudio del simbolismo. Esos tres componentes son la metáfora, la metonimia y la sinécdoque. La metáfora se relaciona muy de cerca con la analogía y la alegoría. Así la usamos cuando decimos rápido como un rayo, perspicaz como un lince o ladrón como un político. Se trata en suma de símbolos alegóricos ya mencionados y en esto no hay novedad. La metonimia es un tropo que se comete al efectuar una inversión del orden natural de las cosas, tomando el efecto por la causa, al autor por sus obras o bien al signo o símbolo por la cosa representada. Ejemplos claros sería hablar de la risa por la alegría, de leer a Cicerón por leer las obras de Cicerón, del olivo o de la pipa por la paz.  Vemos que estas son más cuestiones de prosodia y de sintaxis que de simbolismo propiamente dicho.
 Por último mencionemos a la sinécdoque (del griego: synekdoché), que resulta lo más interesante para un simbolista: aquí se trata de un tropo en el que se toma la parte por el todo o bien el todo por una parte.  Ejemplos directos los tenemos al hablar del acero por la espada, mil fusiles por mil soldados, el pan por todos los alimentos, la lectura por todas las lecturas posibles. Pues bien, este tropo es cosa común y corriente en simbolismo: un solo atributo o característica representa a la virtud, o al dios o a la cualidad trascendente. Ya hemos visto ejemplos y veremos alguno más. Basta el garrote, símbolo de fuerza y ya evocamos a Hércules. Por supuesto la recíproca también es cierta y ello de igual modo es sinécdoque. Vale la pena tenerlo en cuenta pues  este tropo y los otros dos son cosa muy frecuente en el estudio del simbolismo.
 Otro problema de aparición continua son los símbolos polivalentes.   En distintos campos el mismo símbolo puede representar cosas muy diferentes. El águila ya mencionada tanto alude a la elevación espiritual como a la bravura en el combate, el azufre representa tanto al ardor de la inteligencia como al demonio de las leyendas religiosas (para usar una expresión feliz de Jorge Luis Borges diremos que el demonio tiene el grave inconveniente de no existir). Podemos además que la serpiente simboliza tanto la más alta Sabiduría como a la astucia y, además,  a la suprema maldad: por ejemplo en el medioevo eran comunes  las representaciones de Cristo como una serpiente crucificada y por cierto en ello no había otra cosa que devoción. Este hecho exige que para interpretar a un símbolo en forma objetiva  se tenga idea clara previa respecto del campo de la realidad al que se alude con él.
  A esta altura vale la pena recordar a Brunetière (citado por Jules Boucher[2]) cuando afirma: "El símbolo es imagen, es pensamiento... El nos hace percibir entre lo exterior y nosotros algunas de esas afinidades secretas y de esas leyes obscuras que se hallan más allá del conocimiento científico-racional pero que no son por ello menos ciertas. Todo símbolo es, en este sentido, una especie de revelación". Estas palabras merecen ser meditadas por cuanto hacen a la médula de cuanto se va a exponer aquí. Y para coronar lo dicho vale la pena hacer resaltar un aspecto esencial que pocas veces se explícita. Los espíritus inferiores y ávidos de poder dogmatizan pues les aterra en su intolerancia fanática permitir que otros piensen por su cuenta y que, de este modo, escapen a su influencia. En cambio los seres nobles y elevados se valen de los símbolos para enseñar en el orden metafísico pues prefieren que los demás se ejerciten libremente en el noble ejercicio del pensar y el filosofar. Saben que esto los conducirá tarde o temprano a ese deslumbramiento (el taumazein de los griegos) que produce el descubrir la verdad al captar el sentido de un símbolo. Los seres superiores ansían la Verdad, el Bien y la Belleza para todos y rehúsan atemorizar a nadie con castigos tan absurdos como injustos en esta vida o en la otra. En suma, que se trata de disparates forjados por mentes psicopáticas para aterrorizar y dominar a los simples, embustes que los fanáticos propalan y los necios creen y repiten. Nada más lejano de la verdadera espiritualidad, impregnada por siempre de amor y compasión hacia todos los seres.
 Queremos cerrar esta primera parte con reflexiones de pensadores eminentes respecto de los símbolos, lo que contribuirá a aclarar el panorama presentado aquí.
 Goethe expresó "En el símbolo lo particular representa lo general,  no como un sueño ni como una sombra, sino como viva y fugaz revelación de lo inescrutable".
 Luc  Bénoist ha manifestado con justeza: "Lanzando un puente entre lo físico y lo espiritual, los símbolos permiten convertir en sensible todo concepto inteligible.  Aparecen como mediadores en el dominio de la psique y poseen, por consiguiente, un carácter dual que los hace aptos para un doble sentido e incluso para ofrecer interpretaciones múltiples y coherentes igualmente valederas desde distintos puntos de vista. Implican un conjunto de ideas de modo total e instantáneo y no analítico".
 Henry Corbin se ha manifestado respecto del simbolismo esotérico-metafísico como sigue: "El símbolo es una cifra que jamás se ha terminado de descifrar, una cifra por la cual es mostrada y a la vez velada, una verdad que al nivel de la inteligencia humana solo puede transmitirse cifrada" y agrega "El símbolo es entonces una combinación que, aunque emane conocimiento, persiste en un carácter sagrado y secreto...la sola y mejor comprensión posible de seres y de hechos informulados, de cosas presentidas...por lo cual explicar un símbolo no es abolirlo ni inutilizarlo (como sucede con las alegorías comunes) sino que tan solo es situarse en el umbral, en su perspectiva".
 En suma,  los símbolos de contenido metafísico no ofrecen su secreto si no existe una estricta preparación preliminar por parte de quien  aspira a captar su contenido. Con lo dicho resulta claro que los símbolos son la llave que abre la Vía Regia al Conocimiento y, aún cuando resulte redundante, a las tres Artes Reales herméticas: Astrología, Alquimia   y Teurgia. Es curioso que esa obra maestra que es "El Kybalion" no mencione los símbolos: son una clave demasiado importante y explícita y probablemente  por esa causa los autores han preferido guardar  silencio al respecto.
 De paso señalemos algunas otras referencias útiles y fácilmente obtenibles en lo tocante a los Principios Herméticos (aún cuando de menor nivel y envergadura que "El Kybalion"). Estas son  "La Doctrina Secreta de los Rosacruces" de Magus Incógnito y "La Luz de Egipto" de Thomas Burgoyne. 

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