Manos que curan 4

© 1987, Barbara Ann Brennan

Manos que curan   Hágase la luz
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cap. 1 Cap. 2 Cap. 3 Cap. 4 Cap. 5 Cap. 6 Cap. 7 Cap. 8 Cap. 9

SEGUNDA PARTE
 
EL AURA HUMANA
 
“Los milagros no se producen en contradicción con la naturaleza, 
sino sólo en contradicción con lo que conocemos de la naturaleza”.
San Agustín
 


Introducción

LA EXPERIENCIA CORPORAL
 
Cuando nos permitimos desarrollar nuevas sensibilidades empezamos a ver un mundo totalmente
distinto. Comenzamos a prestar más atención a aspectos de la experiencia que antes pudieron
antojársenos periféricos. Descubrimos que estamos utilizando un nuevo lenguaje para comunicar
nuestras recién estrenadas experiencias. Expresiones como «malas vibraciones» o «la energía fue
enorme» se van convirtiendo en locuciones coloquiales. Empezamos a advertir y a conceder más
credibilidad a experiencias tales como conocer a alguien que instantáneamente nos cae bien o mal. Nos
gustan sus «vibraciones». Podemos decir cuándo nos está mirando alguien y levantar la vista para ver
quién es. Podemos tener la sensación de que algo va a pasar, y ocurre realmente. Empezamos a prestar
oídos a nuestra intuición. «Sabemos» cosas, aunque no siempre percibirnos el modo en el que llegamos
a hacerlo. Tenemos la sensación de que un amigo se siente de determinada forma, o que necesita algo,
y cuando nos esforzamos por satisfacerlo descubrimos que teníamos razón. A veces, cuando discutimos
con alguien, podemos sentir como si extrajeran algo de nuestro plexo solar, o como si nos estuvieran
«apuñalando», o tal vez como si nos dieran un puñetazo en el estómago. Por otra parte, hay ocasiones
en las que nos sentimos rodeados de amor, de cariño, bañados en un mar de dulzura, bendiciones y luz.
Todas estas experiencias tienen su realidad en los campos energéticos. Nuestro viejo mundo de sólidos
bloques de hormigón está rodeado y penetrado por otro mundo fluido de energía radiante, en incesante
movimiento, constantemente cambiante como el mar.
En mis observaciones a lo largo de los años he visto los resultados de estas experiencias como formas
situadas dentro del aura humana, que consiste en los componentes observables y mensurables del
campo energético que rodea el cuerpo y penetra en él. Cuando alguien ha sentido un «flechazo» de
amor, la flecha resulta literalmente visible para el clarividente. Cuando tiene la sensación de que algo
está siendo arrancado de su plexo solar, por lo general es así, el clarividente puede verlo. También
podrá hacerlo el lector, llegado el momento, si sigue su intuición y desarrolla sus sentidos.
Para el desarrollo de esta elevada percepción sensorial resulta útil considerar las enseñanzas que han
obtenido ya los científicos modernos en el estudio del mundo de los campos de energía dinámica. Esta
consideración nos ayuda a desbloquear el cerebro apartando aquello que nos impide ver que también
nosotros estamos sujetos a las leyes universales. La ciencia moderna nos dice que el organismo humano
no es una mera estructura física formada por moléculas, sino que también las personas, como todo lo
demás, estamos constituidas por campos energéticos. Nos desplazamos desde el mundo de la forma
sólida estática a otro de campos energéticos dinámicos. También nosotros tenemos mareas, como los
océanos. Cambiamos constantemente. ¿Cómo tratamos, en cuanto seres humanos, esa información?
Nos adaptamos a ella. Si existe tal realidad, deseamos experimentarla. Los científicos están aprendiendo
a medir estos sutiles cambios; desarrollan instrumentos para detectar los campos energéticos rela-
cionados con nuestros cuerpos y evaluar sus frecuencias. Miden las corrientes eléctricas del corazón con
electrocardiogramas (ECG), y las del cerebro con encefalogramas (EEG). El detector de mentiras
permite medir el potencial eléctrico de la piel y es posible hacer lo propio con los campos electromagnéticos
que rodean el cuerpo gracias a un sensible aparato denominado SQUID (dispositivo de interferencia del
cuanto superconductor), que ni siquiera entra en contacto con el cuerpo al medir los campos magnéticos que
lo rodean. El doctor Samuel Williamson, de la universidad de Nueva York, afirma que el SQUID permite
obtener más información sobre el estado funcional del cerebro que un EEG normal.
Dado que la medicina depende cada vez más de estos complejos instrumentos capaces de medir los impulsos
del cuerpo, la salud y la enfermedad, e incluso la vida misma, se están redefiniendo lentamente en términos de
impulsos y pautas energéticas. En 1939 los doctores H. Burr y F. Northrop, de la Universidad Yale, descubrie-
ron que midiendo el campo energético de una semilla (lo que denominaron el L, o campo de vida) podían de-
terminar cuál sería el crecimiento, en términos de salud, de la planta que germinara de dicha semilla. Com-
probaron que midiendo el campo de los huevos de rana podían discernir el emplazamiento futuro del sistema
nervioso del batracio. Otra de sus mediciones estableció el tiempo de ovulación de la mujer, lo que les permitió
sugerir un nuevo método de control de natalidad.
En 1959, el doctor Leonard Ravitz, de la Universidad William and Mary, demostró que el campo energético
humano fluctúa según la estabilidad mental y psicológica de la persona. Sugirió que hay un campo asociado a
los procesos mentales y que la variación de este campo del pensamiento causaba síntomas psicosomáticos.

En 1979, otro científico, el doctor Robert Becker, de la Upstate Medical School de Syracuse, Nueva York, trazó
un complejo campo eléctrico sobre el cuerpo cuya forma es similar a la de éste y a la del sistema nervioso
central. Lo denominó Sistema de Control de Corriente Continua y descubrió que cambiaba de forma y potencia
con las mutaciones fisiológicas y psicológicas. También descubrió unas partículas del tamaño de electrones
que se movían por este campo.
El doctor Victor Inyushin, de la Universidad de Kazajstán, en la Unión Soviética, ha realizado amplias in-
vestigaciones sobre el campo energético humano desde los años cincuenta. Basándose en los resultados de
sus experimentos sugiere la existencia de un campo energético «bioplásmico» compuesto de iones, protones
libres y electrones libres. Como quiera que se trata de un estado distinto de los cuatro conocidos de la materia
(sólidos, líquidos, gases y plasma), Inyushin apunta que el campo de energía bioplasmática es un quinto
estado de aquélla. Sus observaciones han demostrado que las partículas bioplasmáticas son renovadas
constantemente por procesos químicos en las células y que su movimiento es continuo. Parece haber un
equilibrio de partículas positivas y negativas relativamente estable dentro del bioplasma. Si se produce un
desequilibrio grave, la salud del organismo sufre. A pesar de la estabilidad normal del bioplasma, Inyushin ha
descubierto que una cantidad importante de esta energía se irradia al espacio. En consecuencia, es posible
medir las nubes de partículas bioplasmáticas que se mueven por el aire tras desprenderse del organismo.
Así, nos hemos lanzado a un mundo de campos energéticos vitales, campos de pensamiento y formas bio-
plasmáticas que se mueven alrededor del cuerpo y se desprenden de él. ¡Nos hemos convertido en el propio
bioplasma vibrante e irradiante! No obstante, si repasamos la literatura veremos que esto no es nuevo. La
gente conoce el fenómeno desde el origen de los tiempos. Lo que ocurre es, sencillamente, que se está redes-
cubriendo en nuestra época. El hombre occidental lo desconoció o rechazó durante algún tiempo, aquel en el
que los científicos se concentraron en el conocimiento de nuestro mundo físico. A medida que se ha desarro-
llado este conocimiento y la física newtoniana ha cedido su puesto a las teorías de la relatividad, la electro-
magnética y las partículas, cada vez somos más capaces de comprender la relación existente entre las
descripciones objetivas científicas de nuestro mundo y el otro, el de la experiencia humana subjetiva.

Capítulo 4

PARALELISMO ENTRE LA FORMA  EN QUE VEMOS LA REALIDAD Y A
NOSOTROS MISMOS Y LA PERSPECTIVA CIENTÍFICA UNIVERSAL
 
Somos el producto de la herencia científica occidental en mayor grado del que nos gustaría admitir. El modo en
el que hemos aprendido a pensar y muchas de nuestras autodefiniciones se basan en los mismos modelos
científicos utilizados por la física para describir el universo material. Ofrezco en esta sección una breve expo-
sición sobre los cambios por los que ha pasado la descripción científica del mundo físico y sobre el modo en el
que esta descripción se corresponde con los cambios en nuestras autodefiniciones.
Es importante recordar que una de las bases del método científico occidental consiste en hallar la concordancia
entre las pruebas matemáticas y experimentales. Si no logra encontrar la concordancia, el físico buscará otra
teoría hasta que dichas pruebas existan y expliquen una serie de fenómenos. Esto es lo que convierte al mé-
todo científico occidental en una herramienta tan poderosa en su uso práctico y lo que conduce a importantes
investigaciones en campos tales como el empleo de la electricidad y la utilización de los fenómenos subatómi-
cos en medicina, por ejemplo en los rayos X, los scanners, las instalaciones de TAC y los láseres.
Conforme nuestros conocimientos progresan se produce continuamente el descubrimiento de nuevos
fenómenos. Muchas veces, éstos no se pueden describir mediante las teorías que se manejaron al explicarlos.
Generalmente se postulan nuevas teorías, más amplias, basadas en todo el conocimiento acumulado con ante-
rioridad; se proyectan y llevan a la práctica nuevos experimentos hasta que se encuentra la concordancia entre
la experimentación y la nueva prueba matemática. Se aceptan las nuevas teorías cómo leyes físicas. El proce-
so de encontrar nuevas formas para describir fenómenos nuevos siempre amplía nuestros puntos de vista, lo
cual constituye un reto para nuestra limitada concepción habitual sobre la naturaleza de la realidad física.
Procedemos entonces a incorporar las nuevas ideas a nuestras vidas y empezamos a vernos de forma distinta
a nosotros mismos.
Toda esta parte demuestra que el punto de vista científico de la realidad apoya la idea de que estamos
compuestos por campos energéticos y va, de hecho, mucho más allá, hasta alcanzar reinos que justamente
estamos empezando a experimentar, es decir, nos conduce a una visión holográfica del universo. En este
universo, todas las cosas están interconectadas, correspondiendo a una experiencia holística de la realidad.
Pero revisemos en primer lugar parte de nuestra historia. 
 
La física newtoniana
 
Hasta tiempos recientes, cuando las religiones orientales empezaron a ejercer mayor influjo en nuestra cultura,
gran parte de nuestros principios de autodefinición (en su mayoría inconscientes) se basaban en la física de
algunos siglos atrás. A lo que me refiero en este caso es a nuestra insistencia en considerarnos objetos

sólidos. La definición del universo como algo formado por objetos sólidos, la sostuvieron principalmente
Isaac Newton y sus colegas a finales del siglo XVII y principios del XVIII. La física newtoniana se
extendió al siglo XIX para describir un universo compuesto fundamentalmente por bloques denominados
átomos. Se pensaba que estos átomos newtonianos, a su vez, estaban formados por objetos sólidos: un
núcleo de protones y neutrones, con los electrones girando en torno a dicho núcleo en forma muy
parecida al desplazamiento de la Tierra alrededor del Sol.
La mecánica newtoniana describió con fortuna los movimientos de los planetas, las máquinas mecánicas
y los fluidos en movimiento continuo. El enorme éxito del modelo mecanicista movió a los físicos de
principios del siglo XIX a cree que, en realidad, el universo era un enorme sistema mecánico que
funcionaba de acuerdo con las leyes newtonianas del movimiento. Se consideraban estas leyes como
las básicas de la naturaleza, y la mecánica newtoniana como la teoría definitiva de los fenómenos
naturales. Era posible describir todo objetivamente. Se consideraba que todas reacciones físicas tenían
una causa física, como las bolas que chocan sobre una mesa de billar. Todavía no se conocían las
interacciones energía-materia, como sucede cuando la radio interpreta música en respuesta a ondas
invisibles. Tampoco se le ocurrió a nadie que el propio experimentador altera los resultados de los
experimentos, no sólo de los psicológicos, sino también de los físicos, como han demostrado con
posterioridad los profesionales de la física.
La perspectiva newtoniana resulta reconfortante para quienes prefieren considerar el mundo como algo
sólido y en gran medida inmutable, con una serie de reglas bien definidas que regulan su
funcionamiento. Gran parte de nuestras vidas se siguen rigiendo por la mecánica newtoniana y
probablemente continuarán así durante bastante tiempo en el futuro. Cabe señalar que, excepto por lo
que se refiere a los sistemas eléctricos, nuestros hogares siguen siendo en gran medida newtonianos.
Sentimos nuestros cuerpos de modo mecánico. Definimos la mayoría de nuestra experiencia en tér-
minos de espacio tridimensional y tiempo lineal. Todos tenemos relojes. Los necesitamos para seguir
con nuestras vidas tal como las hemos estructurado: de forma esencialmente lineal.
Mientras nos apresuramos en nuestras vidas cotidianas, esforzándonos por llegar «a tiempo», es fácil
considerarnos a nosotros mismos como elementos mecánicos e ignorar la experiencia humana interna, más
profunda. Si le preguntamos a alguien de qué está hecho el universo, lo más probable es que nos describa el
modelo newtoniano del átomo (los electrones girando alrededor de un núcleo de protones y neutrones). Sin
embargo, si se lleva esta teoría a su extensión literal, nos situará en la posición, bastante desconcertante, de
pensar que estamos compuestos de diminutas pelotas de ping-pong que giran vertiginosamente alrededor unas
de otras.

La teoría del campo
 
A principios del siglo XIX se descubrieron nuevos fenómenos que no se podrían describir mediante la física
newtoniana. El descubrimiento y la investigación de los fenómenos electromagnéticos condujeron al concepto
de campo. Se definió éste como la condición en el espacio que tiene potencial para producir una fuerza. La
vieja mecánica newtoniana interpretó la interacción de las partículas con carga positiva y negativa, como los
protones y los electrones, diciendo simplemente que dos partículas se atraen mutuamente como dos masas.
Sin embargo, Michael Faraday y James Clerk Maxwell consideraron que era más apropiado utilizar el concepto
de campo, afirmando que cada carga crea una «alteración» o una «condición» en el espacio circundante de
manera que la otra carga, cuando está presente, siente una fuerza. Así nació la concepción de un universo
lleno de campos que crean fuerzas mutuamente interactivas. Se contaba, por fin, con un marco científico con el
que se podría empezar a explicar nuestra capacidad para afectarnos mutuamente a distancia por medios que
no sean la palabra o la vista. Todos hemos pasado por la experiencia de descolgar el teléfono que suena y
saber quién está al otro lado del hilo antes de que empiece a hablar. Las madres suelen saber cuándo tienen
problemas sus hijos, dondequiera que estén. Todo ello se puede explicar en los términos fijados por la teoría
de campos.
En los últimos quince o veinte años la mayoría de nosotros ha empezado a utilizar tales conceptos para
describir las interacciones personales. Estamos empezando a admitir que nosotros mismos estamos formados
por campos. Notamos la presencia de otras personas en una habitación sin oírlas ni verlas (interacción de
campos); hablamos de buenas o malas vibraciones, de enviar energía a otros o de leer los pensamientos de
terceros. Sabemos inmediatamente si nos gusta o nos disgusta alguien, si nos llevaremos bien con esa
persona o si chocaremos con ella. Este «saber» se puede explicar por la presencia o la ausencia de armonía
en nuestras interacciones de campos.
 
La relatividad
 
En 1905, Albert Einstein publicó su teoría especial de la relatividad, con la que invalidó todos los conceptos
principales de la visión newtoniana del mundo. Según la teoría de la relatividad, el espacio no es tridimensional
y el tiempo tampoco es una entidad aparte, sino que ambos están íntimamente conectados y forman un
continuo tetradimensional, el «espacio-tiempo». Por tanto, nunca podemos hablar de espacio sin tiempo, y
viceversa. Además, no existe flujo universal de tiempo; es decir, el tiempo no es lineal ni absoluto. El tiempo
es relativo. Ello significa que dos observadores ordenarán los acontecimientos en el tiempo de forma distinta si se
mueven con velocidades diferentes en relación con los acontecimientos observados. Por tanto, todas las
mediciones que impliquen espacio y tiempo pierden su importancia absoluta. Tanto tiempo como
espacio se convierten simplemente en elementos para describir los fenómenos.
Según la teoría de la relatividad de Einstein, en determinadas condiciones dos observadores pueden, incluso,
ver dos acontecimientos en tiempos inversos; es decir, para el observador 1 el acontecimiento A se producirá
antes que el B, mientras que para el observador 2 el acontecimiento B tendrá lugar antes que el A.
Por tanto, el tiempo y el espacio son tan básicos para la descripción de los fenómenos naturales y para la de
nosotros mismos que su modificación implica un cambio en todo el marco que empleamos en la percepción de
la naturaleza. Todavía no hemos integrado esta parte de la relatividad de Einstein en muestras vidas. Por
ejemplo, cuando captamos la señal psíquica de un amigo que se halla en dificultades comprobamos la hora y
llamamos a dicha persona para ver si está bien. También deseamos saber si sufrió un determinado accidente a
fin de dar validez a nuestra visión. Cuando nos dice que no ha sucedido nada, llegamos a la conclusión de que
la imaginación nos ha hecho una mala pasada, e invalidamos nuestra experiencia. Esta es la filosofía
newtoniana.
Tenemos que comprender que el fenómeno que estamos experimentando no puede ser explicado por
mecánica newtoniana, y que estamos haciendo uso de esa mecánica para dar validez a nuestra experiencia
suprasensorial. Dicho de otro modo, lo que vimos fue una experiencia real. Como el tiempo no es lineal, puede
haber sucedido ya, o estaba ocurriendo en el momento en que lo vimos, o quizá se produzca en el futuro.
Puede, incluso, que se trate de una probabilidad que no llegue a manifestarse. Pero el hecho de que no haya
sucedido en el tiempo en el que tratamos de relacionarlo no demuestra, en modo alguno, que muestro
discernimiento sobre la posibilidad estuviera equivocado. Sin embargo, si en la visión que tuvimos sobre
nuestro amigo vimos también un calendario y un reloj con hora newtoniana, nuestra percepción sería tal que
incluiría la información sobre el continuo espacio-tiempo del suceso. De este modo sería más fácil de verificar
la realidad física newtoniana.
Ha llegado el momento de dejar de invalidar la experiencia que queda fuera de nuestra forma newtoniana de
pensar, y de ensanchar nuestro marco de la realidad. Todos hemos sentido el paso del tiempo o la pérdida de
la noción del mismo. Si logramos la suficiente eficacia en la observación de nuestros estados de ánimo,
podemos comprobar que nuestro tiempo varía con los cambios de humor y con la experiencia por la que
estemos pasando. Por ejemplo, nos damos cuenta de que el tiempo es relativo cuando experimentamos un pe-
ríodo muy largo y aterrador justo antes de que se estrelle nuestro coche o de que se aparte, por milímetros, del
choque con otro que viene en dirección opuesta. Este tiempo, medido en el reloj, es de unos cuantos segun-
dos; sin embargo, para nosotros, parece como si el tiempo se hubiera hecho más lento. El tiempo
experimentado no es susceptible de ser medido con un reloj, pues éste es un artilugio newtoniano
diseñado por mecánicos newtonianos para medir el tiempo lineal.
Nuestra experiencia existe fuera del sistema newtoniano. Muchas veces se nos ha presentado el caso de
encontrarnos con alguien después de varios años de separación y sentir lo mismo que si le hubiéramos visto
ayer. En la terapia regresional, muchas personas han experimentado sucesos de su infancia como si se
estuvieran produciendo en el presente. También descubrimos que muestra memoria ha ordenado los
acontecimientos en una secuencia distinta a la de alguna otra persona que también los haya vivido. (Pruebe a
comparar sus recuerdos infantiles con los de sus hermanos.)
La cultura nativa americana, que carecía de relojes para crear un tiempo lineal, dividía éste en dos aspectos: el
ahora y todos los demás momentos. Los aborígenes australianos también tienen dos clases de tiempo: el
tiempo que está pasando y el Gran Tiempo. Lo que ocurre en el Gran Tiempo tiene secuencias, pero no se
puede fechar.
Lawrence Le Shan, a través de sus experiencias con clarividentes, ha definido dos tiempos: el tiempo normal y
el tiempo del clarividente. Así se denomina la calidad de tiempo experimentado por los videntes cuando
emplean sus dones. Es similar al Gran Tiempo. Lo que sucede tiene una secuencia, pero sólo se puede ver
desde la posición de ser o experimentar dicho flujo secuencial. Tan pronto como el clarividente trata de
interferir de forma activa en la secuencia de acontecimientos de la que es testigo se ve arrojado
inmediatamente de vuelta al tiempo lineal, y ya no vuelve a presenciar sucesos que se salgan del marco del
aquí y ahora. A continuación debe centrar de nuevo su atención en el Tiempo del Clarividente. No se entienden
muy bien las reglas que regulan ese movimiento de un marco de tiempo a otro. En su mayoría, los clarividentes
son inducidos a «leer» un marco de tiempo determinado de la vida actual o pasada de una persona de acuerdo
con las necesidades de ésta. Algunos clarividentes pueden centrarse en cualquier marco de tiempo que se les
solicite.
El continuo espacio-tiempo de Einstein indica que la aparente linealidad de los acontecimientos depende del
observador. Todos estamos plenamente dispuestos a aceptar las vidas pasadas como vidas físicas literales
que han sucedido en el pasado en un escenario físico como éste. Nuestras vidas pasadas pueden estar
sucediendo ahora mismo en un continuo espacio-tiempo diferente. Muchos hemos experimentado «vidas
pasadas» y sentimos sus efectos como si hiciera poco tiempo que han transcurrido. Sin embargo, rara vez
hablamos de la forma en que nuestras vidas futuras están afectando a la que estamos experimentando
justamente aquí y ahora. Al vivir nuestra vida presente, lo más probable es que estemos reescribiendo nuestra

historia personal, tanto pasada como futura

Otra consecuencia importante de la relatividad de Einstein es la comprensión del hecho de que materia y
energía son intercambiables. La masa no es más que una forma de energía. La materia es simplemente ener-
gía que ha perdido velocidad o se ha cristalizado. Nuestros cuerpos son energía. ¡De eso precisamente trata
este libro! He presentado en sus páginas el concepto de cuerpos energéticos, pero no he subrayado que
nuestro cuerpo físico también es energía.
 
Paradoja
 
En los años veinte, la física se desplazó hacia una extraña e inesperada realidad, la del mundo subatómico.
Cada vez que los científicos interrogaban a la naturaleza en un experimento, la respuesta que recibían era pa-
radójica, y cuanto más pretendían resolver la situación, más fuerza cobraba la paradoja. Los físicos terminaron
por comprender que la paradoja forma parte de la naturaleza intrínseca del mundo subatómico sobre el que se
fundamenta toda nuestra realidad física.
Por ejemplo, se puede realizar un experimento que demuestre que la luz es una partícula. Pero si se introduce
en él un pequeño cambio, se demostrará que la luz es una onda. Por tanto, para describir el fenómeno de la luz
hay que emplear ambos conceptos, el de onda y el de partícula. De este modo pasamos a un universo basado
en la dualidad de conceptos. Los físicos lo denominan complementariedad. Es decir, para describir el
fenómeno (si seguimos pensando en términos tales como partículas y ondas) es necesario emplear ambos ti-
pos de descripción. Estos tipos son complementos mutuos, más que opuestos, según el viejo concepto de lo
uno o lo otro.
Por ejemplo, Max Planck descubrió que la energía de la radiación térmica (como la de un radiador casero) no
es de emisión continua, sino que se presenta en forma de discretos «paquetes de energía» denominados
quanta. Einstein postuló que todas las formas de radiación electromagnética pueden aparecer no sólo en
forma de ondas, sino también como cuantos. Estos cuantos luminosos, o paquetes de energía, han sido
aceptados como auténticas partículas. Llegados a este punto, una partícula, que es la definición más afín a la
de una «cosa» ¡es un paquete de energía!
A medida que penetramos más a fondo en la materia, la naturaleza no nos muestra ningún tipo de
«bloques básicos» aislados, como sugería la física newtoniana. La búsqueda de los bloques
fundamentales de la materia hubo de ser abandonada cuando los físicos encontraron un gran número de
partículas elementales que apenas podían calificarse como cuerpos materiales. Por medio de los
experimentos realizados durante las últimas décadas, los físicos han descubierto que la materia es
totalmente mutable y que, a nivel subatómico, no hay certidumbre de que la materia exista en lugares
definidos sino que, más bien, muestra cierta «tendencia» a existir. Todas las partículas se pueden
transmutar en otras. Se pueden crear a partir de la energía y convertirse en otras partículas. Se pueden
crear a partir de la energía y desvanecerse en energía. Cuándo y cómo sucede esto es algo que no
podemos determinar con exactitud, pero sabemos que ocurre continuamente.
A nivel personal, a medida que nos internamos en el mundo de la moderna psicología y el desarrollo
espiritual descubrimos que las viejas formas disyuntivas también se disuelven en la forma dual (lo uno y
lo otro). Ya no somos malos o buenos; ya no nos limitamos a odiar o a amar a alguien. Encontramos
capacidades mucho más amplias en nuestro interior. Podemos sentir amor y odio, con todas las
emociones intermedias, por una misma persona. Actuamos responsablemente. Vemos que la vieja
contraposición Dios/Demonio se disuelve en un todo en el que nos encontramos que el Dios/Diosa
interior se funde con el Dios/Diosa exterior. Un mal no es lo opuesto al Dios/Diosa, sino la resistencia a
la fuerza del Dios/Diosa. Todo está compuesto con la misma energía. La fuerza del Dios/Diosa es, a un
tiempo, blanca y negra, masculina y femenina. Contiene ambas cosas, la luz blanca y el vacío negro.
Como puede ver el lector, seguimos usando conceptos impregnados de dualismo, pero estamos en un
mundo de «aparentes» opuestos que se complementan entre sí, no de opuestos «reales». En este
sistema, el dualismo se utiliza para impulsarnos al interior de la unidad.  Más allá del dualismo: el holograma
 
Los físicos han descubierto que las partículas pueden ser simultáneamente ondas, ya que no son ondas
físicas reales, como las del sonido o el agua, sino más bien fenómenos ondulatorios de probabilidad.
Las ondas de probabilidad no representan las probabilidades de las cosas, sino más bien probabilidades
de interconexión. Es un concepto difícil de entender, pero, en esencia, lo que afirman los científicos es
que no existe lo que llamamos «cosa». Lo que solíamos llamar «cosas» son, en realidad, «sucesos» o
procesos que podrían convertirse en sucesos.
Nuestro viejo mundo de objetos sólidos y leyes deterministas se ha disuelto ya en un mundo de pautas
de interconexiones ondulantes. Conceptos tales como «partícula elemental», «sustancia material» u
«objeto aislado» han perdido su significado. El universo entero se nos presenta como una trama de
pautas energéticas inseparables. Así, definimos el universo como un todo dinámico que incluye siempre
de forma esencial al observador.
Desde luego, si el universo está compuesto por una trama semejante, no existe (lógicamente) eso que
denominamos parte. Por tanto, no somos partes separadas de un todo. Somos un todo.

El doctor en física David Bohm afirma en su libro The Implicate Order que las leyes físicas primarias no
pueden ser descubiertas por una ciencia que intenta fragmentar el mundo en sus diversas partes. Bohm
ha escrito acerca de un «orden plegado implícito» que existe en estado no manifiesto y que constituye la
base sobre la que descansa toda realidad manifiesta. A esta última la denomina «el orden desplegado
explícito». «Se considera que las partes presentan una conexión inmediata, en la que sus relaciones
dinámicas dependen irreductiblemente del estado de todo el sistema... Así, somos conducidos a una
nueva noción de integridad no fragmentada que niega la idea clásica de la analizabilidad del mundo en
partes existentes de forma separada e independiente».
El doctor Bohm afirma que el punto de vista holográfico del universo es el trampolín que facilita la com-
prensión de los órdenes plegado implícito y desplegado explícito. El concepto de holograma especifica
que cada pieza es una representación exacta del todo y se puede utilizar para reconstruir el holograma
completo.
En 1971, Dennis Gabor recibió un premio Nobel por la formación del primer holograma. Era una
fotografía captada sin objetivo en la que se registró un campo de onda de luz dispersa por un objeto, en
forma de pauta de interferencia sobre una placa. Cuando se sitúa el holograma o registro fotográfico en
un haz de láser o de luz coherente la pauta de onda original se regenera para formar una imagen
tridimensional. Cada pieza del holograma es una representación exacta del todo y reconstruirá la
imagen completa.
El doctor Karl Pribram, afamado estudioso del cerebro humano, ha acumulado a lo largo de una década
numerosas pruebas de que la estructura profunda del cerebro es esencialmente holográfica. Afirma que
los estudios de muchos laboratorios, realizados mediante complejos análisis de frecuencias temporales
y/o espaciales, demuestran que las estructuras cerebrales ven, oyen, gustan, huelen y tocan
holográficamente. Seguidamente, la información es distribuida por todo el sistema de manera que cada
fragmento puede producir el informe completo. El doctor Pribram emplea el modelo de holograma para
describir no sólo el cerebro, sino también el universo. Afirma que el cerebro emplea un proceso
holográfico para extractar información de un campo holográfico que trasciende el tiempo y el espacio.
Los parapsicólogos han investigado las energías susceptibles de generar telepatía, psicocinesis y cura-
ción. Desde el punto de vista de un universo holográfico, estos efectos surgen de frecuencias que
trascienden el tiempo y el espacio; no tienen que ser transmitidas. Son potencialmente simultáneas y
están en todas partes.
Cuando nos refiramos en este libro a los campos energéticos utilizaremos términos que pueden resultar
arcaicos desde el punto de vista de los investigadores especializados. El fenómeno del aura se
encuentra claramente dentro y fuera del tiempo lineal y del espacio tridimensional. Como en los casos
clínicos que hemos presentado, yo «vi» los sucesos de la pubertad de Ed cuando se rompió el cóccix,
porque llevaba consigo esta experiencia en su campo energético. La «flecha» del amante se puede
percibir en el campo energético actual, aunque el clarividente puede retrotraerse aparentemente en el
tiempo y ser testigo del acontecimiento en el momento de producirse. Muchísimas de las experiencias
relatadas en este libro requieren más de tres dimensiones para ser explicadas; muchas de ellas parecen
resultar instantáneas. La capacidad de ver en el interior del cuerpo a cualquier nivel con resolución
variable implica el uso de dimensiones adicionales. La capacidad que se precisa para percibir sucesos
del pasado mediante el sencillo procedimiento de solicitar información, o para ver un acontecimiento
probable y cambiarlo mediante la intervención en el proceso curativo, podría implicar un tiempo no
lineal. La capacidad para ver un suceso que se producirá en el futuro va más allá del tiempo lineal.
Al emplear el concepto de los campos para describir el aura nos encontraremos impregnados de
dualismo; es decir, separaremos el campo de nosotros y «lo» observaremos como un fenómeno que
existe como «parte» nuestra. Utilizaremos términos como «mi campo» y «su aura», etc. Ello obedece a
pautas dualistas. Debo disculparme por ello y decir que; francamente, a estas alturas soy totalmente
incapaz de impartir estas experiencias sin recurrir a los viejos moldes.
Desde el marco holográfico de la realidad, cada parte del aura no sólo representa el todo, sino que, ade-
más, lo contiene. Así, lo único que podemos describir es nuestra experiencia con un fenómeno que
observamos y creamos a un tiempo. Cada observación crea un efecto en la pauta observada. No somos
una simple parte de dicha pauta; somos la pauta. Ella es nosotros y nosotros somos ella; sólo que ahora
es preciso abandonar el término «ella» y sustituirlo por algún otro, más apropiado, para derribar el
bloqueo que experimentamos en nuestro cerebro cuando tratamos de comunicarnos.
Los científicos han utilizado términos como «probabilidades de interconexión» o «trama dinámica de
pautas energéticas inseparables». Cuando empezamos a pensar en términos de trama dinámica, todos
los fenómenos aurales descritos en este libro dejan de parecer particularmente inusuales o extraños.
Toda experiencia está interconectada. Por tanto, si tomamos conciencia de ello y acogemos esa
interconectividad en nuestros procesos cognitivos, podemos ser conscientes de todos los
acontecimientos con independencia del tiempo. Pero tan pronto como decimos «nosotros», hemos
vuelto a caer en el dualismo. Es difícil experimentar esta interconectividad cuando nuestra experiencia
más importante de la vida es dualista. La conciencia holística estará fuera del tiempo lineal y del espacio
tridimensional y, por tanto, no será reconocida fácilmente. Hemos de practicar la experiencia holística
para ser capaces de reconocerla.

La meditación es una forma de trascender los límites de la mente lineal y permite que la
interconectividad se convierta en una realidad experimental. Es muy difícil comunicar dicha realidad con
palabras, ya que utilizamos éstas en forma lineal. Necesitamos desarrollar un vocabulario mediante el
cual podamos conducirnos mutuamente a estas experiencias. En la meditación Zen japonesa, los
maestros ofrecen una breve frase a sus discípulos para que se concentren en ella. La frase,
denominada koan, está concebida para ayudar a los estudiantes a trascender su pensamiento lineal. He
aquí una de mis favoritas:
¿Cuál es el sonido de una mano que golpea?
Mi reacción ante esta conocida koan es encontrarme a mí misma extendiéndome hacia el interior del
universo en una pauta de sonidos nunca oídos que parece fluir eternamente.
 

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