Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

9
EL AMOR, ESA MARAVILLA

Cuando se te dio el regalo de la vida humana, se olvidaron de darte un ma­nual de instrucciones. Algunos no lo necesitan. Pero a otros se les ha dado equivocado. Estos últimos ven la vida como algo que los angustia, los llena de ansiedad, de miedos y deseos. Esto es el resultado del manual que les ha proporcionado su cultura.
No es la naturaleza la causa del su­frimiento, sino el corazón del hombre lleno de deseos y de miedos que le inculca su programación desde la mente. La felicidad no puede depender de los acontecimientos. Es tu reacción ante los acontecimientos lo que te hace sufrir. Naces en este mundo para renacer, para ir descubriéndote como un hombre nuevo y libre.
La atracción que brota de nosotros no es amor. Eso que llamamos amor es un gusto por sí mismo, un negocio de toma y daca, y de condicionamientos: tanto como me ames te amaré. Es una dependencia, una necesidad de lograr una felicidad que nos reclama desde dentro (porque nosotros somos felici­dad y hemos nacido para ser felices), pero nuestra propia inseguridad hace que la reclamemos al exterior y lo ha­gamos con exigencias, compulsivamen­te y con miedo de que se escape. Lo manifestamos con un deseo de pose­sión, de controlar al otro, de manipu­larlo, de apegarnos a él, por la ilusión de creer que, sin él, ya no podremos ser felices.

Cuando amas de verdad a una persona, ese amor despierta el amor a tu alrededor.

Qué es el amor

 

El amor de verdad es algo no perso­nal, pues se ama cuando el yo progra­mado no existe ya. Esforzarme por ver cómo eres tú, y comprenderte y acep­tarte tal cual eres: eso es el amor. Esto no excluye que tenga preferencias. Yo prefiero la relación con personas deter­minadas porque esa relación es más gozosa, pero esa preferencia ha de de­jarme libre para gozar con la amistad de los demás, para escuchar los demás instrumentos. Cada relación tiene un sabor y unas características distintas. Hay proyectos que se dan en una rela­ción y no en otra, pero ninguna de ellas puede, cuando se ama, excluir a las de­más.
Cuando amas de verdad a una per­sona, ese amor despierta el amor a tu alrededor. Te sensibiliza para amar y comienzas a descubrir belleza y amor a tu alrededor.
El enamoramiento, en cambio, es de lo más egoísta. El amor de verdad es un estado de sensibilidad que te capa­cita para abrirte a todas las personas y a la vida. Y, cuando amas, no hay nada más fácil que perdonar.
Aceptar a las personas que todo el mundo rechaza, y no porque no veas sus fallas, sino precisamente porque los ves como realmente son, de dónde pro­ceden y cómo se parecen a los tuyos, que ya tienes aceptados.
Aceptas también no tener razón, es­cuchando las razones de los demás con interés. Y, sobre todo, sabes responder al odio con amor, no porque te esfuer­ces en ello, sino como milagro de la comprensión del amor verdadero, que ve a la persona tal cual es.
Las tres señales de estar despierto son: perdonar, aceptar y responder ante todo con amor.

Hasta que no veas inocentes a las personas, no sabrás amar como Jesús.

Más o menos iguales

 

Cuando sabes amar es señal de que has llegado a percibir a las personas como semejantes a ti. Nadie hay mejor ni peor que tú. Es posible que el otro haya obrado mal en determinada cir­cunstancia y tú no, pero habrá sido por su programación, o por circunstancias anteriores que ahora le han hecho, por miedo, comportarse así. Todos tenemos las mismas inclinaciones, y la prueba es que, si nos molestan las fallas de los demás es, precisamente, porque nos están recordando nuestras propias fa­llas, y si nosotros no nos permitimos fallar (o no queremos reconocerlo), ¿cómo vamos a aceptárselo a los de­más? En cuanto se reconoce lo propio, ya no molesta verlo en los demás.
De haber sido yo víctima de la vio­lencia, de la crueldad o el sadismo y, además, estar drogado por una programación que me da inseguridad y dis­para mis deseos de poder, ¿quién sería yo? Sería seguramente dictador, o ase­sino, o cualquier otra clase de malhe­chor. Jesús se daba cuenta de que, como todo hombre, no era mejor que los de­más. Y lo dijo: "¿Por qué me llamáis bueno...?"
Era mejor porque estaba despierto, con los ojos bien abiertos a la realidad, porque había vivido mucho, conocido a muchas personas y había aprendido a amarlas de verdad, pero sabía que eso no es ser más que los demás. Jesús no rechazaba a los malos, porque los com­prendía, pero sí rechazaba a los hipó­critas que falseaban la verdad y eran crueles con los débiles. Lo que recha­zaba era su actitud, y se lo decía en la cara para que despertasen. Hasta que no veas inocentes a las personas, no sabrás amar como Jesús.

Si lo comprendes todo, lo perdonas todo, y sólo existe el perdón cuando te das cuenta de que,
en realidad, no tienes nada que perdonar.

El mal no existe

 

Detente  a pensar si, en algún momen­to de tu vida, has hecho mal a sabien­das; y si no lo has hecho, ¿por qué crees que los demás sí son capaces de hacer­lo? Algún enfermo mental puede que lo haga, pero éste no es responsable de sus actos. Todos, sin excepción, busca­mos nuestro bien, aunque lo disimule­mos, pero la mayor parte de las veces ese bien es equivocado, no es bien en realidad.
El miedo y el recelo a perder el bien nos hacen egoístas, interesados y hasta crueles. ¡Cuando el verdade­ro bien es libre y gratuito y está den­tro de nosotros! Cuando creemos atrapar el bien nos volvemos vanido­sos: ¡tontos, pero si ha estado siem­pre con nosotros y no es obra nues­tra!
El bien existe, es la esencia de la vida. Cuando no sabemos verlo o dis­frutarlo, a esa sensación la llamamos mal, pero en sí el mal no existe, lo que apreciamos es una ofuscación o menor percepción del bien, y a eso lo llamamos mal y nos da miedo, por­que estamos hechos para el bien y la felicidad, y el perderlos de vista nos asusta, nos inquieta hasta el sufri­miento cuando no somos capaces de ver la realidad tal cual es.
Si lo comprendes todo, lo perdo­nas todo, y sólo existe el perdón cuando te das cuenta de que, en rea­lidad, no tienes nada que perdonar. Así es el perdón del Padre. La civili­zación no ha avanzado lo suficiente para comprender que el criminal es un enfermo que no es responsable de sus actos, como no lo son los locos. Ambos necesitan cura y no que los encierren.
Todos cambiamos en presencia del amor, aun cuando el amor puede ser muy duro. No olvidemos que la res­puesta del amor es siempre la que el otro necesita, porque el amor verda­dero es clarividente y comprensivo. Siempre está de parte del otro.
Un niño malo no existe y un hom­bre malo no existe. Pero sí equivoca­dos, mal programados y locos. Pegan­do al hombre o encerrándolo, no lo curas. Puedes hacerle cambiar su con­ducta presionándolo mucho, por mie­do, pero no cambiarás la enfermedad que lo hace funcionar así, su compulsión. La puedes reprimir, pero saldrá luego y saldrá con más agresividad y más violencia.
Los actos compulsivos vienen, la mayoría de las veces, por la represión sexual, que sale con una forma simbólica, como la cleptomanía, para sa­tisfacer deseos que están reprimidos en el inconsciente. Como no llegues a descubrirlo y des libre paso a esa represión, los actos compulsivos se­guirán ahí y no se curarán nunca por mucho que te empeñes en cambiar la conducta.
Si descubriésemos el origen de nues­tras represiones, nos curaríamos para siempre; por eso es tan importante que nos conozcamos a fondo; bien despier­tos y conociéndonos nosotros, fácil­mente conoceremos a los demás.
El inconsciente humano tiene una enorme importancia. Es algo muy de­licado y enormemente complicado en su sensibilidad, con casos de efecto ­causa que, al descubrirlos, se logran resultados mágicos. Pero si esto no se conoce, ¿cómo se puede cambiar? El mal que haces a los demás es lo mis­mo que hacerte el mal a ti mismo. El día que comprendas esto, el perdón será muy fácil. Podrás defenderte del otro, lo pararás, pero no sentirás nin­gún odio, sino la comprensión del amor clarividente.
El hombre es libre, pero no existe libertad para distorsionar el bien. Sólo un loco o un dormido hacen el mal -los que no saben lo que es la libertad o no tienen libertad para ser ellos mismos- porque son esclavos de sus compulsiones o sus miedos. Son llevados por su resentimiento y su egoísmo que los hacen crueles. Te tienes que defender de sus modos, pero no confundir al enfermo con su enfermedad y condenarlo.

Existe el pecado, pero es un acto de locura.

Ejercicio

 

Piensa en algo que hayas hecho en el pasado y que al recordarlo tengas sentido de culpabilidad. Entiende que, como para ti lo que hacías tenía una parte de agrado, esa parte no te dejó ver tu injusticia o pudo más que ella. Tú actuabas bajo los efectos de la programación; paralizado e hipno­tizado por ella, creías que tu felici­dad estaba en hacer aquello, ¿no? A ver si eres capaz de ver lo que suce­dió como consecuencia de una enfer­medad de la que quieres sanar.
Si te das cuenta de ello, es que des­piertas a la realidad, es que te estás sensibilizando y, en donde hay sen­sibilidad -apertura hacia la ver­dad-, no puede haber pecado. Pue­des estar enfermo y necesitar curar­te, despertarte más a la realidad, pero si ya lo puedes observar, señal de que lo estás consiguiendo. Ya sabes el porqué de tu obrar así.
A ver si eres capaz de perdonarte tú, sin más sentido de culpabilidad ni resentimiento. Si de verdad has com­prendido la situación y aceptado tu papel en ella, ya no habrá remordimien­to ni rechazo alguno al recordarlo.
Ahora piensa en algún rechazo, ofensa o injusticia que has recibido de otro. ¿Era una ofensa? ¿O es que tu miedo y tu inseguridad hicieron que te sintieras ofendido? Es posible que el otro no supiese obrar debida­mente, pero piensa que, al actuar así, a quien hizo más daño fue a sí mis­mo, no a ti. ¿Eres capaz de verlo?
El otro es inocente, aunque en ese momento haya reaccionado ofuscada­mente, como un loco. Pero lo impor­tante es que él no está capacitado para ofenderte, ni con palabras, ni con acti­tudes, ni con gestos. Es tu inseguridad la que se sintió atacada e hizo que tus mecanismos de defensa se pusieran en guardia. Recompón la situación y ve­rás cómo es así.
¿Qué es el pecado? Existe el peca­do, pero es un acto de locura. Tú pre­ocúpate de desmontar tu programación y no te preocupes de lo que te digan.

 

Sí, pero...

Hay un juego psicológico, el del triángulo, que se suele llamar el juego del "Sí, pero..." Es como una transac­ción entre dos o más personas. Un psi­cólogo, que era un genio, pensó que tú, en ese juego, irremediablemente haces uno de esos tres papeles del triángulo: rescatador, perseguidor o víctima.
El rescatador actúa bajo el influjo de la culpabilidad.
El perseguidor actúa bajo el influjo de la agresividad.
La víctima actúa bajo el influjo del resentimiento.
Si tú entras en el triángulo, irreme­diablemente cargarás con las conse­cuencias: te quemarás.
Supongamos que estoy cansado y necesito tiempo para mí. Y tú vie­nes a mí con cara de víctima recla­mando mi atención. Yo, que soy in­capaz de decir que no a nadie, te doy una cita para después de cenar. Inmediatamente me voy sintiendo cada vez más resentido por tu in­tromisión, me pongo furioso por haberte dicho que sí. Entonces vie­nes, y me contengo y te recibo bas­tante bien, pero cuando veo que no son más que banalidades lo que me dices, empiezo a impacientarme y el enojo se me sale por los poros. Así es que, violentamente, te corto para decir: "Pero ¡para este proble­ma me vienes a molestar a estas ho­ras!" Y estalla la tragedia. Con de­cirte que no podía atenderte a esa hora se hubiese evitado todo esto; pero al no saber decir que no, hice:
- de rescatador cuando dije que sí,
- de víctima cuando me dolí por dar un tiempo que no quería dar,
- de perseguidor porque te di un palo.
¿Qué hay de bueno en esto?
Pero aún no para allí, pues por la no­che me siento culpable y arrepentido; con lo que, por la mañana voy con mu­cha amabilidad a preguntarte qué tal estás. Y tú aprovechas mi buena dispo­sición para pedirme otra entrevista. ¿Ves el juego? He querido hacer de res­catador y no sólo me he dejado utili­zar, sino que, a consecuencia de ello, he pasado a ser víctima y perseguidor y,"además, tú sigues con la misma ac­titud, no aprendiste nada.
La culpa en verdad la tengo yo, por meterme en el juego y dejarme enre­dar en él, en vez de ser sincero y decir que no puedo. Es como aquel prover­bio: "Si dejas la puerta abierta, los que se meten son los fuertes y quedan fue­ra los débiles." Dejar la puerta abierta para todos, sin discernimiento, es peli­groso.
Alardeas de servicial y de bueno y no caes en la cuenta de que no saber decir que no, es de cobardes, egoístas e hipócritas, pues te gusta parecer bue­no cuando por dentro estás echando chispas. Todos, alguna vez, dijimos sí cuando deseábamos decir no, y lo ha­cemos por el sentido de culpabilidad metido en nuestra mente y por las bue­nas apariencias, por lo que puedan pen­sar de nosotros. En el pecado llevamos la penitencia. Sólo el día que no nos importe lo que piensen de nosotros las personas, comenzaremos a saber amar­las como son y darles la respuesta adecuada. Lo cierto es que nuestro ego es el que propicia esa necesidad de que nos necesiten para sentirnos importantes.
Vamos a poner unos ejemplos, que muestran cuatro casos de "rescatador":
1) Cuando me lanzo a darte ayuda, pero, en realidad, no lo veo claro o no veo la necesidad de que tenga que ha­cerlo yo y no otro; o cuando sin pedír­melo tú, yo me ofrezco.
2) Cuando me presto a ayudarte por­que me lo pides, pero yo no quiero ayu­darte.
3) Cuando intento ayudarte yo, sin antes insistir para que seas tú quien te ayudes.
4) Cuando tú necesitas algo de mí, pero no lo dices explícitamente, es­perando que yo lo adivine.

Sólo el día que no nos importe lo que piensen de nosotros las personas, comenzaremos a saber amarlas como son y darles la respuesta adecuada.

 

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