Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

8
DIOS ESTÁ EN LA VIDA

La palabra y el concepto distorsio­nan la realidad. Si de un animal que nunca has visto, te enseñan sólo la cola, no podrás saber cómo es el animal. No conoces su conjunto y, por lo tanto, ni siquiera sabrás el sentido de realidad que encierra la palabra cola, porque, separada de su conjunto, pierde la rea­lidad global que le da sentido.
La palabra Navidad crea, en nosotros, una serie de emociones y sentimientos que nada tienen que ver con la realidad. En la naturaleza no existe la Navidad. La Navidad está programada en la mente cristiana como el Ramadán en los árabes y la Pascua en los judíos.
Todo es ilusión de una palabra que crea unos conceptos y unas emociones. De igual manera, en la práctica, la religión no existe, puesto que en reali­dad no la constituyen más que un conjunto de palabras y conceptos.
¿Qué tiene que ver la palabra Dios con la realidad? Nos hemos olvidado de la realidad, con la sustancia que la palabra trata de indicar, y nos he­mos quedado con la palabra. Lo que importa no es la palabra, ni el con­cepto, ni los símbolos. Todos los sím­bolos son imprecisos, y lo importan­te es que ellos sólo nos sirvan para ponernos en contacto con la realidad que esconden.

Hay que ser conscientes de que Dios no se deja prender por conceptos ni encerrar en palabras.

Dios no se deja encerrar

 

En la Universidad te enseñan teorías, fórmulas y técnicas, y la teología de­biera de servir para hacer ignorantes que cuestionen todo antes de adoptar­lo. En la Universidad te enseñan y en la Facultad de Teología debieran sólo despertarte atacando tus errores y tus fórmulas.
¿Sabéis lo que le ocurrió a un caní­bal que se comió a un misionero cató­lico, a un protestante y a un metodis­ta? Pues que tuvo un movimiento ecu­ménico en sus tripas. Sólo nos separan las palabras y los conceptos. En el fon­do todo es lo mismo. Dios es sólo uno y no se deja encerrar. Lo que llamas tú no tiene base, pues tú no eres nada. Sólo la realidad existe, y sólo entrarás en esa realidad a base de liberarte de tus programaciones y meterte en la no­che oscura del no-saber, de los no-con­ceptos.
Aunque antes dije que el niño es in­capaz de amar, creo que no lo dije bien, pues los niños, seguramente, saben amar de una manera tan pura y sin conceptos, tan espontánea, que no los en­tendemos con nuestra mentalidad pro­gramada. Los niños son los únicos que ven las cosas como son. Ven a las per­sonas sin etiquetas, sin prejuicios, y res­ponden con espontaneidad a la realidad, sin interferencias. Los prejuicios, las etiquetas y los miedos se los metemos luego nosotros, los mayores, de la mis­ma forma inconsciente que usamos de esa programación mecánicamente como hábito.
¡Qué peligrosa es la inconsciencia! Para liberarte de los prejuicios sólo tie­nes la conciencia. Es la conciencia la que te puede liberar. Siempre serás es­clavo de las cosas de las que no eres consciente.
Hay que ser conscientes de que Dios no se deja prender por conceptos ni en­cerrar en palabras. Por eso, los niños están más cerca de Dios mientras no­sotros no deformamos su espontanei­dad con imágenes y conceptos de malo y bueno. La tesis de que Dios es incom­prensible siempre ha estado presente en la teología católica. Para Tomás de Aquino, era evidente. Y para Rahner, incluso en la visión inmediata de Dios, en la eternidad, seguía siendo incom­prensible. La incomprensibilidad de Dios es el centro que debe iluminar toda teología. El mejor teólogo es el que sabe explicar la teología como Jesucristo: por medio de cuentos, sin conceptos. Por medio de la vida, como hacía Jesús con las palabras y con sus hechos en la vida cotidiana. Si nos aferramos a los símbo­los, olvidaremos la realidad que encierra el símbolo.

Tu acción debe venir de tu sensibilidad, y no de tu ideología. Las matanzas, las injusticias y las guerras provienen de la ideología que ciega a uno a la realidad y lo endurece.

El valor de la realidad

 

Jesús enseña lo que es la vida y, por ella, cómo es el Padre, su Creador. ¿Qué colegios conocemos nosotros que usen como texto al hombre, la comu­nicación, el respeto y cómo es la vida y cómo se debe respetar a los hijos y prepararlos para que sean felices? Co­menzamos con unos medios para lle­gar a un fin, pero en seguida olvidamos el fin para quedarnos enredados en los medios; al final hacemos un fin de los medios. Absolutizamos el medio.
La espiritualidad -como la flor-, ha de mostrar simbólicamente la reali­dad, cuidando que no nos quedemos en los símbolos y matemos al Mesías. El símbolo no es lo sagrado -como no es sagrada la flor-, lo sagrado es la realidad que descubre. Es el perro el que mueve la cola, no podemos que­darnos fijados en la cola creyendo que es ésta la que mueve al perro.
Dios no se encuentra en el templo, sino en la vida. La oración se hace para que tengas cada vez más conciencia de ti. La religión puede ser de gran ayuda mientras no la hagas más importante que Jesucristo. "Al leer mi poesía de Dios, no te dejes llevar por la idolatría", dice Tagore. Por esa idolatría la gente sigue crucificando al Mesías. Dios es el Misterio.
Cuando el hombre se hace religioso es capaz de cometer las mayores cruel­dades por defender un concepto de ver­dad creyendo que cumple la voluntad de Dios. El comunista adoctrinado se molesta mucho cuando se critica al co­munismo. Los religiosos adoctrinados también se molestan cuando se critica la religión. Ellos se creen no sólo los poseedores de la verdad, sino los ven­gadores y justicieros de quien no la cumple. Se sienten los guardianes de Dios, sus abogados, y en nombre de esa fanática creencia, hay que reconocer las enormes crueldades que se producen aun en los conventos. Se hace de for­ma inconsciente, creyendo que es un servicio a Dios.
Es preciso que despertemos a esta realidad de que la religión no existe -y puede ser muy dañina- si en ella no está la realidad, la vida. Porque sólo la vida y la realidad nos mues­tran la verdad.
También Pablo fue cruel inconscien­temente, por fanatismo, creyendo que hacía un servicio a Dios. Era su pro­gramación la que lo guiaba, y ponía todo su entusiasmo y su fuerza en ello. Pero él fue golpeado y despertado por la realidad que lo tiró del caballo y le dio la luz. Es la realidad la que nos tie­ne que despertar. Si hay tanta crueldad en el mundo es porque nos falta sensi­bilidad para despertar a la verdad. Caer­nos del caballo del poder y la violen­cia para dar de cara contra el suelo de la realidad y despertarnos a la luz de la verdad.

No renuncies a nada, pero no te apegues a nada.

Eso es muy comprometido

 

Si nos cuesta tanto caernos del ca­ballo es porque la religión se ha iden­tificado con el poder, endureciéndose, embruteciéndose, en vez de sensibili­zarse con la verdad. La religión no quiere ver la realidad del Tercer Mun­do, porque si la viese, tendría que cam­biar y soltar su poder.
Cuidar a los pobres no es hacer un programa de ayuda desde el poder, sin sensibilizarse con la injusticia que pro­voca su pobreza. No se puede hacer un programa de amabilidad y ayuda sin bajar hasta ellos y vivir su vida como hizo Jesús. Desde arriba no puedes ver a los pobres como son. La ama­bilidad no es sonrisas ni buenas pa­labras mientras das una limosna. La amabilidad es hacer lo que más con­viene a la otra persona, según lo que necesita en ese momento.
El místico es amable, pero no deja de ser enérgico y duro cuando hace falta, y sabe responder, precisamente porque es libre de prejuicios, de mie­dos, de poderes y de honores y por ello es capaz, en todo momento, de ser fiel a la verdad. Por eso no se amarga nunca ni se altera.
Tú acción debe venir de tu sensi­bilidad, y no de tu ideología. Las ma­tanzas, las injusticias y las guerras provienen de la ideología que ciega a uno a la realidad y lo endurece. La teoría puede servir en algún momen­to, pero siempre que no desborde u oculte la realidad. Jesús era místico, hombre de vida, y por ello obraba sensibilizado con la vida. Por ello, Jesús, para la gente programada, re­sulta inconsistente, imprevisto, in­aprensible, y asusta. Prefieren hacer­se una ideología que se pueda progra­mar y utilizar. Algo que no escape de toda categoría y todo esquema. Jesús predicaba con la vida y eso es muy comprometido.
La conciencia social no existe. El no dejar ver las cosas a los pobres y querer mirarlas nosotros por ellos, es ser adoctrinados, es manipularlos y no respetar su derecho a la liberación por sí mismos. Cuidado de no quitar­les su espontaneidad, su alegría y su cultura primitiva, con la idea progra­mada de liberarlos. El trabajo social que no brote de la sensibilidad y el respeto es peligroso. Con el nombre de salvación también existen la utili­zación, la persecución, la explotación y la crueldad.
Yo he conocido pobres, muy po­bres, que se sentían felices a pesar de que no comían más que una vez al día. Ellos estaban a un nivel es­piritual mucho más alto que el mío. Sencillez, alegría y vivir libres de preocupaciones futuras es algo que tiene un sentido mucho más real en los pobres que en nosotros, los pro­gramados. Ellos están libres de conceptos.
Jesucristo se sensibilizó a la vida y no a la religión. ¿Cómo puedes amar lo que no has vivido y ni si­quiera has visto con ojos despier­tos? Tu vocación es ser Cristo, no cristiano. Ser sensible y abierto a las personas y a la vida. Ser libre, directo, inconsistente, imprevisible como Él lo fue.

Lo que hace falta es estar despierto a la vida.

Opción por la verdad

 

¿Tomó Jesús opción de clase? No te va a ser fácil saber dónde está el po­bre. Jesús tomó opción por la verdad. La pobreza no es un estado de felici­dad, sino de injusticia. Hay pobres que necesitan que se sea duro con ellos para que despierten. Hay que tratar a cada persona según lo que ella necesita. Sen­sibilízate con la injusticia siendo tú jus­to y así comenzarás a comprender la injusticia.
El místico es el revolucionario por excelencia. Él no hace nada, porque todo se hace por medio de él. Se deja llevar por una fuerza que ni siquiera puede resistir: la fuerza de la verdad. Ha habido místicos violentos, pero allí no se metía su ego. Cada uno sabrá lo que debe hacer si está despierto y abierto y sensibilizado a la verdad, como Jesús. No hace falta saber de dónde vino el mal, sino saber el porqué del mal que tienes ahora, de dón­de procede.
Una vez que yo esté sensibilizado con las cosas, con las personas y con­migo mismo, no hará falta que me di­gan lo que es bueno y lo que es malo, porque me será imposible cerrar los ojos a la realidad, y por ello no podré optar por el mal. Yo, entonces, no po­dré aprobar lo que haces tú, si es un mal objetivo, pero tampoco podré obligar­te a hacer lo contrario, ni dirigirte o re­formarte. Trataré de ayudarte a que ese mal no exista, y esperar a que despiertes.
Gandhi decía: "El que quiera venir a luchar conmigo para liberar a la pa­tria, tendrá antes que purificarse, pues, de lo contrario, acabaríamos liberándo­nos de una opresión para caer en otra peor." Hay que lanzarse a la batalla sin ningún rastro de odio para que esa ba­talla sirva para algo. Liberarte del odio es lo mismo que liberarte de tu miedo, pues el miedo es lo que produce el odio. Y si el miedo es por ti mismo, es que te estás odiando, y si anida el odio en ti, odiarás a todo el mundo.
Para ser místico no necesito estar en un monasterio. Se puede muy bien ser pobre e ignorante de teorías y de leyes y ser místico. Lo que hace falta es es­tar despierto a la vida. Lo importante es liberarte tú mismo, y eso lo puede hacer tanto un seglar como un monje. Quizá un monje, con la dificultad de una comunidad cerrada, donde se ori­ginan tantos roces, te da pie para des­cubrir más claramente tus enfermeda­des, y sobre todo sufrir. Es el sufrimien­to lo que ayuda a despertar. El encuen­tro con la realidad.
El estar despierto y mirar sin enga­ños no quiere decir que desaparezca tu programación, sino que allí estará, pero la verás claramente, y al apego lo lla­marás apego, y a lo que creías amor lo llamarás egoísmo. El apego habrá per­dido la batalla cuando lo descubras, y ya no tendrá el poder que la inconcien­cia le daba. Tú mandarás sobre él.

Liberarte del odio es lo mismo que liberarte de tu miedo, pues el miedo es lo que produce el odio.

Ejercicio

 

¿Has experimentado alguna vez un sufrimiento grande? Recuerda la situa­ción y trata de comprender que si hubieras usado tu comprensión no habría surgido el sufrimiento.
El sufrimiento, ¿qué es? Es un de­seo contrariado. Es un desear que las cosas ocurran como tú quieres que ocurran, o que las personas se comporten como tú quisieras y, al no ser así, el deseo choca con la realidad, y de esta fricción surge el sufrimiento.
El problema está en mi insistencia de que ocurra algo distinto a la reali­dad. Es la pretensión de distorsionar la realidad para conformarla a mi apego. Cuando yo deseo retener a un amigo, y ese amigo me abandona, en realidad mi sufrimiento será el creer que, por­que él se va, yo soy despreciado. Mi deseo de ser querido y mi apego por determinada persona hacen que cifre mi felicidad en retenerla. Y si no lo consi­go, mi creencia y mi apego se estrellan contra la realidad. Y esto es el origen del sufrimiento.
Lo cierto es que todo es un engaño de la mente. ¡Tú no eres mi felicidad! Es mi ilusión la que me hace creer que, si te tuviera a mis pies, yo sería feliz. Lo cierto es que no necesitas de nadie para ser feliz, y que el amor no es eso. El amor diría: "Deseo disfrutar libre­mente de ti sin miedo a perderte." Sé que puedo gozar de tu amistad si la tomo tal cual es. El amor se produce en mí y en ti de una forma distinta, y yo no puedo exigir que sientas lo mis­mo que yo siento.
Tú no puedes exigir a nadie que te quiera, pero en cuanto no seas exigen­te y sueltes los apegos, podrás reconocer cuántas personas te quieren así como eres, sin exigirte nada, y comen­zarás a saber lo que es amor.
La realidad es aquella que traspasa todo concepto. Observar cuándo sufres y ver todo lo que se presenta en la pan­talla de tu conciencia para reconocer lo que la realidad te dice, fuera de todo concepto, y separado de tu sufrimien­to. Poco a poco, abrir tu conciencia a las cosas que hasta ahora vivías como hábitos y, por ello, te pasaban inadver­tidas. Saber lo que hay detrás de todo concepto y de todo sufrimiento. Ésta es la liberación de la mística.
No renuncies a nada, pero no te ape­gues a nada. Disfruta de todo lo que te deparen la vida y las personas, pero no retengas nada. Dejar que pasen es dis­frutar de todas y renovar a cada instan­te la felicidad.
"Dios no muere el día que dejamos de creer en un ideal personal, pero no­sotros morimos el día que nuestras vi­das no están iluminadas por una acti­tud de admiración de la realidad más allá de la razón con un respaldo cons­tante, renovado cada día." Si no tene­mos esto, moriremos.
¿Qué decir del concepto Dios? Los cristianos hemos de apearnos de los conceptos de Dios, como los ateos que, en eso, nos llevan ventaja. Conceptos, todos podemos tenerlos, con tal de que no los confundamos con la realidad. El concepto de Dios no deja de ser un con­cepto de una realidad inefable y, si tie­nes ese concepto, por lo menos, que sea un concepto de un Dios bueno, gene­roso, magnánimo y lleno del verdadero amor. Pero, por favor, que no sea un concepto tan raquítico que lo con­vierta en un Dios justiciero, podero­so y vengador. Hagamos por lo me­nos un Dios más grande y generoso que nosotros.
El pintor Peruchini se estaba murien­do y dijo a su mujer: "Déjame en paz, mujer, que quiero saber, tengo la curio­sidad de saber, qué ocurre si me mue­ro sin confesar. Yo he sido de profesión pintor, y Dios tiene como profesión perdonar, y espero que Él sea tan bue­no en su profesión como he sido yo en la mía."
Ha habido en Oriente muchas per­sonas que han sido iluminadas sin ne­cesidad de tener un concepto de Dios, ni siquiera hablar de Él. El Reino de Dios está dentro de ti, no lo busques ni le pongas etiquetas fuera de ti porque harás un ídolo. El padre Rahner, al ha­blar de los sacramentos, dice: "No es la invasión de una fuerza divina exte­rior a ti, más bien es la acción por me­dio de la cual el cristiano da más fuer­za a lo que ya existía allí." El mundo es el Cuerpo de Cristo. El sacramento es una fuerza que da más eficacia a lo que ya existía, a lo que ya tenía.
Ésta es la forma en que lo expresa Rahner. Rahner es tan radical como lo es Hans Küng, y sería también conde nado si fuese tan fácil entenderlo como lo es Hans Küng.
Como ejemplo de lo dicho antes, pensemos en el beso. El beso se consi­dera como el sacramento del amor. Se puede dar el amor sin beso, pero el beso sin amor no es nada. Pero el beso pue­de dar más significado a un amor que ya tenías. Cuidado, pues, con el con­cepto que tenéis de Dios, no os quedéis en el concepto, hay que ir más allá, a la esencia.
"Cuando el padre ayuda a su hijo pe­queño, todo el mundo sonríe. Cuando el padre ayuda a su hijo mayor, todo el mundo llora." No se puede crear una dependencia, ni aun de Dios. Dios quie­re que te liberes de esos conceptos para ayudarte a confiar en ti mismo, para li­berarte.
Recuerda aquello de "vete a atar tu ca­mello, idiota". Has olvidado encontrar quién eres tú, y en vez de buscar los obs­táculos que te lo impiden, clamas a Dios para que te solucione el problema. Bus­cas la felicidad sin darte cuenta de que es una cosa que ya tienes, y no reparas más que en los obstáculos, sin molestar­te en descubrir lo que hay detrás.
Toda la Creación es Cuerpo de Cris­to, y tú crees que sólo está en la euca­ristía. La eucaristía señala esa Creación. El Cuerpo de Cristo está por todas par­tes, y tú sólo reparas en un símbolo que te está apuntando lo esencial, que es la vida. La vida que en la eucaristía se está anunciando.
Sabes que el amor incondicional es el que te ama así como eres, hagas lo que hagas; pues así es como Dios nos ama, y ése es el sacramento de la peni­tencia, que celebra ese amor incondi­cional.
El bautismo es celebrar que el niño viene a Dios, es de Dios; y vamos a ce­lebrar esto con el agua bautismal.

El amor incondicional es el que te ama así como eres, hagas lo que hagas.

 

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