Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

7
EL SER ES LO QUE VALE

El hombre se afana en descubrir a Dios, pero no se afana en descubrirse a sí mismo. ¿Cómo es ese hombre que busca a Dios? Si no te conoces a ti mis­mo, no podrás conocer a nadie. Te mo­verás como un autómata. Si provienes de una familia que se deprimía, tú se­guirás deprimiéndote. Si tu familia ha sido agresiva, tú tomarás la agresividad como lo más corriente.
En otras culturas, cuando un hombre decide morir, elige al hijo mayor para que sea el que tenga el privilegio de tirar de la cuerda para ahorcarse, y los amigos y parientes celebran ese ahorcamiento con un banquete. Pues esto es una clase de programación como otra cualquiera. No es mejor ni peor que la que nosotros te­nemos. Si las cosas que consideras malas no las haces porque te programaron para no hacerlas, ¿qué mérito tienes? El sentido de culpabilidad y el mie­do que te han metido en el cuerpo, son la causa de que evites hacer las cosas que consideras malas. Actúas como un robot programado. Si no te paras, bien despierto, cada vez que vayas a deci­dir una cosa, a sopesar la realidad y las consecuencias que puedan sobrevenir de lo que vas a hacer, ¿cómo vas a ser responsable de lo que decidas?
De la otra manera, aun cuando no seas culpable de una programación que te han impuesto sin tu consentimiento, sí eres culpable de decidir por hábito sin preocuparte de las consecuencias. Tienes la obligación de despertar, y una vez despierto y consciente, ya eres li­bre para decidir lo que quieres.
Conócete bien a ti mismo y de dón­de proceden tus motivaciones antes de juzgar malo o bueno nada ni a nadie.
¡Dios nos libre de los que se creen san­tos! Decía santa Teresa: "A ese señor, si no fuese tan santo, sería más fácil convencerlo de que anda equivocado."
Los que mataron a Jesús, si nos cree­mos que eran malos, es que no hemos entendido para nada el Evangelio. Los fariseos eran los buenos, y los publica­nos eran considerados bandidos, por­que cobraban los impuestos a los po­bres y se sometían a los ricos. Se los consideraba -con razón- los expri­midores de los pobres, pues los ricos nunca pagaban. El recaudador era un hombre protegido por el Gobierno, y por eso se lo llamaba publicano. Pues bien, Jesús trataba con ellos, y de en­tre estos publicanos, Jesús sacó un ami­go, uno de sus Apóstoles.
Dicen que Gandhi hablaba primero y después practicaba, y que Jesús prac­ticaba antes de hablar, y por eso nadie podía prever lo que iba a hacer. Si hoy viviese con nosotros sería, a lo mejor, hasta capaz de ir a comer con Reagan (¡que ya es mucho!), escandalizándo­nos a todos los que creemos tenerlo todo claro.
Jesús desmontó y rompió todos los es­quemas y cuestionó las palabras sagra­das de la Biblia. Cuestionó su interpreta­ción y la manipulación que se hizo de ellas. A Jesús no le interesaba que lo re­conociesen como Mesías, el Mesías que ellos esperaban, sino que quería ser Él mismo fiel a la verdad.
En la presencia de Jesús todo ser queda desvelado; no hay medias tintas, porque Jesús es la plena autenticidad. "Si no odias a tu padre y a tu madre..." no eres tú mismo y no podrás seguirlo. Odiar la figura del padre y la de la ma­dre, no a la persona, es lo que está di­ciendo Jesús. Si aún vives de lo que tus padres grabaron en tu mente, y no eres capaz de emanciparte, es como si tus pa­dres y su cultura respondieran por ti. Más vale la conciencia que la adoración, por­ que la conciencia es, en sí, adoración, despertar a la verdad de Dios.
"Más vale el hombre que el sábado", dijo Jesús, contrariando la programa­ción más seguida por la religión judía. Y por eso mataron a Jesús, por blasfe­mo. ¡Cuántas veces habremos crucifi­cado a Jesús con nuestras buenas inten­ciones! Krisnamurti dice: "Todo cono­cimiento corrompe. Todo pensamiento y concepto corrompen. Somos esclavos de ellos." "Perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen." No crucificaban a Jesús sino sus conceptos.
Al decir hombre, ¿a quién me refie­ro? Si nos referimos a la palabra "hom­bre", sin concepto, es un nombre ge­nérico, un hombre libre de toda añadi­dura, como cuando digo árbol. Estoy nombrando a un hombre sin historia, sin cultura, sin sexo, que se puede apli­car tanto al hombre cavernario como al de ahora; al niño y al viejo; a la mujer y al varón; al chino como al africano.
Cuando hablamos del hombre general, pues, hemos de desnudarlo de todo concepto. Ningún concepto puede de­finir a Dios. Santo Tomás dice que hay tres maneras de conocer a Dios: en la Creación, en la actividad (la vida) y en la oración, pero que la ma­nera más real es conocerlo como El Gran Desconocido.

Si no te conoces a ti mismo, no podrás conocer a nadie. Te moverás como un autómata.

Poco sirven las palabras

 

La realidad siempre es concreta, pero los conceptos sólo pueden acer­carse a la realidad si son abstractos. Cada uno de nosotros tenemos unas peculiaridades que nos son esenciales -salen de nuestra identidad esen­cial-: es algo específico lo que hace que cada uno sea uno, y para lo cual no existe adjetivo que lo defina. No sirven las palabras. Entonces, al in­tuir lo específico de una persona, me formo una imagen y la registro en la memoria, en un recuerdo, lo cristalizo en un solo aspecto de su ser, y además queda aprisionada en un concepto que le queda chico, porque es incapaz de definir lo que captó la intuición.
La persona es siempre evolutiva, en movimiento, mostrando distintas y continuas facetas que son infinitas y no se pueden fijar. Párate a escu­char a una persona -pero con la mente limpia de recuerdos y concep­tos prefijados de ella- y verás cómo te sorprende a cada instante con fa­cetas desconocidas, siempre nuevas e imprevisibles.
Ahora piensa que, si al hombre no se lo puede clasificar, a Dios que es la Unidad, menos. Los prejuicios son los que fijan a las personas. Prueba a verte a ti con ojos nuevos, luego a las personas más cercanas, luego a la na­turaleza y, así, estarás más cerca de poder ver a Dios. A Dios sin concep­tos, despojado de los ídolos en que lo convertimos.
Lo cierto es que la realidad con­creta es el concepto abstracto, porque la realidad siempre fluye, siempre está en movimiento como la persona. Las células de la persona se van re­novando en cada instante mientras la persona sigue siendo la misma, se va mostrando de mil formas, por lo que es imposible enmarcarla en una de ellas. Así, somos cambiantes como un río siempre en movimiento. Tener conceptos para la realidad es una in­justicia. Es como querer cristalizar las olas, que no son cosas, sino acciones. Igual le pasa a toda la Creación, y con más razón a las personas.
No puedes meter un huracán en una caja, y tampoco puedes meter la reali­dad en una caja. Los límites de la rea­lidad son inmensos y movibles. Lo que ocurre es que el mundo en que estamos acostumbrados a movernos no es la rea­lidad, sino un conjunto de conceptos mentales.
Sólo los místicos son capaces de ser tan libres como para vivir la realidad tal como es.
Lo cierto es que tal libertad asusta, nos impone, porque supone romper con todo o, por lo menos, cuestionarlo todo. Ellos le ponen interrogantes a todo. Más vale la duda que la oración, acor­daos. Lo que ocurre es que no tenemos la verdad sino la fórmula. Hay que pa­sar por encima de la fórmula para lle­gar a la verdad.

En la presencia de Jesús todo ser queda desvelado; no hay medias tintas,
porque Jesús es la plena autenticidad.

Ejercicio 1

 

Acordémonos del camello que creía estar atado. ¿Cuáles son las cosas que me causan miedo? Ordinariamente, re­sulta más fácil romper las paredes de cemento que las de tu mente. Es que el hombre no quiere salir de la cárcel por­que prefiere lo conocido al cambio. Le es más cómodo hacer lo acostum­brado.
Tu miedo brota de la manera que tie­nes de ver las cosas y de las consignas de tu mente. Analiza sinceramente, so­segadamente, cuáles son tus cárceles imaginarias y el porqué de tus miedos. Cuestiónalo todo y saca la realidad que hay detrás de los cuestionamientos. El día en que sientas el vacío de quedarte sin nada a qué agarrarte, ¡buena señal! Entonces ya puedes comenzar a cons­truir con realidad.
Las fronteras sólo estaban en tu mente, como las fronteras que querían que yo viese desde el avión. Eso es que­rer fragmentar la realidad, y la realidad es global, es unidad. En cuanto me creo indio, inglés, catalán, vasco o castella­no, soy un producto de mi cultura, y como tal pienso y actúo como una má­quina, como un robot. Hay que ver y obrar por propia visión y libre albedrío. ¿Es que el fin justifica los medios? La realidad no conoce fronteras y la natu­raleza tampoco. Tu esencia, tu ser, no es ser español, ni catalán, ni francés. Entre tú y el otro tampoco hay fronte­ras, porque ambos pertenecéis a la uni­dad. Lo que ocurre es que, de no tener palabras, no habría cosas; por eso, la realidad se capta mejor en el silencio. Se capta fluida, en movimiento.
Estúdiate a ti mismo y estudia las reacciones que se disparan en ti ante las cosas.
Ver las cosas y las personas sin nom­bre, sin conceptos, tal como son en cada instante.
El día que veas a un niño emboba­do, atento y admirado de ver volar un pájaro, si vas y le enseñas la palabra "pájaro" para definirlo, el niño se que­dará con la palabra pero dejará de ver al pájaro. Krisnamurti dice: "¿Veis cómo los niños miran con admiración a los pájaros? Si les dices un nombre, creerán que todos los pájaros son igua­les, puesto que tienen el mismo nom­bre." Son los nombres los que fijan las cosas. Si no sabemos el nombre de una cosa, nos sentimos desasosegados, como si necesitásemos clasificarla.
Hay que entender que los nombres se les ponen a las cosas porque es ne­cesario en la práctica, pero que es muy peligroso quedarnos en el nombre, como en el concepto, porque es así como funciona la ciencia del bien y del mal, que clasifica sin profundizar. Hay que vomitar la ciencia del bien y del mal -como hacían los místicos- para volver a entrar en el Paraíso.

Prueba a verte a ti mismo con ojos nuevos, luego a las personas más cercanas, luego la naturaleza y, así, estarás más cerca de poder ver a Dios.

Ejercicio 2

 

Mira todo lo que alcance tu vista sin poner ningún nombre. Pasa más allá del concepto y ve la realidad que hay de­trás de cada cosa, sin fragmentación, englobando, tratando de descubrir la unidad. No podrás explicarlo con pa­labras. No existen las etiquetas para la realidad. Por eso, al místico no le dan ganas de hablar. ¿Cómo explicaría el mundo que él descubre viviendo meti­do en la realidad que le descubre la sa­biduría? Sólo te cuenta parábolas, para ver si saca su esencia.
Eso mismo hacen los poetas. León Felipe dice: "La distancia entre un hombre y la realidad es un cuento." El poeta, por medio de un cuento, te hace captar una realidad sin etiquetas. No se puede narrar lo inefable sin disparates que parecen sin sentido, que van más allá de los conceptos, como ocurre en los Evangelios.
Lo que nos narran los Evangelios es un misterio, pero luego, la Iglesia ha querido encerrar ese misterio en una cárcel de conceptos y normas. Si no eres capaz de expresar la esencia del árbol con el nombre árbol, ¿cómo vas a tratar de expresar a Dios? "El que sabe, no dice. El que habla, no sabe": esto dicen en Oriente.
El mismo idioma constituye una for­ma de programar a las personas. En rea­lidad, nadie tiene la capacidad de ofen­derme. Lo que me ofende es la forma en que interpreto el lenguaje. Ocurre cuando yo relaciono esa palabra que has dicho con una imagen determina­da o un concepto. Es la etiqueta que lle­va colgada la palabra.
Sólo algo de la realidad queda des­velado por la palabra que empleamos continuamente, y con esa fracción nos movemos, sin indagar dónde queda lo demás. Hasta los científicos reconocen no conocer más que una parte peque­ñísima de la realidad. Algo nos dan a conocer el concepto y la palabra, pero el movimiento, la inmensidad, el no poder expresarla ni encajarla, ni de­finirla, eso, lo tenemos que deformar cuando queremos expresarlo con pa­labras.
El ciego, cuando le describen con palabras lo que es el color amarillo, no tiene ni la menor conciencia de cómo es ese color. Para comprender la reali­dad, el místico hace como el pájaro, no se agarra a nada. La realidad no se deja encerrar en fórmulas.
Todas las religiones creen, o quieren tener la verdad, poseer toda la verdad. La Realidad, la Verdad, por ser Una, no es de nadie en exclusiva, porque es de todos, pero menos lo es de los que quie­ren cristalizarla, porque eso que se deja atrapar, ya no es Verdad.
"Cuando el sabio señala la Luna, el necio se queda mirando el dedo." Eso es lo que ocurre con las religiones cuando quieren atrapar la verdad. E igual ocurre con los idealistas en política, y en cual­quier campo en que se trata de poseer la verdad.
El terrorista es un hombre programa­do para morir por su tierra, por su po­lítica, por su religión o por algo que cree su verdad. Y lo hace creyendo li­berar el mundo y encontrar en ello la felicidad. Y lo único que ocurre es que son unos adoctrinados: no conocen la sabiduría. Es posible que alguno no lo sea, pero la mayoría son producto de un fanatismo proporcionado por su pro­gramación cultural o religiosa. Y lo peor es que no tienen la menor concien­cia del daño que, con su fanatismo, pueden hacer.
Los adoctrinados dieron pie a co­sas tan crueles como quemar en la ho­guera a los considerados herejes o brujas, en nombre de su religión fa­nática. La verdadera religión tendría que liberarnos, quitarnos miedos y no esclavizarnos.
¿No predicamos que la eucaristía es un banquete de amor? La religión ha querido sacar -traspasar- relatos del Evangelio al pie de la letra. Si hubié­semos nacido en Oriente, nos daríamos cuenta en seguida de que las parábolas del Evangelio, y muchos hechos narra­dos en él, son sólo como cuentos para que extraigamos de ellos la realidad.
Allí se habla de ti. Cuando plantea si eres cabrito u oveja, no se refiere a los demás, sino a ti. Y cuando mencio­na los terrenos áridos, pedregosos o con espinas, no se refiere a diferentes per­sonas, sino a que tú analices cuánto tie­nes de árido, de pedregoso, de espino­so y también de buena tierra que da el ciento por uno.
La Buena Nueva no está hablando de un mundo separado, sino de ti, y te anuncia que todo lo malo se destruirá y lo bueno aflorará. Pero si, en vez de esto, predicamos miedo y reglas terro­ríficas, ¿qué Buena Nueva es ésa? Je­sús trataba de liberar de la opresión a la gente.
La mayoría de las personas religio­sas son idólatras. Todas las cosas que se dicen de Dios, si las tomáramos al pie de la letra, ¿a dónde nos conduci­rían? ¿Qué tipo de Dios predicamos? Hay que tener cuidado, pues si no cues­tionamos todo, fácilmente caeremos en esa idolatría.
Dios es tan inefable que no se pue­de explicar. Dios es lo Incomprensible. El Misterio absoluto. Al olvidarnos de esto, formamos un ídolo de conceptos. Dios se manifiesta en la vida, y la vida, si la metemos en conceptos, nos resul­ta tan misteriosa como Dios. Sólo po­demos conocer la vida viviendo, y a Dios sólo llegamos viviendo y cono­ciéndonos.
San Juan de la Cruz se pregunta: ¿Qué hacemos nosotros al hablar de Dios? Él intuye la imposibilidad de en­cerrar a Dios en palabras y sólo lo ex­presa con poesía. Sólo con analogías que en nada se parecen. Santo Tomás de Aquino dice: "Todo el intelecto humano es incapaz de describir la esen­cia de una hormiga. ¡Cuánto más la esencia de Dios!" Pero quizá mirando la esencia de esa hormiga podamos acercarnos a la esencia de su Creador. Las ideas son las que nos confunden y pueden ser un gran obstáculo para co­nocerlo.
Las mismas preguntas que se hacen acerca de Dios, son absurdas. Dionisio -el místico- dice: "Él no es luz ni tinieblas; no es persona, ni bueno, ni malo, ni esta cosa ni la otra, pues a Él no se lo puede encerrar en una palabra."
A Krisnamurti lo quisieron entroni­zar como jefe de la orden que lo había educado, pero él, en el discurso que dijo el día que lo querían entronizar, desbarató todo al decir: "No me podéis seguir a mí, ni a nadie. El día que si­gáis a una persona, dejará de existir la verdad." Si seguimos a alguien nos que­damos con la fórmula; hay que ser ilu­minado, no seguir a los iluminados. Hay que mirar la Luna, y no quedarse mirando el dedo.
Quizá una prostituta pueda entrar en el Cielo antes que una monja porque la prostituta, a fuerza de vivir y cono­cer la vida, puede llegar a amar, pero la monja puede, por buscar amar a Dios, dejar de amar a todo el mundo.
"Cuando el ojo no está bloqueado, el resultado es la visión. Cuando el oído no está bloqueado, el resultado es po­der escuchar, y cuando la mente no está bloqueada, el resultado es la verdad." Cuando el corazón no está bloqueado ya existe el amor, y cuando no hay ape­go en la persona, ya existe la felicidad. Bien mirado, el ateo no existe, pues si no podemos concebir ni expresar a Dios, tampoco podemos negarlo. No se niega lo que no se conoce. Los ateos, lo que niegan son los conceptos.
La vida no tiene sentido para unos, pues la ley de la vida, como la de la selva, desborda toda forma y todo con­cepto; pero para los místicos, el fondo de la vida -la realidad- es un cam­po maravilloso, inagotable de luz, de amor, de paz y felicidad. ¿Cómo expli­car esto?

Hay que ver y obrar por propia visión y libre albedrío.

Ejercicio 3

 

¿Qué es lo que uno desea de verdad? Siempre estamos deseando cosas, pero como la sabiduría es descubrir lo que uno no necesita, ¿qué es lo que, en rea­lidad, no necesito de lo mucho que ten­go a diario? Busca, como si estuvieses en un gran supermercado, las cosas que no necesitas, anótalas y apártalas.
Tú no podrás llegar a la paz, si no descubres antes los obstáculos que te impiden llegar a ella. Tú llevas la paz dentro: ¡Descúbrela!
Haz también ejercicios de sensibili­zación, escuchando los ruidos que te rodean y el silencio que hay detrás de ellos para sensibilizarte con lo que está pasando dentro de ti y descubrir tú al­rededor con ojos nuevos.
El maestro no es el que guía, sino el que ayuda a que te descubras tú mis­mo y descubras, desde ti, la realidad. Él no puede definirla ni explicarla, pero sí ayudar a sensibilizarte para que pue­das percibirla por ti mismo.

La verdadera religión tendría que liberarnos, quitarnos miedos y no esclavizarnos.

 

VOLVER

Estadisticas y contadores web gratis
Estadisticas Gratis