Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

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EL TESORO ESTÁ DENTRO DE TI

Nadie sabe quién es Dios, y lo dice santo Tomás de Aquino: “Como es imposible saber la naturaleza de Dios, es imposible hablar de Dios”. No es posible comprender a Dios, porque escapa a todo razonamiento. Me preguntan si lo que yo explico es la teología de la liberación y yo contesto que lo que yo explico es la liberación de toda teología. Yo estoy de acuerdo con la liberación, pero no con la palabra teología, para hablar de la liberación. Para liberarte, lo que necesitas es darte cuenta de tu programación y de las premisas falsas en que apoyas tus acciones.
Te enfadas. ¿Por qué te enfadas? Porque eres exigente. ¿Eres capaz de dejar esas exigencias y darte cuenta de todo esto? El conflicto viene de las insatisfacciones e intolerancias que tie­nes contigo mismo. Si no te aceptas a ti mismo, ¿cómo vas a tolerar a los demás? Andarás exigiéndote a ti y a los demás continuamente, y siempre insatisfecho. Si no cambias, ¡ay de ti y de los que te rodean!, pues te con­vertirás en un fariseo intolerante. El secreto de la liberación te llegará cuando te hartes de sufrir. Necesitas encontrar el tesoro escondido que sólo está dentro de ti.
Al hombre sabio es imposible ha­cerlo esclavo. La verdadera libertad está por encima de las leyes, de las razas, de políticas, de fronteras y de idiomas. Recordad aquellas palabras que dijo un sabio griego cuando iban a venderlo como esclavo: "Aquí está un maestro, ¿hay algún esclavo que desee comprarme?"
Gandhi decía que la libertad de la patria le importaba un bledo, porque lo importante era la libertad del hom­bre. Tenía una visión clarísima de las prioridades: primero Dios y descubrir ese tesoro que está dentro del hom­bre. Decía: "Tengo para mí que el fin de la vida es la visión de Dios, y he de conseguirlo, si es preciso, sacrifi­cándolo todo: familia, patria y hasta la vida."
Desgastamos la vida en tonterías que nada valen. Y la vida es el más preciado regalo que se puede desear. Intentar impresionar a la gente, bus­car riquezas, honores, prestigio... ¿para qué sirve eso? Pero vuelvo a decir que esto lo habrás de descubrir tú para despertar. Tienes que cuestio­narlo todo. Cuidado con aceptar las cosas que digo sin analizarlas since­ramente, desde tu centro que no te puede engañar. No hay que tragar nada -sólo conseguirás una nueva programación encima de la que tie­nes-, sino cuestionarlo, analizando esto y lo opuesto. Hacerlo supone apertura. Hay que ser receptivo sin ser crédulo.

Si no te aceptas a ti mismo, ¿cómo vas a tolerar a los demás?

El dichoso niño

 

El que está en el Reino de Dios es el que se ha convertido en niño, pero bien despierto, sin que lo puedan ma­nipular ahora. Cada niño lleva dentro a Dios al nacer, pero nuestros esfuerzos por moldearlo hacen que convirtamos a Dios en un demonio. Si ves a un niño, verás el egoísmo en forma pura. Sólo es capaz de pensar en sí mismo, pero es natural que sea así. El egoísmo del niño es cosa divina, pues necesita toda su energía concentrada dentro de él. Nosotros intentamos cambiarlo y estro­peamos los planes de Dios en él. Es­tropeamos su espontaneidad introdu­ciendo en él los miedos. El miedo hace al niño mentir y amoldarse por no per­der la aprobación de los padres.
Deja al niño ser todo lo egoísta que quiera. El niño sólo piensa en darse placer a sí mismo y, poco a poco, va descubriendo el exterior y, con él, el placer refinado de extender su placer a los otros. Su creatividad se mues­tra destrozando todo por curiosidad. Le gustan el movimiento y el ruido. El conflicto entra porque no coinci­de lo que le gusta al niño con lo que les gusta a los padres.
El niño tiene que crecer, poco a poco, descubriendo las cosas por sí mismo y a su tiempo. El niño ha de hartarse primero de chocolate antes de ofrecerlo. Si te empeñas en que lo comparta con su hermanito, odiará al hermanito. En realidad, a todos los niveles, lo que llamamos caridad y al­truismo no es más que un egoísmo re­finado.
Nos damos gusto dando gusto a los demás, porque cada uno se busca a sí mismo. Así somos todos. Les ponemos nombres muy liberales a las cosas que no lo son, aunque tengan su explicación y su razón. Tendremos que aprender a llamar las cosas por su nombre para no engañarnos. Cada uno va buscándose a sí mismo, porque si no nos encontra­mos a nosotros mismos, no podremos salir hacia los demás.

Si yo quiero cambiarme a mí mismo tendrá que ser en base a la comprensión, intuición, conciencia, tolerancia, sin violencia.

Violencia cultural

 

Nos aburrimos por la memoria, cuando está contaminada por la emo­ción, pues si olvidásemos por comple­to lo anterior, con sus emociones, todo nos parecería nuevo. Lo que ocurre es que solemos petrificar las emociones en la memoria. La realidad es que todo cambia continuamente, y si pudiéramos verlo así, todo nos sorprendería por su novedad.
Cuando hacemos favores, si los hi­ciéramos sin llevar cuenta, no espera­ríamos luego agradecimiento; pero lle­vamos cuenta y luego nos hacemos la ilusión de que lo hemos hecho por al­truismo. Si cuando haces algo por otro, lo haces a gusto y eres feliz haciéndo­lo, ¿por qué esperas entonces corres­pondencia?
El amor desinteresado, ¿existe? Y, sin embargo, es el único al que se pue­de dar el nombre de amor. ¿Quién quie­re ser objeto de un amor sacrificado? Te gusta que el otro disfrute amándo­te, y también que disfrute al hacerte un favor. ¿Entonces por qué cuando eres tú el que ama o hace el favor esperas una compensación?, ¿no es bastante la alegría de poder amar y compartir con el otro lo que tienes?
La gratitud es un gancho. Nuestra cultura la convirtió en una obligación, y la sociedad de consumo ha montado un gran negocio con ello. "Moyto obri­gado" (muy obligado), dicen los por­tugueses, en una definición exacta de lo que ha llegado a ser el agradecimien­to. La cultura contamina lo que toca, porque es un elemento manipulador.
El niño es otra víctima de la violen­cia cultural. La cultura dice: "Hay que reformar al niño", con lo que se da por supuesto que el niño es malo, y con la consigna de que hay que prepararlo para la vida (¿qué vida?) se lo domes­tica metiéndole una programación de leyes y reglas de conducta. El niño, pre­cisamente, nace con toda su capacidad despierta para agarrarse a la vida, pues la vida es la única maestra que no se equivoca y lo educa en libertad.
En la India hay niños de seis años que se ganan el sustento para ellos y sus familiares; y la vida y la necesi­dad son las que se lo han enseñado.
Al niño le hace falta la libertad. "Más vale un barrendero feliz que un juez o un gran político infeliz." Con toda la mejor voluntad del mundo, la gente religiosa es opresora. Lo que sue­le llamarse respeto es una forma de miedo. Hay que darle al niño de seis años el mismo respeto que al presidente de la nación. La función que haga cada uno no tiene ninguna importancia. To­dos somos necesarios. El valor para te­ner en cuenta es ser feliz y buscar tu sitio en la vida.

Odiarse a sí mismo

 

En el corazón de cada joven existe un trono que le ha sido usurpado. Cuan­do se restituya ese trono, el joven esta­rá curado. Hay que aprender sólo porque se quiere aprender, y para ello hay que respetar y salvaguardar la curiosi­dad innata del niño. De adentro viene la demanda. Al niño le gusta la ense­ñanza, lo que rechaza es el método y la manipulación.
Al niño se le enseña desde pequeño a odiar su cuerpo. Se le hace sentir ver­güenza por ciertas partes de su cuerpo. Y es nuestra cultura quien lo hace. En las tribus no hay problemas de viola­ción ni de infidelidad, porque no exis­ten traumas sexuales.
Si no hubiera ley no habría pecado. La ley sólo sirve para las personas pro­gramadas, para las libres no. No se pue­de comenzar la vida con autodesprecio. Los niños van pasando de una expe­riencia a otra cuando se sacian de la anterior. Si tú detienes esa experiencia, se la cortas, haciéndole creer que es algo malo. No sólo provocas un miste­rio y rompes una evolución natural, sino que habrás metido en él un miedo a algo que desconoce, porque no exis­te una razón convincente para hacerlo. Si le dices que está mal, lo habrás in­troducido en la ley expulsándolo del Paraíso.
Si yo logro que te odies a ti mismo, me será más fácil dominarte, domesti­carte; y eso es lo que hace nuestra mal llamada educación. La sociedad te en­seña a estar siempre insatisfecho, para dominarte y controlarte. Con ello, la sociedad se ha beneficiado, pero ha pa­gado un precio muy alto: la guerra. Nunca podrás amar a los demás si te detestas a ti mismo. El amor significa no hacer violencia y respetar la liber­tad. El amor es: yo estoy de tu lado, no estoy en contra de ti.
Los niños crecen con la sensación de que los padres están en su contra. Si tú no haces violencia al niño, él tampoco tendrá ganas de ser violento con nadie.
Lo primero para cambiar al niño reprimido es destruirle la conciencia, la ley que le impusieron. La conciencia del bien y del mal es lo contrario de la toma de conciencia. La toma de con­ciencia es la sensibilización, la sensi­bilidad que no necesita la conciencia. Si eres consciente estás despierto y sen­sible a todo.

Tendremos que aprender a llamar las cosas por su nombre para no engañarnos.

El amor no castiga

 

¿Castigar o no castigar? El amor no castiga nunca. El respeto no es más que miedo y, de la misma forma, el castigo no es más que venganza. El acto de lla­mar a reflexión (que puede ser incluso violento) no es castigo, sino un acto de amor, porque lleva en él la curación como fin.
El castigo como venganza es un acto de odio, que engendra más odio. Cuan­do el niño no respeta tu libertad o la de los demás, puedes pegarle una palma­da en ese momento, para que asocie de dónde viene el golpe; no hay dificul­tad, porque él aprenderá y comprende­rá sin dejarle más residuos. El acto co­menzó y terminó con un resultado ló­gico, como ocurre en la vida.
Cuando le echas un sermón que no entiende y percibe tu disgusto y tu re­chazo, que sí entiende, comienza a sen­tirse culpable de algo que es la moral, el deber y las normas, que él no llega a entender pero que necesita cumplir para tenerte contento, entonces sí le es­tás haciendo mucho daño. Y si percibe en ti el resentimiento de la venganza, estarás fomentando en él un violento, vengador y resentido; no lo dudes.
Si se sube a un árbol y se cae ha­ciéndose daño, aprenderá a ir con más cuidado otra vez y no tendrá sentido de culpabilidad. De la misma manera, el cachete que le puedes dar inmediata­mente lo asociará a lo que acaba de ha­cer, pero ahí no entran la moral ni la culpabilidad, sino la realidad. Pero hazlo siempre sin estar molesto, para que no haya rastro de recriminación ni de acusación, consciente de que eso es amor. Lo que no te privará de conso­larlo si llora, como harías si se cayera del árbol. Esto es lo que lo diferencia.
Si yo quiero cambiarme a mí mis­mo tendrá que ser en base a compren­sión, intuición, conciencia, tolerancia, sin violencia. Pues eso mismo necesi­tan los demás. Todas las represiones tie­nen un solo motivo; la insatisfacción de ti mismo, tu intolerancia. No puedes dar libertad si tú no eres libre. No pue­des amar, si no te amas. Y no podrás fingirlo, pues tu boca puede decir una cosa, pero tu voz, tu actitud y todo tu cuerpo estarán diciendo otra. Habrá una contradicción que contaminará el am­biente. Es preferible hacer ver tu ver­dad a los demás, mostrando el estadio en que estás, con sencillez, y tu capa­cidad real en ese momento.
Cuando haces el bien desde toda tu persona, como una expresión natural de tu ser, no eres consciente de ello. Cuan­do eres consciente y te enorgulleces de ello, es que ha entrado en ti el yo que todo lo complica, y después te crees más que los demás. Lo peor de todo es la hipocresía de los padres y maestros, haciendo de modelos que luego no son capaces de cumplir, y de ahí llega el desconcierto y la desconfianza de los niños, cuando el oído se viene abajo. De esa desilusión de los niños surge luego el odio.

El amor desinteresado existe: es el único al que se puede dar el nombre de amor.

 
 
El amor no es una droga

El amor es la única necesidad que tiene el ser humano. Amar y ser él mis­mo. La sexualidad no es amor. El amor dice: "No soy yo quien te amo, sino que es el amor el que está aquí, es mi esen­cia, y no puedo menos que amar." Eso surge libremente cuando estás despier­to y se han caído tus programaciones.
Cuando comprendes que eres felici­dad no tienes que hacer nada. Sólo de­jar caer las ilusiones. El apego se fo­menta porque tú te haces la ilusión (porque así te lo han predicado y lo has leído en mucha literatura barata) de que tienes que conseguir la felicidad bus­cándola fuera; y esto hace que desees agarrarte a las personas que crees te producen felicidad, por miedo a perder­las. Pero como esto no es así, en cuan­to te fallan, o crees que te fallan, vie­nen la infelicidad, la desilusión y la an­gustia.
La aprobación, el éxito, la alaban­za, la valoración, son las drogas con las que nos ha hecho drogadictos la sociedad, y al no tenerlas siempre, el sufrimiento es terrible. Lo importan­te es desengancharse, despertando, para ver que todo ha sido una ilusión. La única solución es dejar la droga, pero tendrás los síntomas de la absti­nencia. ¿Cómo vivir sin algo que era para ti tan especial? ¿Cómo pasarte sin el aplauso y la aceptación? Es un proceso de sustracción, de despren­derte de esas mentiras. Arrancar esto es como arrancarte de las garras de la sociedad.
Habías llegado a un estado grave de incapacidad de amar, porque era imposible que vieras a las personas tal como son. Si quieres volver a amar, tendrás que aprender a ver a las personas y las cosas tal como son. Empezando por ti. Para amar a las personas has de abandonar la necesidad de ellas y de su aprobación. Te basta con tu aceptación. Ver clara­mente la verdad sin engaños. Alimen­tarte con cosas espirituales: compa­ñía alegre, camaradería sin apegos, y practicando tu sensibilidad con mú­sica, buena lectura, naturaleza...
Poco a poco, ese corazón que era un desierto siempre lleno de sed in­saciable, se convertirá en un campo inmenso produciendo flores de amor por todas partes, mientras suena para ti una maravillosa melodía: has en­contrado la vida.
Piensa en uno de los pasajes del Evangelio en que Jesús, después de despedir a la gente, se queda solo. ¡Qué hermoso es ese amor! Sólo el que sabe independizarse de las per­sonas sabrá amarlas como son. Es una independencia emocional, fuera de todo apego y de toda recriminación, lo que hace que el amor sea fuerte y clarividente. La soledad es necesaria para comprenderte fuera de toda pro­gramación. Sólo la luz de la concien­cia es capaz de expulsar todas esas ilusiones y pesadillas en las que es­tamos viviendo y, con ellas, expulsar también los rencores, todas las nece­sidades y los apegos.
¿Cómo empezar? Llamando las co­sas por su nombre. Llamar deseos a los deseos y exigencias a las exigencias, y no disfrazarlas con otros nom­bres. El día en que entres de pleno en tu realidad, el día en que ya no te re­sistas a ver las cosas como son, se te irán deshaciendo tus ceguedades. Puede que aún sigas teniendo deseos y apegos, pero ya no te engañarás.
Aliméntate bien con placeres na­turales: disfrutando de la naturaleza, ejercitando los placeres del tacto, del oído, de la vista, del gusto, del olfa­to. Hay un mundo por descubrir des­de nuestros sentidos atrofiados. Te darás cuenta de que no hace falta otra cosa para ser mucho más feliz de lo que consigues ser ahora. Sentirte li­bre, autónomo, seguro de ti a pesar de reconocerte con todas las limita­ciones, o quizá por ello, porque has aceptado el ser sin límites que eres, pero con todas las formas mediocres en las que te desenvuelves. Sólo co­nectarte con la realidad te hará fuer­te y no necesitarás apoyos ni apegos.

Todos somos necesarios.

Poder decir a tus amigos: "No pon­gas tu felicidad en mí porque yo pue­do morirme o decepcionarte. Pon tu fe­licidad en la vida y te darás cuenta de que, cuando quedas libre, es cuando eres capaz de amar." El amar es una necesidad, pero no lo es el ser querido, ni el deseo. El vacío que llevamos den­tro hace que tengamos miedo de per­der a las personas que amamos. Pero ese vacío se llena sólo con la realidad. Y cuando estás en la realidad ya no echas de menos nada, ni a nadie. Te verás libre y lleno de felicidad, como las aves.

 
 
Date el gusto de vivir

 

El Reino de Dios está aquí y es aho­ra. Es posible que hayas ganado el mundo con el aplauso, pero perdiste la vida. La vida es algo que pasa mien­tras tú estás ocupado haciendo cosas. No te has dado nunca el placer de vi­vir y vas a llegar inconsciente hasta la muerte, sin ser nunca libre como el pájaro que planea majestuoso, vi­viendo y siendo.
Se dice que un gran sabio le dijo a un emperador romano: "Cuando lle­gue el día de tu muerte, morirás sin haber vivido." Despertemos, para que este epitafio no sirva para nuestra tumba. ¡Qué bien se siente uno haciendo lo que quiere! Deja, mientras, a los burros que se reúnan para criti­carte. El ser libre y estar despierto a la realidad te permite vivir como un rey. Si tú eres el rey de la Creación, ¿qué te importan el ministro, el car­denal o el presidente?
No hay más que distanciarse uno de sí mismo -como santa Teresa­ y darte cuenta de cuándo actúa la programación en ti y de cuándo eres tú mismo. Al darte cuenta de tu progra­mación y de cómo actúa a través de ti, ya te has disociado de ella, y ya no tiene fuerza sobre ti, ya no te pue­de, porque tú eres algo muy distinto a tu programación; ella no es más que una forma de expresión que usas por hábito, pero nada tiene que ver con­tigo. Entonces, cuando observas esos hábitos, los tomas con humor: "¡Ya se me pasará!" Y entonces ya no es­tás molesto, porque a tu yo verdade­ro no lo afecta.
La vida se escapa y hay que apro­vecharla hasta el fondo. Importa fi­jarse en la ofensa, para aprender, pero no en el ofensor, que actúa por su programación.
Se cuenta de un oso al que metie­ron en una jaula de seis metros de lar­go, que caminaba de un lado a otro, sin parar. Al cabo de un año le quita­ron la jaula y el animal seguía pasean­do los mismos seis metros, ida y vuel­ta, incapaz de ir más allá. Se había acostumbrado. Así, los hombres so­mos incapaces de salir del espacio de la programación.

La sociedad enseña a estar siempre insatisfecho, para dominarte y controlarte.

 

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