Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

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EL MIEDO SE APRENDE

La felicidad no tiene contrapuesto porque nunca se pierde. Puede estar os­curecida, pero nunca se va porque tú eres felicidad. La felicidad es tu esen­cia, tu estado natural y, por ello, cuan­do algo se interpone, la oscurece, y su­fres por miedo a perderla. Te sientes mal, porque ansías aquello que eres. Es el apego a las cosas que crees que te proporcionan felicidad lo que te hace sufrir. No has de apegarte a ninguna cosa, ni a ninguna persona, ni aun a tu madre, porque el apego es miedo, y el miedo es un impedimento para amar. El responsable de tus enfados eres tú, pues aunque el otro haya provocado el conflicto, el apego y no el conflicto es lo que te hace sufrir. Es el miedo a la imagen que el otro haya podido hacer de ti, miedo a perder su amor, miedo a tener que reconocer que es una imagen la que dices amar, y miedo a que la ima­gen de ti, la que tú sueñas que él tenga de ti, se rompa. Todo miedo es un im­pedimento para que el amor surja. Y el miedo no es algo innato, sino aprendido.
El miedo es provocado por lo no existente. Tienes miedo porque te sien­tes amenazado por algo que ha regis­trado la memoria. Todo hecho que has vivido con angustia, por unas ideas que te metieron, queda registrado dentro de ti, y sale como alarma en cada situa­ción que te lo recuerda. No es la nueva situación la que te llena de inseguridad, sino el recuerdo de otras situaciones que te contaron o que has vivido ante­riormente con una angustia que no has sabido resolver. Si despiertas a esto, y puedes observarlo claramente, recor­dando su origen, el miedo no se volve­rá a producir, porque eliminarás el re­cuerdo.

No tengáis miedo

 

Con la religión nos han metido mu­chos miedos que están ahí y que hay que solucionar. "No tengáis miedo", dice Jesús en el Evangelio. Todo el Evangelio está lleno de estas adverten­cias: "No temáis..., no os preocu­péis..., no os aflijáis..." pero nosotros hemos hecho una religión llena de ta­búes y temores, llena de ideas falsas y de falsos ídolos.
Había una madre que no conseguía que su hijo pequeño regresara a casa antes del anochecer, después de jugar. Para asustarlo, le dijo que había unos espíritus que salían al camino tan pron­to se ponía el sol. Desde aquel momen­to, el niño ya no volvió a retrasarse. Pero cuando creció tenía tanto miedo a la oscuridad y a los espíritus que no había manera de que saliera de noche. Entonces su madre le dio una medalla y lo convenció de que, mientras la llevara consigo, los espíritus no se atre­verían a atacarlo. El muchacho salió a la oscuridad bien asido a su medalla. Su madre había conseguido que, ade­más del miedo que tenía a la oscuridad y a los espíritus, se le uniese el miedo a perder la medalla.
La buena religión te enseña a libe­rarte de los fantasmas, y la mala a fiar­te de las medallas. No metamos a Dios en los fantasmas.
A Dios sólo se lo puede conocer por la vida, que es su manifestación.
Él está en la verdad, y de despertar a la verdad se trata.

Estamos programados

 

Para mí, muchas veces es difícil combinar los roles de padre espiritual y de psicólogo. Vienen a ti a que les des un consejo moral que los tranqui­lice y, si resulta que lo que necesitan es una terapia y se la das, se escandali­zan, y entonces creen que los has da­ñado en sus sentimientos o creencias. A nadie has hecho daño, sino que has llamado las cosas por su nombre. Es nuestra programación la que nos hace sufrir.
Un día vino un señor, desesperado porque otro, señor había estado tocan­do los genitales de sus dos niñas de pocos años, y él, que lo sorprendió, quería matarlo. Y las niñas estaban aho­ra llenas de miedo. No por lo que su­cedió, sino por la reacción de los pa­dres ante el hecho. El padre no quería ver esto y me miraba como si estuvie­se loco. Su programación no le permi­tía ver que, si él hubiese reaccionado como si nada hubiese pasado, delante de las niñas, éstas lo tomarían como un juego y nada alarmante quedaría regis­trado en sus mentes.
Puedes pedir explicaciones, romper­le las narices o tratar de reaccionar con el señor que tocó a las niñas. Pero si estás programado para pensar que la acción en sí es pecaminosa y que las niñas han sido mancilladas, y todas esas cosas de nuestra cultura, estarás atrayendo hacia ellas tu alarma y tus miedos. Mucho más que los tuyos, pues ellas, que no están programadas, regis­trarán en sus mentes una alarma que uni­rán al acto en sí: sin más explicaciones y para siempre, tendrán miedo a todo lo que se relacione con ello. Un miedo que será inconsciente, irracional, y por ello mucho más peligroso.
En cuanto al señor que tocó a las ni­ñas, en el peor de los casos es un ser enfermizo, con una sexualidad sin de­sarrollar, y no el sádico y pervertido que se suele ver en él. ¿Que hay que defenderse de él? De acuerdo, pero si estás despierto, llamarás las cosas por su nombre y te darás cuenta de que los miedos que provocas sobre él son los mismos que metieron en tu infancia ante actos similares. Si piensas con rea­lismo, verás que el prójimo -igual que tú- es miedoso, infantil, egoísta y es­túpido. Y no es que lo sea, sino que es su programación la que hace que se muestre así; nadie te defrauda en la rea­lidad. Es el juicio que tenías de la per­sona (de cómo debería ser) lo que te ha defraudado.
Cuando te enamoras de una perso­na, lo haces de una imagen (la imagen de tus sueños); así también el mundo de la realidad que vives (de lo que tú crees realidad) es falso, porque está su­jeto a conceptos. Los conceptos no son más que añadiduras que ha puesto tu cultura.
La felicidad es tu esencia, tu estado natural.

Arrepentimiento: una trampa

En la cárcel real, es el guardián el que tiene la llave. Pero en la cárcel psi­cológica (en la que estamos metidos por nuestra programación), es el prisio­nero el que tiene la llave, pero lo malo es que no se da cuenta. ¡Ay de ti, si ves esto claro, porque irremediablemente vas a salir de tus prisiones psicológi­cas y vas a cambiar para llamar a las cosas, personas y situaciones por su nombre! Entonces ya no hay vuelta atrás. Te va a ser duro, pero más duro es vivir a ciegas, adormilado.
Jesús insiste en la metanoia, en vi­vir la vida bien despiertos, sin perder­se nada. El arrepentimiento es morir de verdad al pasado para instalarse en el presente mirándolo con ojos nuevos. El concepto de arrepentimiento, tal como nos lo explicaron, era como una tram­pa. Si no hubiese arrepentimiento qui­zá no habría pecado, porque mucha gente peca para arrepentirse. Es un jue­go psicológico con nosotros mismos en el que buscamos terminar el juego con el arrepentimiento. Es una forma de desahogarse emocionalmente y recibir aceptación, aprobación, con el perdón. Por eso, metanoia no quiere decir es­tar arrepintiéndose una y otra vez, sino despertar a la verdad.

Todo miedo es un impedimento para que el amor surja. Y el miedo no es algo innato, sino aprendido.

Cambia tu programación

 

Los hombres buscan y huyen de mu­chas cosas, y no entienden que, tanto lo que buscan fuera como aquello de lo que huyen, está dentro. Estás inten­tando escapar de algo que está dentro de ti: tú inconsciente, en donde están grabadas todas tus programaciones. Y lo que buscas, el amor, la felicidad, está dentro de ti, eres tú mismo. Es el des­pertar a tu suficiencia lo que va a libe­rarte. La resolución de todo está den­tro de ti, y si consigues ser suficiente, ya has llegado a ser tú mismo. Pero mientras no se te vayan tus neurosis de adormilado, no intentes cambiar el mundo; antes despierta tú.
Mientras duermes y sueñas, ves a las personas y al mundo igual que te ves tú. El día que cambies, cambiarán to­das las personas para ti, y cambiará tu presente. Entonces vivirás en un mun­do de amor. El que ama, termina siem­pre por vivir en un mundo de amor, porque los demás no tienen más reme­dio que reaccionar por lo que él los impacta.
Ahora piensa en las personas con las que ordinariamente vives y trabajas, y en los problemas que tienes con ellos.
¿Sabes la solución? Te voy a decir un remedio mágico, porque no falla nun­ca: cambia tu programación y todo cambiará. Renuncia a tus exigencias: lo más importante para vivir el presente, tanto contigo mismo como con los de­más, es renunciar a las exigencias.
Las exigencias son la fuente de todo problema de relación y convivencia. Exiges que el otro no sea egoísta, que no sea indiferente, y te autoconvences de que lo haces por su bien. ¿Que lo haces por su bien? Y entonces, ¿por qué te molesta su actitud?; ¿no será que está reflejando algo que no te permites a ti mismo? No te engañes, llama las co­sas por su nombre. No seas exigente contigo mismo y comenzarás a no exi­gir a los demás. Sal de esa programa­ción que te tiene prendido en el árbol del bien y del mal y comenzarás a acep­tar la realidad sin juicios ni críticas. Cuando te molesta que tu amigo sea exigente, es que tú lo eres también. Cuando te molesta que no reaccione, no seas exigente y no le pidas lo que no está dispuesto a hacer en ese momen­to. Pero puedes comprenderlo y no juz­garlo, sino esperar que él sepa por sí solo salir de su pasividad. Eso puede ayudarlo, y en cambio la exigencia no.
No te compete a ti apresurar los re­sultados, porque tú no estás para arre­glar el mundo, sino para amarlo y comprenderlo. ¿No te das cuenta de que, cuando buscas un resultado y luchas por él, lo que haces es buscarte a ti mismo? Quieres, en el fondo, tener razón y demostrarlo. Olvidas que, para cada persona, la vida tiene reservados un ritmo y una ocasión. Mira a las personas tal como son, res­pétalas, acéptalas y trata de compren­derlas allí en donde están y dales la respuesta que a ti te corresponde: la del amor y la comprensión.
El mundo de la realidad que vives es falso, porque está sujeto a conceptos.
Los conceptos no son más que añadiduras que ha puesto tu cultura.

Ejercicio de fantasía

Piensa en una persona conocida y date cuenta de las veces que le has exi­gido comportarse de determinada ma­nera, y pídele perdón por haber queri­do cambiarla. Habla con ella con sin­ceridad, sin miedos. Puedes decirle algo así: "Tú haz tu propia vida. Yo no voy a enfadarme porque obres de una manera distinta a como yo lo haría. En­tiendo que eres libre de hacerlo, pero eso no quiere decir que no voy a prote­germe de las consecuencias de tus ac­tos. Yo me protegeré cuando lo crea necesario, pero no voy a protegerte de ti mismo."
La persona libre es la que es capaz de decir sí o no con la misma sencillez en cualquier circunstancia. Si a veces dices sí por no desilusionar a la gente, eso no es amor, es cobardía. Un gran ejercicio para el amor es saber decir no.
Cuando alguien te pide algo insis­tentemente, como si le fuese la vida en ello, y tú no ves lo positivo de que ac­cedas, sé capaz de decir sencillamen­te, y todo lo enérgicamente que sea ne­cesario, que tú no sueles hacer regalos ni concesiones a las personas si no tie­nes claros los medios ni los motivos psicológicos para hacerlos. Porque, si no, te vas a quedar resentido de su im­posición, y él va a ser una víctima de ese resentimiento que provoca y, ade­más, estarás retrasando su crecimiento y su autonomía como persona.
Ser disponible, estar abierto, no es eso. Eso es miedo a perder la imagen y cobardía ante la verdad, porque decir la verdad es, a veces, difícil. No quie­res darle un remedio, pero quieres que se cure y, en cambio, no aguantas que se porte así. ¡Cobarde, egoísta, hipócri­ta!, ¿qué hay de bueno en tu actitud? Si hubieras estado completamente libre del sentido de culpabilidad, le hubie­ras dicho sencillamente que no. El egoísmo es exigir que el otro haga lo que tú quieras. El dejar que cada uno haga lo que quiera es amor.
En el amor no puede haber exigen­cias ni chantajes.
Algunos me han preguntado cuán­do voy a hablar de Dios. Y yo creo que, en lo dicho hasta ahora, lo único que he hecho es hablar precisamente de Dios. A Dios sólo se le puede conocer por la vida, que es su manifestación. Él está en la verdad, y de despertar a la verdad se trata.
Se cuenta que un árabe fue a visitar a un gran maestro y le dijo:
-Tan grande es la confianza que tengo en Alá que, al venir aquí, no he atado el camello.
Y el gran maestro le contestó: -¡Ve a atar el camello, idiota, que Dios no se ocupa de lo que tú puedes hacer!
Dios es Padre, pero un buen padre que ama en libertad, y quiere y propi­cia que su hijo crezca en fuerza, sabi­duría y amor. El niño que está apegado a sus padres es un niño enfermizo psi­cológicamente, por culpa de sus padres.
El niño es incapaz de amar, pero ne­cesita ser amado. Es un ser que nace espontáneo y libre para buscar y apren­der desarrollando su experiencia con sus cinco sentidos y la atención alerta para captar la vida. Si sus padres le con­dicionan el amor que necesita a una obediencia y a unas reglas, perderá su libertad, y por miedo a perder el amor de sus padres, su acogida y sus caricias, comenzará el apego. Tiene miedo a la angustia que le produce el rechazo de sus padres, y sólo por eso se someterá. Eso es un chantaje afectivo que va a pagar muy caro durante toda su vida. Ese niño crecerá creyendo que el amor, el cariño, hay que comprarlos, y ten­drá una dependencia y un apego que confundirá con el amor. Su mente es­tará programada.
Las personas programadas van bus­cando siempre hacer las cosas mejor. Van ansiosos de victorias, de conquis­tas, de logros y nunca están satisfechos, por eso sufren tanto cuando no alcan­zan las metas que su exigencia les im­pone. Son seres que no viven ni disfru­tan con lo real.
Estos seres extienden su exigencia a los demás y por eso están incapacita­dos para amar. Buscan la felicidad don­de no está.
Sólo en la libertad se ama. Cuando amas la vida, la realidad, con to­das tus fuerzas, amas mucho más li­bremente a las personas. Si disfrutas de mil flores, no te agarras ninguna; pero si agarras sólo una, no disfrutas del resto. La causa de mi felicidad no es el amigo, pero brota cuando estoy con él. Antes creía que la sinfonía sonaba sólo cuando estábamos juntos, pero ahora veo que la felicidad no es casual.
La felicidad es evidente siempre si no le pones estorbos. Los estorbos más grandes de la felicidad pueden ser los apegos. Lo que importa no es ni tú ni yo, sino la relación, libre de exigencias, del amor. Hagas lo que hagas no tengo miedo a que me ofen­das ni a ofenderte. No tengo ningún deseo de impresionarte. Prefiero ser sencillamente lo que soy, con mis for­mas, y deseo que me aceptes así.
Precisamente con esta relación tie­ne sentido el matrimonio, y no por las promesas ni los contratos. Ya que no te necesito para ser feliz, no te ato ni me ato. Tú eres mi instrumento favo­rito, pero no renuncio a escuchar los demás. El amor es una sensibilidad que te capacita para escuchar todos los instrumentos, precisamente por­que uno despertó más hondamente esa sensibilidad. Y la armonía se lo­gra cuando, juntos, estáis disponibles y sensibilizados para escuchar todas las melodías.
El amor y la felicidad están dentro de ti: eres tú mismo.

Otro ejercicio

Piensa en alguna temporada en que te sentiste rechazado, desatendido o hu­millado. A ver si consigues compren­der la situación con realismo, mirándo­la con sinceridad, en profundidad; y puedes descubrir que, si tú no te die­ras por ofendido, no existiría recha­zo ni humillación alguna. Quizá en­cuentres que haya existido una acti­tud de rechazo o de desaprobación, pero ¿qué tiene que ver la actitud del otro con tu ser?
Tú eres lo que eres, independien­temente de lo que digan o piensen los demás. Las formas, las actitudes, los pensamientos y los sentimientos cam­bian y tú sigues siendo tú, y de la misma forma cambian los pensamien­tos, actitudes y sentimientos de las otras personas mientras ellas siguen siendo lo que son.
Entonces, ¿qué es lo que te ofen­de, la persona o sus formas? Las for­mas no te pueden ofender, porque son cosas cambiables que no existen. Los juicios que las personas hacen de ti nos expresan mucho más de sus for­mas, de su programación, que de ti. No tiene sentido que te ofendas. Y si no, acuérdate de Buda, al que una vez insultaron y él no se inmutó, y dijo que no podía afectarlo; y explicó que si alguien le traía un regalo, y él no lo aceptaba, ¿de quién era el regalo? De la persona que lo trajo, ¿verdad? "Pues si no quieres enfadarte, no aceptes el insulto ni el regalo."
El enfado, ¿qué es? Que tú no te conformas con las exigencias de mi programación. Que no te gusta mi forma de actuar. No tiene lógica. Pue­de que tengas buena intención, pero no puedes hacer al otro según tu bue­na voluntad. Resulta que, mirado cla­ramente, lo que está ocurriendo es que, porque uno se porta mal, al otro le sube la presión. El entender esto bien, sin identificaciones, es una li­beración.
En la violencia del místico no en­tra nada personal. No hay en él vio­lencia que venga del miedo, ni del desprecio, ni de exigencia alguna.
Puede violentarse con el otro para defenderse del mal del otro, pero lo hará sin emociones, aunque estará lle­no de amor.
Solemos reaccionar ante las imá­genes que nos reflejan los otros. Ve­mos en el otro lo que estamos desean­do ver (lo idealizamos), o ponemos en él nuestros miedos (lo rechaza­mos), y así nos impedimos conocer al otro en su realidad.
¿Qué es el pecado? Cuanto más li­bre albedrío tengas, menos posibili­dad de pecar. El pecado es una enfer­medad de la esclavitud: pecas si eres esclavo de la Ley; pero si eres cons­ciente de que Cristo te liberó, eres li­bre, y la libertad de la que habla Je­sucristo es la de estar despierto.
Antes de cambiar a los demás, cam­bia tú. Limpia tu ventana para ver me­jor. Pon la atención en la causa negati­va que te ha hecho sufrir, no en el que te ha ofendido. La causa es la progra­mación. Esa programación te la metie­ron desde niño, tú no tienes la culpa de ello, como tampoco la tiene el otro.
Al llegar a este estado, verás que todo lo que te sucede es bueno. Como el agricultor que tiene pozos de agua y está tranquilo porque ya no depen­de de que llueva o no. Todo lo verás bien y con sosiego. Si no sabes el ori­gen de tu enfermedad, no la curas, sino que la reprimes y siempre esta­rás sufriendo por ella. Si sabes su ori­gen, ya tienes su curación a mano.
Todo cambio auténtico se efectúa sin esfuerzo alguno. La persona hu­mana tiene unas energías fabulosas en reserva, para cuando necesita poner­las en marcha. Lo importante es des­cubrir lo que está ocurriendo en ti y a tu alrededor para saber lo que anda mal y sus causas. Importa el estar despierto.
El ir al templo no te va a cambiar, ni el hacer novenas a los santos. Eres tú el que ha de cambiar. Recuerda que no sirve el decir ¡Señor, Señor!, sino hacer la voluntad del Padre. Y la vo­luntad del Padre es que seamos fie­les a la verdad, porque sólo la verdad nos hará libres.
Hace falta despertar. El miedo sólo se te quita buscando el origen del miedo. El que se porta bien en base al miedo es que lo ha domesticado, pero no ha cambiado el origen de sus problemas: está dormido.
Todo cambio auténtico se efectúa sin esfuerzo alguno. La persona humana tiene unas energías fabulosas en reserva, para cuando necesita ponerlas en marcha.

 

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