Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

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AMAR ES ESCUCHAR TODOS LOS INSTRUMENTOS

Yo no soy nada de lo que creo ser: mis cosas, mi cuerpo, mis sentimien­tos. Mi yo es indefinible porque no hay nada que lo defina. Cuando yo me re­laciono con otra persona, ¿con quién me relaciono?, ¿con una imagen? Cuando me relaciono tengo noción del otro como unas experiencias, unos re­cuerdos, y con estas nociones constru­yo su imagen. Así es que no me rela­ciono con esta persona, sino con la me­moria que tengo de ella. Cuando abra­zo a un amigo, ¿a quién abrazo? Abra­zo un recuerdo. Es así, y lo cierto es que, si yo fijo la persona a la memoria que tengo de ella, la estoy fijando a un prejuicio.
Y así funcionamos por la vida, juz­gando por prejuicios. Como consecuen­cia de ellos, si conocemos a una persona sólo por sus hábitos, cuando esa persona cambia, lo notarán sólo las personas despiertas o los que acaben de conocerla, pues para los otros si­gue fijada a sus hábitos, que son lo que recuerdan.
Por ello, nadie es profeta en su tie­rra ni entre su familia, por regla gene­ral. Porque allí prevalecen los datos anecdóticos, las apariencias, y la per­sona queda apegada a esos recuerdos para sus convecinos o familiares. De Je­sús dijeron sus paisanos: "¿No era éste el hijo del carpintero?" Y Natanael, an­tes de conocer a Jesús, dice: "¿De Ga­lilea puede salir algo bueno?"
Nos movemos a base de prejuicios, de recuerdos y tópicos. Es peligroso vivir de la memoria, del pasado. Sólo el presente está vivo, y todo lo pasado está muerto, no tiene vigencia. Incluso el futuro no existe. Sólo hay vida en el presente, y vivir en el presente supone dejar los recuerdos, como algo muerto, y vivir las personas y los acontecimien­tos como algo nuevo, recién estrenado, abierto a la sorpresa que cada momento te puede descubrir. Es el ahora el que importa, porque ahora es la vida, ahora todo es posible, ahora es la realidad.
La idea que la gente tiene de la eter­nidad es estúpida. Piensa que dura para siempre porque está fuera del tiempo. La vida eterna es ahora, está aquí, y a ti te han confundido hablándote de un futuro que esperas mientras te pierdes la maravilla de la vida que es el ahora. Te pierdes la verdad. El temor al futu­ro, o la esperanza en el futuro, es igual, son proyecciones del pasado. Sin pro­yección no hay futuro, pues no existe lo que no entra en la realidad.
Cuentan que un indio, condenado a muerte, se escapa y como lo persiguen de cerca se sube a un árbol que está colgado sobre un precipicio. Abajo lo esperan sus guardianes. No tiene esca­patoria. Pero, de pronto, descubre que el árbol al que se subió es un manza­no. Entonces coge su fruto y se pone a saborear las manzanas que están a su alcance. Esto es saber saborear el pre­sente, sin proyectar el pasado en el fu­turo. ¿Sería posible vivir sin angustias ni preocupaciones? Eso sólo lo descu­briréis cuando estéis despiertos y viviendo en presente.
Cuando san Juan de la Cruz habla de la purificación de la memoria, se refiere a purificarla de toda emoción. No anclarse en los recuerdos, ni su­frir de nostalgia, ni de añoranzas. Li­berarse de las emociones del pasado; liberar la memoria de toda emoción para recibir limpiamente todo lo nue­vo. Estar disponible, para recibir a la persona en cada momento, limpio de todo recuerdo y emoción. Cuando te encuentro, para percibirte con clari­dad, he de dejar atrás todo lo pasado -tanto lo bueno como lo malo ­para estar abierto a tu presente sin re­lacionarte con ninguna imagen, sino con la realidad de ese presente.

El amor va siempre unido a la verdad y a la libertad, y por eso nunca es débil.

El ser y la imagen

 

Si alguien me preguntase quién soy, para darle datos tendría que referirme a cosas registradas en la memoria. Ten­dría que formar una imagen llena de etiquetas, y yo no soy nada de eso. Yo soy. Un ser imprevisible como la vida misma, que no cabe en ninguna ima­gen porque mis formas son cambian­tes, y mi verdadero ser es inaprensible, imposible de referir. Cuando vivimos dormidos, llevamos con nosotros una imagen propia, un yo ideal que nos he­mos fabricado con trozos de recuerdos y otras cosas soñadas por nuestro idealismo. Cuando alguien dice de mí algo que no me gusta, es la imagen lo que se ofende, pues nadie puede herir al que no tiene imagen propia. Yo no soy nunca la imagen que ten­go de mí mismo ni la que tienen los demás de mí. Yo soy, y el ser no cabe en ninguna imagen porque las tras­ciende todas.

Es peligroso vivir de la memoria, del pasado. Sólo el presente está vivo. Es el ahora lo que importa, porque ahora es la vida, ahora todo es posible, ahora es la realidad.

El amor es

 

A la persona no se la puede desear, porque en cuanto deseas a una per­sona has dejado de amarla como tal. Yo no soy una cosa. No soy deseable ni indeseable. Soy lo que soy y nada más. Tú llegarás a amar a las perso­nas en cuanto no te importe lo que son las personas. El amor es imper­sonal. En el amor no se mete la per­sonalidad. El amor es, y fluye por medio de ti; tú no lo fabricas y en el amor la persona se queda a un lado. Por eso, el amor te deja libre y dis­ponible. El yo es un impedimento para amar. Cuando eliges, o com­paras, o pides compensaciones, es porque necesitas a esa persona para amarte a ti mismo. Cuando desapa­recen los recuerdos, los prejuicios y las visiones subjetivas, entonces ya surge el amor que fluye desde donde es.
La personalidad, el yo, es un im­pedimento para amar, porque consi­dero a las personas amadas como algo mío. Amo a mi hijo, a mi marido, a mi familia, porque son algo mío, dis­tinguiéndolos de los que me quedan más lejos. Entonces estoy cosifican­do lo más cercano como pertenencias a las que debo amar. Y el amor no sabe de deberes ni de gratificaciones, porque el amor es libre y gratuito. "Te amo, te quiero, te necesito, no puedo vivir sin ti" significan: me agarro a ti porque llenas mi necesidad y mi ape­go. Eso es egoísmo. El amor existe aunque no haya nadie allí. Es nues­tra esencia y se manifiesta en una manera de ser, un estado del alma, y está en consonancia con la capacidad de ver y existir, y en cuanto veamos y seamos nosotros mismos libremen­te, no podremos ser otra cosa que amor.
Jesús ama así. Tenemos una idea equivocada del amor como algo mue­lle, dulzón y consentidor. El amor va siempre unido a la verdad y a la li­bertad, y por eso nunca es débil. Pue­de ser brusco, pero también puede ser suave y más dulce que nada. Jesús fue amor siempre, y en su vida se mani­festó unas veces brusco, duro inclu­so, y otras tierno, dulce y sensible. El amor da siempre la respuesta acerta­da, no se equivoca.
Por eso no puedes imitar a Jesús, ¿cómo vas a imitarlo?, ¿acaso tú eres Él? Cada uno tiene que ser auténti­co, ser uno mismo, y Jesús lo fue has­ta el fin. El día que seas tan auténti­co como lo fue Jesús, entonces no tendrás que imitarlo, pues en cada momento sabrás lo que hacer. El día que llegue a ti la iluminación, serás amor y vivirás la eternidad en cada instante.

Yo soy, y el ser no cabe en ninguna imagen porque las trasciende todas.

 
 
El fuego es el amor

 

Lo que la sociedad te enseñó a ate­sorar no vale nada. Lo que la historia te legó como honor, patria, deber, etc., no vale nada, porque tienes que vivir libremente el ahora, separado de los re­cuerdos, que están muertos; sólo está vivo el presente y lo que tú vas descu­briendo en él como real. Lo que llamas yo no eres tú, ni eres tampoco tu pa­rentela, ni tu padre, ni tu madre, por­que eres hijo de la vida. Dondequiera que haya sufrimiento, hay identifica­ción con el yo, con una cosa, y en don­de hay conflicto es que existe identifi­cación del yo con un problema, con un obstáculo que pone la mente. Esto es matemático. Tomamos de la vida lo no real. Le tenemos mucho miedo a la ver­dad, y preferimos hacer ídolos con la mentira.
Dicen que hubo un señor que des­cubrió en la antigüedad el arte de ha­cer fuego. Lleno de alegría quiso co­municar su arte a las demás tribus. Se fue a una tribu del norte, donde hacía mucho frío, y les enseñó el invento. Lo aprendieron en seguida y estaban tan contentos que fueron a darle las gracias al maestro. Pero éste ya se había ido, porque era un gran hombre al que sólo le importaba el bien del prójimo. En­tonces fue a otro lugar a enseñar el arte de hacer fuego; pero en esta tribu, pri­mero lo recibieron los sacerdotes, que se quedaron perplejos: ¿de dónde ve­nía la magia con la cual hacía este hom­bre el fuego? Al ver el éxito que el fue­go tenía en la tribu, los sacerdotes tu­vieron celos y asesinaron al maestro, pero -para que el pueblo no los cul­pase- hicieron una gran escultura de él y lo subieron a un pedestal, junto con el invento de hacer fuego, para que toda la tribu lo venerase. Y en aquel pueblo ya nunca hubo fuego, sino veneración y alabanzas. Es necesario comprender que la verdadera oración es el fuego, y no la veneración ni la adoración de una imagen. ¿Dónde está el fuego? "Yo he venido a traer fuego para que arda", dijo Jesús. Hay muchos sacerdotes, pero pocos que sepan hacer fuego. El fuego es el amor. Tú no puedes tener el amor, es el amor el que te tiene a ti, y te cambia y te acrisola. La felicidad y el amor van juntos, pero no produ­cen emociones, ni excitación, porque esto es enemigo de la felicidad. Tam­poco producen aburrimiento, porque la felicidad nunca harta cuando es, de ver­dad, felicidad. Y no harta porque exis­te donde no existe el yo. La felicidad es un estado de continua conciencia. Si tú eres consciente de una cosa, la pue­des controlar siempre y verla tal cual es. Si no eres consciente, esa cosa te domina.
Sólo si amas serás feliz, y sólo ama­rás si eres feliz. Y amar es un estado que no elige a quién amar, sino que ama porque no puede hacer otra cosa, por­que es amor.
Oír un solo instrumento en la sin­fonía del amor, es privarse de la ar­monía del concierto. Amar es escu­charlos todos.

Sólo si amas serás feliz, y sólo amarás si eres feliz.

 

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