Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

3
¡RECONOCE TU AÑADIDURA!

Toda programación y todo condicio­namiento te llevan a ser un robot. Los hábitos sirven para cosas prácticas (ca­pacidad de andar, de hablar un idioma, de conducir un coche…), pero para ver las cosas con profundidad, en el amor y la comunicación, los hábitos son como anestesiar la creatividad, lo nue­vo, y no desear vivir el riesgo del pre­sente.
Lo malo es que hasta la espirituali­dad ha sido objeto de programación, de desfiguración, pues la espiritualidad es como la realidad; pero todo lo valioso es susceptible de distintas interpretacio­nes y manipulaciones.
Cada persona tiene una forma de re­accionar y de interpretar. Yo conozco a un sacerdote que está deseando tener un cáncer para morir sufriendo... Otros, la mayoría, se llevarían un gran disgusto al saber que tienen cáncer. Tanto una actitud como la otra no de­jan de ser producto de una programa­ción religiosa o cultural.
Cuando una persona programada te ofende sin motivo, tan programado es­tás tú como ella, por dejarte ofender, porque las dos reacciones son igual de absurdas e

irreales. Ocurre que, cuan­do estás dormido, te molestan las per­sonas que están dormidas, porque la programación del otro afecta la tuya, te la recuerda, y eso es lo que más te mo­lesta, aunque no quieras reconocerlo. Si cuando un niño o un mono te hacen una mueca, reaccionas enfadándote, señal de que eres tan niño o tan mono como ellos. Estar despierto es no dejarte afec­tar por nada, ni por nadie. Y eso es ser libre.
Tú eres el que ha de elegir tu propia reacción frente a las cosas, situaciones y personas, no los hábitos ni tu cultu­ra. Si sigues programado, tienes que saber ver que esa programación es el control del que se vale la sociedad para imponerte sus criterios. Estamos sien­do controlados en la medida en que se­guimos dormidos: por el consumismo, por la política, por el poder, por el tra­bajo y por el ocio. Las competiciones han pasado de ser un juego entreteni­do y saludable, a ser actos de odio. An­tes se jugaba por el puro placer de ju­gar; ahora, en las competiciones, se contaminó el deporte con el veneno de vencer y elevarse por encima del ven­cido.
Lo mejor del hombre es el amor, y no lograr una marca, humillando a los vencidos. Yo soy mejor que tú y por ello consigo la admiración y la fama; pero ¿en qué eres mejor que yo?, ¿en co­rrer?, ¿en saltar?, ¿en meter una bola entre dos palos y dentro de un cesto? Y eso, ¿para qué sirve?, ¿amas con ello?, ¿te haces más persona? Lo peor de todo esto son las comparaciones que miden al hombre ajustándolo a una medida ideal, rígida, y ponen en acercarse a ese modelo del ídolo, toda energía y todo condicionamiento; ¿para qué?, para que resplandezcan los valores auténticos, genuinos.
Vivimos en una era adoctrinada. Hasta al Santo Padre, al asistir a la consagración de un grupo de carde­nales, se le escapó decir: "Estos 150 cardenales que han tenido el honor de ser elegidos..." ¿Es un honor ser car­denal? ¿No es más bien un servicio?
Estamos adoctrinados y nos deja­mos arrastrar por las programaciones. Vivir libremente, siendo dueño de uno mismo, es no dejarse llevar ni por per­sona ni situación alguna. Saber que nada ni nadie tiene poder sobre uno ni sobre sus decisiones. Eso es vivir me­jor que un rey, y saber oír esa hermosa sinfonía de la vida y disfrutarla.
A veces puede haber emociones o depresiones, por trastornos físicos o psíquicos, pero eso ya no te trastor­na, porque ya no te quita la capaci­dad de ser feliz y alegrarte con lo mucho hermoso que se produce a cada momento ante tus ojos. La de­presión está ahí, tú la observas, pero ya no te identificas con ella. Es algo que está sucediendo por un motivo que conoces y, por lo tanto, está con­trolada. Nada puede contra ti. Ocu­rre fuera de tu ser.

Lo contrario al miedo es el amor. Donde existe el amor no hay miedo alguno. Y el que no tienen miedo alguno no teme la violencia, porque él no tiene violencia alguna. Toda violencia viene del miedo y crea más violencia.

En cuanto metes tu yo...

Santa Teresa dijo que Dios le con­cedió el don de desidentificarse de sí misma y poder ver las cosas desde fuera. Éste es un gran don, pues el único obstáculo y raíz de todo pro­blema es el yo. Des identificarse sig­nifica no afectarnos por lo que está ocurriendo -vivirlo como si le ocu­rriese a otro-, pues en cuanto mete­mos nuestro yo en cualquier persona, situación o cosa, preparémonos para sufrir. Vivir desidentificados es vivir sin apegos, olvidados del ego, que es el que genera egoísmo, deseo y ce­los, y por el cual entran todos los con­flictos.
Otra cosa que nos muestra que es­tamos programados es creer que cada uno está en posesión de la verdad. Cada religión cree tener la verdad y ser la única, la exclusiva. ¿Por qué? Temen perder si reconocen que puede haber verdad en cada una y en to­das ellas. Si viviésemos desidentifi­cados de nuestras creencias, no nos preocuparíamos por lo que lleven de acertado o no. Las creencias pueden cambiar, lo importante es lo esencial que descubramos dentro de nosotros y que nos lleva a ir buscando la ver­dad, y saber que es de todos.
Despertarte es despertar a la reali­dad de que no eres el que crees ser. Esto es desidentificación. Sólo podrás conseguir esto cuando seas capaz de atribuir tus tribulaciones a tu progra­mación y no a la realidad. Cuando uno se aflige, intenta cambiar la rea­lidad para ajustarla a su programa­ción, pues cree que ésa será la solu­ción a su problema; pero como no lo consigue, su frustración viene a su­marse a su aflicción y el problema no se aclara.
Si el problema viene de tu progra­mación, no puedes cambiar la vida y a los demás, sino desprogramarte o ver, por lo menos, claramente, de dónde viene el problema. Si cambias y te abres a la realidad, verás cómo todo cambia a tu alrededor, pues era tu mente la equivocada, y al cambiar tu mente y abrirte a la realidad, cam­biará tu manera de ver y de vivir lla­mando cada cosa y situación por su nombre.
Recuerda aquello de: "En vez de alfombrar todo el mundo para que no tropieces, es más fácil que te calces unas zapatillas." ¿Se consigue la fe­licidad en esta vida? Cuando sueltes tus alucinaciones, te darás cuenta de que la felicidad siempre estuvo en ti, pero se metieron las exigencias de por medio, la cultura, los deseos, los mie­dos, con sus mecanismos de defensa, y la fueron ahogando. Darnos cuenta de esto ya es dar un gran paso.
Una persona, con tantas exigencias y problemas, no puede amar, ni en­contrar la felicidad, porque ya tiene bastante con defenderse de lo que cree que la está atacando. En ese es­tado, lo que llamamos amor es egoís­mo, amor a nuestro ego, interés pro­pio. Nos sentimos tan mal y con tan­tos miedos, que sólo podemos mirar­nos a nosotros mismos, vigilándonos con recelo porque, en verdad, tampo­co nos amamos.
Amor es pura gratitud, y nosotros nos ponemos condiciones. Y si nos ponemos condiciones a nosotros mis­mos, ¿cómo no vamos a ponérselas a los demás? Convertimos eso que lla­mamos amor en un egoísmo refinado que utilizamos, o para darnos placer, o para evitar sensaciones desagrada­bles, sensaciones de culpabilidad, o miedo al rechazo. Para evitar esto, co­merciamos con lo que llamamos amor. Si somos capaces de ver esto y de llamar las cosas por su propio nombre, ya vemos claro.

Las acciones pueden ser malas o buenas, siempre dependerán de la madurez y cordura del que las cometa.

Reconoce tu añadidura

A Dios sólo se lo encuentra por un proceso de sustracción. Sabiendo lo que no es, no añadiéndole nombres, conceptos y etiquetas, encontraremos a Dios. Dios es, y por ello es inaprensi­ble, no lo podemos enmarcar ni clasi­ficar porque escapa a toda objetivación. Por eso, el ser humano es también in­aprensible, porque es semejante a Dios. Cuantas más añadiduras le pongamos al ser, menos lo conoceremos. Hemos de dejarlas caer todas. Y lo mismo con la realidad. Si yo le exijo a la realidad unas condiciones, o le pongo unas aña­diduras, me alejaré de la realidad, la verdadera, y estaré siempre chocando con lo falso.
Los místicos son los que se han abierto confiadamente a la realidad, sin preocuparse por el resultado, pues sa­ben que sólo en la realidad habita la verdad.
Meterse en la batalla de la vida, pero con el corazón en paz, es la única ma­nera de vivir la realidad de la vida. Es cumplir la voluntad de Dios. Para ello, el primer paso es reconocer la añadi­dura, darte cuenta con sinceridad de tus bloqueos y obstáculos.
El segundo paso es mirar la causa, sabiendo que está fuera de la realidad. Sin culparte ni justificarte. Tú no tie­nes la culpa de esa programación, y cuando caes en los hábitos, no lo ha­ces adrede. Tú eres víctima de tu pro­pia diagramación. No estés desconten­to, irritado y molesto contigo mismo, porque eso no te va a ayudar. Y si su­fres, si te afliges, no tomes tu aflicción por tu ser. Desidentifícate de ese sufri­miento.
El yo, ¿quién es? ¿Soy un cuerpo? No, porque las células de mi cuerpo son renovadas continuamente y, en siete años, no queda ni una de las anteriores y, sin embargo, sigo siendo el mismo. Yo no soy mi cuerpo, pero tampoco soy mis pensamientos, pues ellos cambian continuamente y yo no. Ni tampoco soy mis actitudes, ni mi forma de expresar­me, ni de andar. Yo no puedo identifi­carme con lo cambiable, que abarca las formas de mi yo, pero no es mi yo.
Tú eres el ser, lo que es. El cielo es, no cambia; las nubes sí. Lo único que puedes buscar es lo que no eres, pues en cuanto puedes objetivarlo ya no lo eres, sino que es una forma, una expre­sión de lo que realmente eres. Puedes buscar lo que no eres, y al ir apartando tus formas y añadiduras, te irás liberan­do de ideas equivocadas sobre ti y, de­trás de todo esto, irá surgiendo tu ser.
Así es que el tercer paso es no iden­tificarte con las formas que cambian, ni apegarte a ellas, ni rechazarlas, ni ponerles etiquetas, ni valorarlas dándo­les una importancia que no tienen. Lla­marlas por su nombre: son formas nada más, y si les das batalla, toman una importancia que, en sí, no tienen. Cuan­do las mires tal como son, perderán importancia y se replegarán a su lugar. Hay que comprenderlas, entender por que están ahí, para que no te estorben ni molesten. Entonces la importancia que les hayas dado hasta ahora se va, porque no es real, no existe, y descu­bres que no eran más que alucinacio­nes del sueño de un ser dormido. No hay que violentarse con nada ni para mejorarlo ni para cambiarlo. Lo que es, es, y sólo lo es por su propia causa, nada lo puede dañar si está despierto.

Estar despierto es no dejarse afectar por nada, ni por nadie. Y eso es ser libre.

 
 
Resultado de nada

El místico vomita antes el fruto del bien y del mal para poder entrar de nue­vo en el Paraíso. No enjuicies nada, sino comprende el porqué y el lugar de las cosas. La felicidad no es el resulta­do de nada. Ella es, en sí misma, y la descubres cuando te libras de todo jui­cio y añadidura. Cuando quieres arre­glar las cosas, metes en ellas tu yo en­demoniado, tu apego, y lo estropeas todo. Entra solo en la realidad. No te apegues, ni siquiera a la liberación, por­que ella no es aprensible, no se deja apresar, y lo que harás es crearte otras cadenas, otra esclavitud. Sólo tienes que ver las cosas como son.
Las cosas sólo serán cuando deban ser, por mucha prisa que te des. La rea­lidad no es algo que se pueda forzar ni comprar. Se trata de ver la realidad tal como es. Lo cierto es que ya estás en ella, siempre lo has estado, pero la bus­cas, como aquel pez que iba loco bus­cando el océano. Lo único que no te deja es tu programación y tus exigen­cias.
Nadie hace el mal sin una justifica­ción. Es la justificación la que lo enga­ña. Nadie se daña a sí mismo conscien­temente, sino inconscientemente. El que hace el mal es un loco que no me­rece castigo, sino cura. No se puede condenar al que peca, sino el pecado, que es un error. Las acciones pueden ser malas o buenas, y siempre depen­derá de la madurez y cordura del que las cometa. No puede llamarse malo al que comete actos equivocados creyen­do que los hace bien, o al que hace eso compulsivamente, defendiéndose de peligros que sólo están en su imagina­ción. Ése es un loco, un ser dormido al que hay que despertar, o un enfermo al que hay que curar.
Nadie hace las cosas malas adrede, fríamente, por maldad, por la sencilla razón de que el componente sustancial de nuestro ser es el amor, la bondad, la felicidad, la belleza, la inteligencia como luz de la verdad. Si esta sustan­cia está ahogada por los miedos, por el sufrimiento, la única solución es sacar lo que estorba.
Las cosas se observan para ver la verdad que hay detrás de las formas con que se cubren. Uno puede tener en la mano un papel sucio creyendo que es un cheque de mucho valor. Si lo haces renunciar a él o se lo quitas antes de que descubra su valor real, esa perso­na siempre estará creyendo que le qui­taron algo de valor y se comportará como un ser estafado, engañado, despojado, y sus reacciones serán de autodefensa. Así nunca despertará a la realidad. Primero habrá que despertarlo y luego él mismo será el que tire el papel sucio, riéndose del engaño en que estuvo metido. Y en­tonces sí quedará liberado.
Y si renuncias voluntariamente a algo, creyendo que es un valor y que has hecho un sacrificio con ello, siem­pre te vanagloriarás de lo que has he­cho y pedirás aprobación y admiración de los demás. Pero si antes despiertas y comprendes que en esa renuncia tuya no hay nada de valor, que lo que has hecho es buscarte a ti mismo, ¿cómo te vas a vanagloriar de renunciar a algo que no servía para nada? Al contrario, te sentirás bien por haberte liberado de algo que te impedía ser más tú mismo. Pero además, entonces, comprenderás con hu­mildad a aquellos que aún se sienten ape­gados a lo que tú ya has renunciado por estar despierto.

Estamos siendo controlados en la medida en que seguimos dormidos: por el consumismo, por la política, por el poder, por el trabajo y por el ocio.

No tengas miedo

 

¿Cómo sería Jesús para que todos los sencillos se sintieran tan a gusto con Él? Jesús no se sentía superior a los demás porque vivía en la realidad. La señal de estar en contacto con la realidad es la sencillez.
El miedo es lo que nos lleva a que­darnos en la programación. Lo con­trario al miedo es el amor. Donde existe el amor no hay miedo alguno. Y el que no tiene miedo alguno no teme la violencia, porque él no tiene violencia alguna. Toda violencia vie­ne del miedo y crea más violencia.
El que se enfada es que tiene mie­do. Nosotros huimos de los enfados porque provocan nuestros miedos y, a la vez, nos ponen violentos. Nos asustamos de la agresividad porque despierta nuestra propia agresividad. Nos defendemos no por justicia, sino por miedos.
El místico es el que es capaz de li­berarse completamente del miedo, por eso no es violento. El enemigo del amor no es el odio, sino el mie­do. El odio es sólo una consecuencia del miedo. El miedo genera los de­seos. Los deseos son otra consecuen­cia del miedo. El que nada teme está seguro y nada desea.
Hay un deseo común, que es el cumplimiento de lo que se cree que va a dar felicidad al yo, al ego. Ese deseo es apego, porque ponemos en él la seguridad, la certeza de la feli­cidad. Es el miedo el que nos hace desear agarrar con las manos la feli­cidad, y ella no se deja agarrar. Ella es. Esto sólo lo descubrimos obser­vando, bien despiertos, viendo cuán­do nos mueven los miedos y cuándo nuestras motivaciones son reales. Si nos agarramos a los deseos, es señal de que hay apego.

El pez tenía sed

 

Tienes dos maneras de ver, de ob­servar. Una manera intelectual, teó­rica, sin profundizar. La otra manera de ver es existencial, mirando desde tu propia vida, desde tu ser. San Pa­blo dice: "Veo lo que debo hacer, y hago lo que no quiero." Al decir esto se refiere al ver intelectual, que a nada compromete porque no es un ver revelador. Cuando lo ves desde lo existencial, lo ves desde la libertad que te da la verdad y entonces lo ves tal cual es, y esa revelación hace que despiertes a la realidad.
Había una vez un árabe que viaja­ba en la noche, y sus esclavos, a la hora del descanso, se encontraron que no tenían más que 19 estacas para atar a sus 20 camellos. Cuando lo consultaron al amo, éste les dijo:
-Simulad que claváis una estaca cuando lleguéis al camello número 20, pues como el camello es un ani­mal tan estúpido, se creerá que está atado.
Efectivamente, así lo hicieron, y a la mañana siguiente todos los came­llos estaban en su sitio, y el número 20 al lado de lo que se imaginaba una estaca, sin moverse de allí. Al des­atarlos para marcharse, todos se pu­sieron en movimiento menos el nú­mero 20 que seguía quieto, sin mo­verse. Entonces el amo dijo:
-Haced el gesto de desatar la es­taca de la cuerda, pues el tonto aún se cree atado.
Así lo hicieron y el camello enton­ces se levantó y se puso a caminar con los demás.
Ésta es una buena imagen que pue­de ilustrar nuestra estupidez humana cuando estamos programados e inca­paces de ver por nosotros mismos ni decidir por nosotros mismos, sino por hábitos, por unos gestos determina­dos, por la costumbre y por nuestra programación. Lo del pez que tenía miedo a ahogarse sería la mejor defi­nición del hombre frente a su reali­dad. Cuando estamos dormidos no tenemos miedo de los sueños, pero sí tenemos miedo de despertar a la rea­lidad, porque supone un cambio. Su­pongo que preferir el sueño a la rea­lidad es de idiotas, pero así es.
Kabir decía: "Me reí mucho al ver que el pez en el agua tenía sed." Ésta es nuestra propia realidad de dormi­dos. Sólo se despiertan los que desean despertarse. Tratar de convencer a los que no lo entienden es como irritar al cerdo.

Despertarse es despertar a la realidad de que no eres el que crees ser.

Menudo descanso

 

El sufrimiento que padeces es el equivalente a tu resistencia a la reali­dad. El resistirte a la verdad hace que choques con la realidad, que te está di­ciendo que no es por ahí, que revises tus planteamientos para que se ajusten a la verdad. Si lo comprendes así, cre­cerás. Si no lo comprendes y te empe­ñas en seguir obcecado y dormido, su­frirás sin remedio. En cuanto entiendas esto, por la observación que te dé luz para descubrir tu realidad, se acabarán tu sufrimiento y tu irritación.
Es muy importante, pues, ver, obser­var lo que te perturba para entender lo que anda mal en ti. Al descubrir esto, verás cómo cambia tu escala de valo­res. Vas descubriendo tesoros por todas partes, mientras se va cayendo, por sí sólo, lo que no vale. No sabes bien lo que supone, la paz que consigues, cuan­do dejas caer la carga de tu superyó de una posición que te empeñabas en man­tener y que suponía tantos esfuerzos y frustraciones; la razón que siempre querías tener, el afán por defender tu imagen, tu nombre, tu prestigio, y todo lo que mantenías para impresionar, para que te valorasen o te tuviesen en cuen­ta. ¡Puf!, ¿para qué servía todo eso? Menudo descanso cuando lo tiras todo por la borda.
Y lo paradójico es que lo mantenías porque buscabas en ello remedio a tu inseguridad, y la verdadera seguridad la alcanzas cuando lo sueltas todo. Ése es tu premio, con el que te sorprende la realidad. Y resulta que tienes moti­vos para estar siempre contento, pues las experiencias buenas son siempre gratificantes, y las malas te proporcio­nan crecimiento, al señalarte los obs­táculos. Incluso las personas que te dan la lata, son motivo para que cambies, al conocerte mejor; y ya no te empe­ñas en cambiarlas a ellas.
No hay nada más clarividente que el amor. En cambio, la emoción del ape­go, que tomas por amor, te hace ciego. Si estás apegado a tu amigo, no podrás verlo, porque te lo impedirá tu emo­ción. La emoción del apego trae consi­go reacciones, pero no acciones. Para las acciones tienes que estar despejado y despierto.

Meterse en la batalla, pero con el corazón en paz, es la única manera de vivir la realidad de la vida.

 

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