Autoliberación interior, de Anthony De Mello

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
¡Despierta! ¡La felicidad eres tú! Desprográmate! ¡Sé tú mismo! ¡Reconoce tu añadidura!

Amar es escuchar todos los instrumentos

El miedo se aprende

 

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EL TEXTO ES LA VIDA

Lo importante es despojarte de ilu­siones y emociones que no tienen ca­bida porque no son reales. Ilusionándose, uno no alcanza la libertad ni la mística. Dice Sócrates: "La vida no conocida, no vale la pena vivirla." Hay que disfrutar de todo, pero sin apegar­se a nada. Cuando te desapegues, ve­rás cómo disfrutas mucho más de todo, pues serás mucho más libre para re­crearte en cada cosa sin quedar fijado a ninguna.
El dudar es esencial para la fe. El único enemigo de la fe es el miedo, no la duda, pues si no dudas, no cuestio­narás ni robustecerás tu fe, y entrarás fácilmente en el fanatismo. El fanático es el que no puede resistir el cuestio­narse las cosas, y si alguien las cuestiona en su presencia se horroriza, por­que teme que le hagan dudar. No olvi­des que, según vives en esta vida, se­rás en la otra. Es ahora cuando has de buscar la verdad por ti mismo.
Una persona que camina hacia la ilu­minación, lo primero que se cuestiona­rá es: ¿Estaré loco yo, o es que están locos los demás? Si cuando atacan tu doctrina, te molestas, mala señal. ¿Por qué no escuchas y luego cuestionas? Tampoco te es válido poner tu seguri­dad en las personas que piensan como tú. Lo importante es escuchar y cues­tionar desde ti mismo. Esa responsabi­lidad es sólo tuya y no puedes apoyar­la en otro, por mucho prestigio y cre­dibilidad que tenga. La apertura, así, se llama fe. La fe no es inamovible y has de renovarla continuamente para que esté viva. Nunca puedes estar seguro de a dónde esa fe te va a llevar. Es ésa la fe que redime la vida, dejando muerto el pasado y empujándote al presente. El presente es la vida, y sólo allí están Dios y la eternidad. Por ello hay que vivir despierto, vigilante, para no per­derte nada de ella.

Si no te agarras a ningún concepto, cosa o ideología, te será fácil descubrir dónde están la verdad y la realidad.

Cuestiónate

 

Te despertarás a base de cuestionar­te cada creencia tuya y todas las que te vengan del exterior. Si no te agarras a ningún concepto, cosa o ideología, te será fácil descubrir en seguida dónde están la verdad y la realidad, que son la voluntad de Dios escrita en la vida. Pero hay quien no está dispuesto a ha­cerlo.
¡Convence al capitalista de que cuestione su capital! ¡O al político sus ideas cerradas! Están demasiado apegados a sus razones materiales. La palabra no describe la realidad, sino que la indica. La realidad no puede expresarse en su profundidad y sus matices, porque la palabra no es capaz de contenerla. Y, por ello, los místicos aseguran que es imposible expresar la realidad de Dios.
De la misma manera, en la Biblia se nos señala solamente el camino, como ocurre con las escrituras musulmanas, budistas, etc. Por ello, con las Escrituras se han cometido abusos de interpretación al querer aplicarlas li­teralmente. Ya hemos hablado de lo que ocurrió en los siglos pasados por tomarlas al pie de la letra, con la que­ma de herejes y otras barbaridades.
Todos los fanáticos querían agarrar a su Dios y hacerlo el único. También los católicos tomamos al pie de la le­tra lo del único Dios, y quisimos ha­cerlo nuestro. Las barbaridades y crueldades que se han hecho para de­fender que "sólo dentro de la fe ca­tólica está la salvación" y que el que no está bautizado se condena eterna­mente, no se suelen publicar. Todo esto se podrá develar en los siglos venide­ros. Aún hay mucho fanatismo que oculta los errores, por miedo a perder una imagen a la que nos agarramos.
Lo mismo ocurre con los fanatis­mos históricos en los cuales también la religión estuvo presente. Colón no descubrió América, pues ella ya se había descubierto a sí misma. Era una tierra poblada que tenía una forma de vida, unas creencias y una cultura. Lo que se descubrió al arribar a ella fue la ignorancia de los europeos, que no sabían que existía. Allí no se respetó nada por parte de los descubridores. Se les cambiaron nombres y apelli­dos, creencias y una forma de vivir y de expresar su cultura. En nombre de una civilización y de una religión se destruyó todo, sin discriminación al­guna y, a cambio, se le saquearon sus tesoros antes de que se enteraran de su valor. Ningún misionero compren­dió la riqueza de su cultura, de sus conocimientos, de su filosofía y de sus creencias. No podían reconocer otra cultura y otra fe diferentes, porque estaban adoctrinados y programados por su papel de salvadores. Estaban apoyados por la creencia de toda una Iglesia cuyo Papa se tomó toda la po­testad del mundo para repartir aquellas tierras entre españoles y portu­gueses, para convertirlas. Y esto lo hizo por tomar las Escrituras al pie de la letra.
Otro tanto ocurrió con Galileo, que en su reunión con obispos y cardena­les sólo pedía que mirasen por el te­lescopio, y se negaron; porque mirar era dudar de la Palabra de Dios, ya que se interpretaba la Biblia como que era el Sol el que daba vueltas al­rededor de la Tierra, y dudarlo supo­nía herejía.

"La vida no conocida, no vale la pena vivirla." (Sócrates)

La Biblia y el telescopio

 

Por eso os digo: ¡Cuidado al leer la Biblia! Leerla con lógica, tenien­do presente la cultura de las gentes que la escribieron, pues la ilumina­ción que trasmiten nada tiene que ver con el contexto desde donde la escri­ben. Una cosa es el mensaje, y otra son el tiempo y las formas. Hay que leerla con apertura, sin apegarse a las formas, sabiendo comprender su esencia. También a Jesús lo rechaza­ron por hereje. Cuando leáis las Es­crituras, tened en una mano la Biblia y en la otra el telescopio.
Buscar siempre la verdad. La ver­dad es lo importante, venga de don­de venga, de la ciencia, de Buda o de Mahoma, lo importante es descubrir la verdad en donde todas las verda­des coinciden, porque la verdad es Una. No se puede tener miedo a mi­rar por el telescopio.
Hay muchos santos que, sin cono­cer la Biblia, se han encontrado con la realidad. El verdadero texto es la vida. La Biblia nos refiere la vida, y por ello es un medio; pero también es un mito que trata de expresar lo inexplicable en palabras, en forma de historias, para que de ella saquemos el significado de la vida, que es el mensaje de Dios.
Algunos mitos son históricos y otros no. La vida de Jonás no es his­tórica, la de Jesús sí. Nuestra mente humana no está preparada para ver la realidad de la vida y se queda en los conceptos que tratan de expresar el mensaje de esos mitos. La vida his­tórica de Jesús se ha convertido en un mito y hay que desmitificarla para recobrar la frescura de un mensaje que está vivo. Dejar fuera de la Bi­blia los fanatismos, los límites cultu­rales, costumbres y prejuicios del pueblo judío de aquella época.
Jesús, al celebrar la eucaristía, toma el pan y el vino que eran la co­mida corriente del pobre, lo más ase­quible en su país. En otros países tie­nen que importar el pan y vino para celebrarla, ¿por qué? Unos jesuitas misioneros se escandalizaban porque algunos orientales celebraban con pan de arroz y zumo de frutas, que era lo más asequible allí. ¿Qué es lo más importante, la esencia o la for­ma? ¿El mensaje o el modo? Distin­guir lo esencial de lo adicional y no considerar los errores como verdades.
Einstein llegó a probar con la teo­ría de la relatividad que no siempre la distancia más corta entre dos pun­tos es la línea recta, sino que, en algu­nos casos, la curva puede acercar esos puntos. Si ves una cosa clara y la ex­perimentas, necesitarás mucha valentía para demostrar algo que va en contra de las creencias generales aceptadas por la sociedad y la religión. Te llamarán loco. Los científicos tienen la ventaja de poder demostrarlo, los iluminados sólo pueden vivirlo. Y, sin embargo, las teorías no curan y la fe sí. Ambas pue­den ser acertadas o equivocadas. Hay que quitarles los aditamentos cultura­les y fanáticos para probar la verdad. Lo importante es mirar, no el dedo, sino hacia donde señala para descubrir la verdad. En eso nos es de gran ayuda la Biblia, que nos revela los datos y las actitudes que nos acercan a la verdad.

Buscar siempre la verdad. La verdad es lo importante, venga de donde venga.

El amor es clarividente

 

Le preguntaron a Beethoven lo que quería expresar con la Tercera Sinfo­nía, y el gran músico contestó: "Si yo pudiera expresar lo que significa con palabras, no necesitaría expresarlo con música." Sólo los sensibles son capa­ces de disfrutar de la belleza. Sólo los que tienen sentido del humor pueden comprender el aparente despropósito de la vida. Precisamente porque tenemos la palabra Dios y asociamos a esa pa­labra las ideas con las que nos han pro­gramado, somos incapaces de descu­brirlo en la vida corriente y cotidiana, y en las personas que están pasando a nuestro lado. Los que aman la belleza son capaces de captar a Dios, porque aman la vida y a las personas. Sólo el amor es clarividente. Cuando ya no te haga falta agarrarte a las palabras de la Biblia, entonces es cuando ésta se con­vertirá para ti en algo muy bello y re­velador de la vida y su mensaje.
Lo triste es que la Iglesia oficial se ha dedicado a enmarcar el ídolo, en­cerrarlo, defenderlo, cosificándolo sin saber mirar lo que realmente significa.
La mejor manera de acercarte a la verdad es que pases un tiempo miran­do el mar, el campo, la naturaleza y, sobre todo, que repares en las perso­nas como seres nuevos, sin concep­tos, sin memoria, y que las escuches desde adentro con tu corazón abierto de par en par, comprendiéndolas, amándolas. Ésta es la mejor oración. Un día sentirás el asombro de haber estado prisionero de los conceptos y de tu ego. Entonces verás lo bella que se te hace la Biblia, que te acerca a la vida y no te aleja de ella ya. En­tonces habrás encontrado la interpre­tación de la Biblia y, en ella, el ma­nual para comprender mejor la vida.
Una vez había un cachorro de león que se perdió y se metió en un reba­ño de ovejas. Creció allí y se creía una oveja como ellas. Pero un día un león adulto llegó por allí y las ovejas corrieron espantadas a ponerse a sal­vo y, entre ellas, el pequeño león tam­bién corrió asustado. Pero el león, que lo había descubierto, le da alcan­ce y el cachorro asustado le dice: "¡No me comas, por favor!" Mas el león, sin decir nada, lo arrastra hasta el borde de una charca y lo obliga a que mire las dos imágenes reflejadas en el agua. El cachorro, al verse como en realidad era, como un león, des­pertó y, desde ese momento, ya fue todo un león.

Esto es lo que nos tiene que ocurrir al leer este libro: que despertemos para ver claramente que somos leones y no ovejas.

 

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