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Estar centrados

 

Recursos Estar centrados Diagmóstico Protocolo CV4 y esfenobasilar Ajuste craneal

 

Permanecer centrado
Si queremos ayudar a otra persona a encontrar su salud, nosotros mismos tenemos que estar en contacto con nuestro propio equilibrio y perspecti­va. Los terapeutas usan diversos métodos para en­contrar este equilibrio, y cada individuo puede te­ner su propia manera de hacerlo. Algunos terapeutas toman unas respiraciones lentas y profundas que les ayudan a centrarse, o simplemente se sientan tranquilamente durante unos momentos antes de hacer contacto físico. Lo importante no es tanto la forma de hacerlo sino el hecho de despejar el terreno desde el que poder palpar y escuchar.
Un método habitualmente empleado por los terapeutas craneosacrales para centrarse es esta­blecer lo que se denominan «los fulcros del tera­peuta». Como hemos señalado anteriormente, un fulero es un lugar que orienta el movimiento. Un fulero del terapeuta es un punto de referencia en torno al que el terapeuta puede orientarse para no perderse durante la escucha. Para establecer estos puntos de referencia se usan unas visualizaciones simples que ayudan al terapeuta a sentirse enrai­zado y le permiten establecer una relación clara con su paciente. Esta capacidad de estar centrado es de gran importancia para el trabajo craneosa­cral... y más. Es una habilidad vital que nos ayu­da a recordar quiénes somos y dónde estamos. Mi propia experiencia me indica que establecer estos fulcros ayuda a mantener la estabilidad a pesar de las turbulencias que puedan producirse a nuestro alrededor.

 

Establecer los fulcros del terapeuta

Siéntate, encuentra una posición cómoda, y tómate un minuto para llevar la atención a la co­lumna. Imagina una línea que va desde la base de tu columna (cóccix) hasta un punto en el suelo debajo de ti, como si tu columna vertebral se pro­longara hasta tocar tierra (véase Figura 6.1). Tra­zar esta línea es como dejar caer un ancla en tie­rra desde la base de la columna. Te proporciona un punto de referencia en el suelo. Imagina que esta ancla o fulero también es capaz de moverse, de modo que no fija tu posición. Nota cómo se mueve mientras te inclinas hacia delante y des­pués hacia atrás. Al inclinarte hacia delante, el fulero se mueve hacia atrás en el suelo, y al incli­narte hacia atrás el fulero se mueve hacia delante. El establecimiento de este fulero puede ser una valiosa ayuda cuando hemos de afrontar expe­riencias confusas o intensas porque nos ayuda a sentirnos enraizados.
Se puede establecer otro fulcro útil imaginan­do una línea que parte de la parte posterior de la cabeza y desciende diagonalmente hacia el suelo que está detrás de ti (Figura 6.1). Esta línea es como una prolongación del seno recto a lo largo del cual se sitúa el «fulero de Sutherland». Ima­gina que esta línea desciende diagonalmente ha­cia el suelo formando un ángulo de aproximada­mente 30 grados desde la protuberancia occipital externa: un abultamiento situado en la parte pos­terior del hueso occipital. La protuberancia occi­pital está dos centímetros y medio por encima de la concavidad donde la parte superior del cuello se encuentra con el cráneo.
Esta conexión con el suelo que está detrás de ti te ayuda a orientarte en sentido anteroposterior. Puede dar al terapeuta una sensación de distancia física y energética entre él y el paciente. Éste también es un fulero móvil. Si te desplazas hacia delante y después hacia atrás notarás cómo cam­bia el ángulo de esta línea. La conciencia de este fulero puede ayudarnos a encontrar el equilibrio adecuado en nuestra postura (y cualidad de inten­ción) cuando empezamos un tratamiento. Ade­más, el hecho de establecerlo impide al terapeuta craneosacral inclinarse demasiado sobre su pa­ciente. Cuando esto ocurre, el sistema respirato­rio primario del paciente puede sentirse presiona­do. Alternativamente, si no se presta atención a este fulcro, el contacto del terapeuta puede ser demasiado remoto o distante.
A algunos terapeutas también les gusta esta­blecer fulcros laterales a izquierda y derecha, por lo que visualizan líneas que salen de los lados de su cabeza y descienden diagonalmente hacia el suelo por ambos lados. Estas líneas son como los vientos de una tienda de campaña. También hay terapeutas que establecen el «fulcro en el cielo» visualizando una línea que asciende desde la par­te alta de la cabeza hacia el cielo. Este fulcro puede hacernos conscientes del espacio existente sobre nosotros y a nuestro alrededor. Además, si el terapeuta se apoya en los codos situados sobre la camilla, estos puntos pueden ser fulcros im­portantes para sus manos palpantes.

 

Orientarse

Ser consciente de estos fulcros nos ayuda a sen­tir dónde estamos, especialmente si los límites en­tre nosotros y la otra persona están difusos. Como buena parte del trabajo craneosacral se realiza es­tando sentado y sin moverse durante muchos mi­nutos seguidos, es fácil que el terapeuta sienta suego, es fácil perder estos límites cuando se está manteniendo un contacto profundo con otra per­sona. Si no somos conscientes de este hecho, puede que nos sintamos demasiado absorbidos por los asuntos del paciente. Entonces es posible que los árboles no nos dejen ver el bosque.
El toque es una poderosa herramienta terapéuti­ca, pero para que el contacto sea profundamente curativo tiene que estar libre de intenciones que al­teren el proceso natural del paciente. Las necesi­dades personales, incluso la necesidad emocional de ayudar a alguien, puede crear una pérdida de lí­mites, y por tanto una pérdida de claridad. Cuando esto ocurre, puede haber confusión respecto a qué sensaciones pertenecen al terapeuta y cuáles perte­necen al paciente". Por ejemplo: «¿Lo que siento viene de ti o de mí?», o«¿me siento mejor/peor por ti o por mí?». Estas disquisiciones pueden re­sultar agotadoras y alterar la sensación de seguri­dad y apoyo durante el tratamiento.
Los límites claros permiten a cada persona apreciar lo que es verdaderamente suyo y capaci­tan a acceder a la curación desde dentro. Cuando los límites están claros, el terapeuta puede man­tener la sensación de sí mismo y de su paciente, de modo que cualquier experiencia dentro de esa relación no se vuelva borrosa. Por otra parte, los límites no deben convertirse en barreras. La pre­sencia de un contacto verdaderamente cuidadoso y compasivo proporciona enormes beneficios.

 

Neutralidad del terapeuta

El estado mental que mejor se adapta a la pal­pación craneosacral recibe el nombre de neutra­lidad del terapeuta. Se trata de una escucha neu­tral y ecuánime en la que no ponemos ninguna intención personal. Aunque esto es fácil de decir, no siempre es fácil de practicar, ya que a todos nos pueden nublar nuestras opiniones, necesida­des emocionales y expectativas. Por tanto, este trabajo requiere el compromiso por parte de los terapeutas de trabajar sus propias proyecciones, expectativas y necesidades. Así se impedirá que los asuntos personales del terapeuta se entrome­tan en el proceso curativo natural del paciente. Como afirma el doctor John Upledger: «Noso­tros, los terapeutas, siempre debemos recordar el tremendo poder que nuestra intención, actitud y expectativas tienen sobre el paciente y su res­puesta al tratamiento» . La palpación craneosa­cral es más precisa y eficaz cuando se practica sin expectativas. Esto requiere la «capacidad por parte del terapeuta de llegar hasta el paciente y encontrarse con él donde está, no donde le gusta­ría que estuviera»
Expectativas
Hay una hermosa historia que revela cierta sa­biduría judía sobre la necesidad de abandonar las expectativas. La historia se sitúa en la Rusia zaris­ta de principios del siglo xix. Durante esa época, la población local judía estaba siendo perseguida y se obligó a muchos de ellos a abandonar sus ho­gares para buscar una nueva vida. En un pequeño pueblo, un rabino solía atravesar la plaza de cami­no a la sinagoga; había estado pasando por allí cada día a la misma hora durante los últimos cua­renta años. Una mañana, mientras pasaba el rabino, unos policías le observaban desde las escale­ras de la comisaría de policía que presidía la pla­za. Habían bebido demasiado la noche anterior y aún tenían algo de «resaca». Decidieron tomar el pelo al rabino. Los policías habían visto al rabino pasar por el mismo lugar cada mañana durante toda su vida. Y en esta ocasión, uno de los poli­cías le gritó en tono burlón: «Oye, rabino, ¿dónde vas?» El rabino se dio la vuelta, miró al policía, se encogió de hombros y dijo: «No lo sé.»
Esto no era lo que el policía esperaba oír, de modo que volvió a gritar, esta vez un poco más fuerte: «Rabino, ¿dónde vas?» De nuevo escu­chó la misma respuesta: «No lo sé.» La respues­ta dejó frustrado al policía porque veía que, como cada mañana, el rabino se dirigía a la sina­goga. El policía bajó corriendo las escaleras, agarró al rabino por las solapas y le preguntó gritando: «¿Dónde vas?» El rabino se encogió de hombros y volvió a replicar: «No lo sé.» El policía se enfadó. Agarró al rabino y lo llevó a la comisaría de policía, arrestándolo por semejante insolencia. Al llegar a lo alto de las escaleras el rabino se volvió hacia el policía y le dijo: «¡Lo ves, nunca se sabe!»

Estar en calma

En el trabajo craneosacral puede que uno no sepa qué le tiene que ocurrir al paciente, pero la inteligencia del sistema del paciente lo sabe. El terapeuta tiene que «acompañarle en su viaje» 27, siguiendo y confiando en el principio ordenante del Aliento de Vida y en cómo elige trabajar. Por tanto, es de gran importancia encontrar el punto de neutralidad desde el que practicar para poder apoyar las fuerzas autocurativas del paciente sin entrometerse.
Encontrar el estado neutral del terapeuta re­quiere el desarrollo de una cualidad de atención capaz de mantenerse en calma.
Paradójicamente, estar en calma requiere práctica porque las distracciones y estímulos nos rodean por todas partes. El espectro de la violen­cia atrapa nuestra atención en las noticias de la noche, nuestra vida emocional se escenifica en las series dramáticas, y se libran ardientes bata­llas para que compremos cosas que prometen hacednos felices. Pero el verdadero problema es que todo este bombardeo hace que nos perdamos de vista a nosotros mismos. Normalmente estos estí­mulos alejan nuestra atención de nosotros, por lo que nos quedamos sin contacto con nosotros mis­mos. Perdemos nuestra sensación de ser. Enton­ces anhelamos más estímulos para poder sentir cualquier cosa.
Acceder a la neutralidad del terapeuta signifi­ca desarrollar una atención que no se distraiga con los estímulos externos ni esté preocupada por sus propios asuntos. Requiere que encontremos un lugar donde nuestra atención no vaya ni ven­ga, sino que descanse en un punto neutral inter­medio. La capacidad de encontrar este lugar de quietud desde el que escuchar es otro fundamen­to de una palpación craneosacral clara.

 

Mente de principiante

Permanecer neutral también significa escuchar con una sensación de curiosidad y encantamiento, además de no tener juicios ni expectati

vas respecto a lo que podamos encontrar. Requiere acompañar a la otra persona desde una sensa­ción de «no saber». Esto puede dar miedo al principio, hasta que vamos soltando lo que creía­mos saber y entramos en la escucha profunda. Este tipo de atención se denomina «mente de principiante» en el budismo zen 28. Implica ver las cosas como si las viéramos por primera vez. Como dijo Confucio: «Quién se aleja de la ino­cencia, ¿a dónde va?» Los niños tienen mente de principiante de manera natural, pero en la edad adulta se nos anima a perderla.
Cuando tenía aproximadamente tres años, te­nía un amigo imaginario llamado «Gog-gog». Un día conté a mis padres que Gog-gog cuidaba de mí. Se presentaba en momentos especiales y jun­tos teníamos fantásticas aventuras. A veces salía­mos volando por la ventana de mi habitación y dábamos una vuelta por el jardín y las casas del vecindario para curiosear. Cuando les conté a mis padres estas aventuras se rieron, y yo me sentí herido. Me di cuenta de que ridiculizaban a Gog­gog y era mejor no hablar de él. De modo que lo aparté de mi mente hasta que muchos años des­pués, mientras hojeaba un libro de mitología cel­ta, vi que dos antiguos espíritus que cuidan de los niños de nuestra zona se llaman Gog y Magog. Incluso hay dos viejos árboles en el este de Ingla­terra que llevan el nombre de estos grandes espí­ritus protectores de los niños.
A la mayoría de nosotros se nos dice que des­cartemos estas percepciones infantiles, de modo que desde muy temprano aprendemos a aceptar únicamente los pensamientos y sentimientos que se adaptan a la visión prevaleciente del mundo (por ejemplo, la visión de nuestros padres o de nuestros profesores). En consecuencia, es posible que vivamos nuestra vida dentro de un nivel de percepción estrecho pero aceptado. Y también es posible que seamos inteligentes intelectualmente, pero que hayamos perdido la capacidad de con­fiar en lo que sentimos. El conocimiento intelec­tual no abarca el reino de nuestra sabiduría inter­na, y no es suficiente para reconectarnos con nuestra fuente de salud. Para poder apreciar ver­daderamente nuestra inteligencia profunda tene­mos que realizar un cambio de percepción.

Fuente: Michael Kern, libro completo de terapia craneosacral.

 

 

 

 

 

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