Autoestima
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Redescubrirte a ti mismo, es simplemente redescubrir la Vida en plenitud que puedes alcanzar, si te propones eliminar las rejas que tu mismo te pusiste. Para resolver el misterio de la vida sólo necesitamos cumplir un mandamiento: vivir como una célula. Sin embargo, no lo hacemos, y la razón resulta evidente: tenemos nuestra manera de hacer las cosas. Nuestras células se alimentan del mismo oxígeno y glucosa que nutrieron a las amibas hace dos billones de años, pero nosotros preferimos los alimentos de moda, grasosos, azucarados y frívolos. Pese a que nuestras células cooperan entre sí -con base en lineamientos establecidos por la evolución en los helechos del periodo cretáceo, nosotros encontramos un nuevo enemigo en el planeta cada década, cada año, cada mes. Lo mismo podemos decir de otras desviaciones de la sabiduría exacta, completa y casi perfecta de nuestros cuerpos.
El mundo material está lleno de objetos, sucesos y personas. Todo lo que el cerebro hace es recibir señales incesantes relacionadas con el equilibrio químico, el consumo de oxígeno y la temperatura del cuerpo. A lo anterior se suma una corriente discontinua de impulsos nerviosos. Esta enorme cantidad de información no procesada tiene su origen en estallidos químicos que producen cargas eléctricas. Éstas viajan en todas direcciones por una intrincada red de finísimas células nerviosas, y una vez que llegan al cerebro (como un corredor que lleva un mensaje a Roma desde los límites del imperio) la corteza las combina y forma un conjunto aún más complejo de señales eléctricas y químicas. La corteza no nos dice nada sobre este procesamiento perpetuo de información, que es lo único que ocurre dentro de la materia gris. Nosotros sólo percibimos el mundo material con todas sus imágenes, sonidos, sabores, olores y texturas. ¿Mi cerebro tiene un sistema para crear el mundo de los sueños y otro para crear el de la vigilia? No; en términos de función cerebral, el mecanismo de los sueños no se esfuma cuando despierto. La misma corteza visual localizada en la parte trasera de mi cabeza, hace que vea un objeto -un árbol, un rostro, e! cielo en la memoria, en un sueño, en una foto o justo frente a mí. La ubicación de la actividad neuronal cambia ligeramente entre una situación y otra, por lo que puedo distinguir entre un sueño, una foto y el objeto; pero el proceso fundamental siempre es el mismo: estoy creando un árbol, un rostro o el cielo a partir de una maraña de nervios que lanzan estallidos químicos y cargas eléctricas por todo el cuerpo. Por más que me esfuerce, jamás encontraré un patrón de sustancias químicas y cargas eléctricas con forma de árbol” de rostro o de ninguna otra cosa. Todo lo que hay es una tormenta de actividad electroquímica.
Este embarazoso problema -la incapacidad de demostrar la existencia de un mundo exterior- socava la base del materialismo. Es así como llegamos al segundo misterio espiritual: no estás en el mundo; el mundo está en ti. En el momento en que digo que el mundo entero se crea en mí, me doy cuenta de que tú podrías decir lo mismo. ¿Estoy en tu sueño, tú estás en el mío, o estamos todos atrapados en una extraña combinación de las versiones de cada uno sobre los acontecimientos? Para mí, éste no es un problema sino la esencia de la espiritualidad. Todos somos creadores. El misterio de cómo se combinan todos estos puntos de vista individuales -de modo que tu mundo y el mío armonicen- es lo que lleva a las personas a buscar respuestas espirituales. No hay duda de que la realidad está llena de conflictos, pero también de armonía. Es liberador darse cuenta de que como creadores generamos cada aspecto, bueno o malo, de nuestra experiencia. Así, cada uno es el centro de la creación. Antiguamente, estas ideas se aceptaban de manera espontánea. Hace siglos la doctrina de la realidad única constituía el centro de la vida espiritual. Religiones, pueblos y tradiciones discrepaban muchísimo, pero todos coincidían en que el mundo es una creación indivisa e imbuida de una inteligencia, un diseño creativo. El monoteísmo llamó a esta realidad única Dios; India, Brahma; China, Tao. En todos los casos, el individuo vivía dentro de esta inteligencia infinita, y sus actos constituían el diseño total de la creación. No tenía que emprender búsquedas espirituales para encontrar la realidad única: su vida estaba inmersa en ella. El creador permeaba por igual cada partícula de la creación, y la misma chispa divina animaba toda forma de vida. En la actualidad tildamos esta perspectiva como “mística” porque trata con lo invisible. Pero si nuestros ancestros hubieran conocido el microscopio, ¿no habrían encontrado en la conducta de las células la comprobación de su misticismo? La creencia en una realidad inclusiva ubica a cada individuo en el centro de la existencia. El símbolo místico de esta situación es un círculo con un punto en el centro: el individuo (punto) es en realidad infinito (círculo). Es como la pequeña célula cuyo punto de ADN la vincula con billones de años de evolución. ¿Pero podemos considerar al concepto de la realidad única como místico? Durante el invierno veo por mi ventana al menos un capullo colgando de una rama. Dentro de él una oruga se ha convertido en crisálida, la cual surgirá en primavera como mariposa. Todos conocemos esta transformación porque la vimos de niños o porque leímos The Very Hungry Caterpillarde Eric Carie. Pero lo que ocurre en el interior del capullo sigue siendo un misterio. Los órganos y tejidos de la oruga se disuelven” forman una sopa amorfa y toman la estructura de una mariposa, la cual no guarda ningún parecido con la oruga. La ciencia no se explica cómo se desarrolló esta metamorfosis. Resulta imposible imaginar que los insectos la descubrieran por accidente: la complejidad química necesaria para convertir una oruga en mariposa es insólita; la transformación requiere miles de pasos interconectados minuciosamente. (Es como si llevaras tu bicicleta a reparar y te entregaran a cambio un avión.) Pero algo sabemos sobre cómo se conforma esta delicada cadena de sucesos. Dos hormonas, juvenil y ecdisona, regulan lo que a simple vista parece la disolución de la oruga. La ciencia se concentra en las moléculas, pero en este asombroso ejemplo una inteligencia las utiliza para lograr sus objetivos. El objetivo en este caso es formar una nueva criatura sin desperdiciar ingredientes. Otro ejemplo: dos proteínas que evolucionaron hace millones de años, la actina y la miosina, permiten a los músculos de las alas de los insectos contraerse y relajarse. Gracias a ellas los insectos aprendieron a volar. SÍ una de estas moléculas está ausente, las alas crecen pero no baten, y por tanto son inútiles. Las mismas proteínas son responsables del latido del corazón humano, y cuando una está ausente, el pulso es ineficiente, débil y, en última instancia, puede sobrevenir un ataque cardiaco. ¿Cómo fue que la creencia en la realidad única se vino abajo? Había una alternativa que también colocaba a cada individuo en el centro de su propio mundo. Sin embargo, e vez de incluirlo lo hacía sentir solo y aislado, impulsado por el deseo personal y no por una fuerza vital compartida o por la comunión de las almas. Es la opción a la que llamamos ego, hedonismo” ley del karma o -para usar un lenguaje religioso- expulsión del paraíso. Ha penetrado hasta tal grado nuestra cultura que seguir al ego no parece ya una elección. Desde niños hemos sido educados en la norma del “primero yo, después yo y finalmente yo”. La competencia nos enseña que debemos luchar por lo que deseamos. La amenaza de otros egos -que se sienten tan aislados y solos como nosotros-, está siempre presente: nuestros planes podrían frustrarse si alguien se nos adelantara. Mi intención no es censurar al ego ni responsabilizarlo de que las personas no sean felices, sufran o no encuentren su verdadero yo, a Dios o al alma. Se dice que el ego nos obnubila con sus exigencias, avaricia, egoísmo e inseguridad interminables, lo cual es un punto de vista común pero errado. Lanzarlo a la oscuridad, convertirlo en enemigo, sólo agudiza la división y la fragmentación. Si sólo existe una realidad, debe abarcar todo. Excluir al ego es tan imposible como suprimir el deseo. La decisión de vivir en aislamiento -algo que las células jamás eligen, excepto las cancerígenas- originó un género especial de mitología. En todas las culturas se habla de una edad de oro enterrada en un oscuro pasado. Este relato de perfección degrada a los seres humanos, quienes creyeron que eran defectuosos por naturaleza, que todos portamos la marca del pecado, que Dios no mira con buenos ojos a estos hijos descarriados. El mito da a una elección la apariencia de designio. La separación cobró vida propia, pero ¿desapareció la posibilidad de la realidad única? Para reconquistar la realidad única debemos aceptar que el mundo está en nosotros. Este secreto espiritual se basa en la naturaleza del cerebro, cuya función es crear el mundo en todo momento. Si tu mejor amigo te llama por teléfono desde Tíbet, el sonido de su voz es una sensación en tu cerebro; si se presenta en tu casa, su voz seguirá siendo una sensación en la misma parte de tu cerebro, y lo mismo ocurrirá cuando tu amigo se haya ido y su voz resuene en tu memoria. Una estrella en el cielo parece lejana aunque también es una sensación en otra zona de tu cerebro. Por tanto, la estrella está en ti. Ocurre lo mismo cuando degustas una naranja, tocas una tela aterciopelada o escuchas a Mozart: toda experiencia se origina en tu interior. En este momento, la vida centrada en el ego resulta totalmente convincente, razón por la cual ni todo el dolor y sufrimiento que provoca nos decide a abandonarla. El dolor lastima pero no muestra la salida. El debate sobre cómo terminar la guerra, por ejemplo, ha resultado estéril porque se funda en la idea de que somos individuos aislados; como tales, nos enfrentamos a “ellos”, los innumerables individuos que quieren lo mismo que nosotros. La violencia se basa en la oposición nosotros-ellos. “Ellos” nunca se van ni se dan por vencidos; luchan por proteger sus intereses. Mientras unos y otros tengamos intereses distintos, el ciclo de violencia perdurará. Las consecuencias funestas de esta postura pueden observarse en el organismo: en un cuerpo saludable, todas las células se reconocen en las demás. Cuando esta percepción se corrompe y ciertas células se convierten en “el otro”, el cuerpo arremete contra sí, situación conocida como trastorno inmunológico, y provoca afecciones terribles como artritis reumatoide y lupus. La agresión de un ser contra sí mismo se fundamenta en un concepto erróneo, y aunque la medicina puede proporcionar cierto alivio al cuerpo, es imposible curarlo sin corregir primero el concepto equívoco. Una acción categórica en favor de la paz es renunciar al interés personal de una vez por todas, lo que arranca la violencia de raíz. Esta idea puede resultar desconcertante; nuestra reacción inmediata es: “¡Pero yo soy mi interés personal en el mundo!” Por fortuna, esto no es exacto: el mundo está en ti, no al revés. A esto se refería Cristo cuando nos apremió a alcanzar el reino de Dios y preocuparnos por lo mundano después. Dios posee todo en virtud de haber creado todo; si tú y yo creamos las percepciones que interpretamos como realidad, nos pertenecen también. La percepción es el mundo; el mundo es percepción. Puedo entender a quienes encuentran tan repugnante al ego que quieren deshacerse de él. Sin embargo, el ataque al ego es sólo un disfraz sutil del ataque a uno mismo. Su destrucción no serviría de nada aun si pudiera lograrse. Es vital mantener la maquinaria creativa intacta. Cuando lo despojamos de sus sueños feos, inseguros y violentos, el ego deja de ser feo, inseguro y violento, y toma su lugar como parte del misterio. La realidad única nos ha revelado un valioso secreto: quien crea es más importante que el mundo entero. De hecho, es el mundo. Vale la pena hacer una pausa para asimilarlo. De todas las ideas liberadoras que pueden cambiar la vida de una persona, quizá ésta sea la más poderosa. Pero para llevarla a la práctica” para ser auténticos creadores, debemos liberarnos de múltiples condicionamientos. Nadie nos pidió que creyéramos en un mundo material, pero aprendimos a considerarnos seres limitados. El mundo exterior debe ser mucho más poderoso; él marca la pauta, no nosotros; él está primero y nosotros muy por detrás. El mundo exterior no te proporcionará respuestas espirituales Esto parecerá extraño al principio, pero establecerá un nuevo conjunto de creencias:
EJERCICIO: “EL MUNDO ESTA EN TI” Empieza por considerarte co-creador de todo lo que te ocurre. Un ejercicio simple es contemplar lo que te rodea: conforme tu mirada se pose en una silla, un cuadro o el color de las paredes, piensa: No todos los objetos de tu entorno responderán claramente a estas preguntas. Si bien un departamento iluminado y de alegres colores representa un estado de ánimo muy distinto al de otro subterráneo y oscuro, un escritorio atestado de papeles puede tener varios significados: desorden interior, temor a las responsabilidades, exceso de obligaciones, desdén por los asuntos cotidianos, etcétera. Esta pluralidad se explica porque todos manifestamos y ocultamos al mismo tiempo quiénes somos. A veces expresamos nuestros sentimientos y otras nos distanciamos de ellos, nos negamos o utilizamos válvulas de escape aceptadas por la sociedad. El sofá que compraste sólo porque estaba de oferta, la pared blanca que no te importó pintar de otro color y el cuadro que no retiras porque es un obsequio de tus suegros, son también símbolos de tus sentimientos. Sin entrar en detalles, es posible echar un vistazo al espacio vital de una persona y determinar con bastante exactitud si está satisfecha o insatisfecha con la vida, si tiene una identidad firme o débil, si es conformista o inconformista, si prefiere el orden al caos, si se siente confiado o desahuciado. Ahora pasa a tu círculo social. Cuando estés con tu familia o amigos, escucha con tu oído interno lo que ocurre. ¿Qué parte de mí representa este programa, la que pasa incesantemente de un problema a otro o la que busca respuestas? Ejercicio 2: lleva el mundo a casa Que seas un creador no significa que tu ego lo sea. El ego está empotrado perfectamente a tu personalidad, la cual, obviamente, no creó todo lo que te rodea. La creación no ocurre en ese nivel. Intentemos acercarnos al creador interior reflexionando sobre una rosa. Ahora reflexiona en el ADN contenido en cada célula de la rosa. Visualiza billones de átomos engarzados en esta doble hélice y piensa: “Mi ADN está mirando el ADN de esta flor. No se trata de un observador mirando un objeto; es una forma de ADN observando otra forma de ADN”. Observa cómo el ADN empieza a relucir hasta convertirse en vibraciones invisibles de energía. Piensa: “La rosa se ha desvanecido; ha vuelto a ser energía primigenia. Yo me he desvanecido y soy de nuevo energía primigenia. Ahora, un campo de energía está mirando otro campo de energía”. Finalmente, observa cómo las ondas de energía de cada uno se mezclan hasta desvanecer el límite que los separa, como olas que se alzaran y cayeran en la vasta superficie de un mar infinito. Piensa: “Toda la energía proviene de una fuente y vuelve a ella. Cuando miro una rosa, una porción minúscula del infinito se eleva de la fuente para experimentarse a sí misma”. Este ejercicio nos ha permitido conocer la realidad: un campo de energía infinito y silencioso experimentó mediante un destello al objeto (rosa) y al sujeto (observador) sin ir a ningún lado. La conciencia simplemente contempló un aspecto de su belleza eterna. Su único móvil fue crear un momento de alegría. Tú y la rosa fueron los polos opuestos de ese momento, pero no estaban separados: un mismo trazo creativo los fundió en uno.
Todas las vidas son espirituales Una de las peculiaridades de la vida moderna es que las personas que discrepan violentamente en cuanto a creencias religiosas llevan vidas similares. Si el gobierno vigilara 24 horas al día tanto a quienes consideran que acatan la ley divina como a quienes no piensan siquiera en el reglamento de Dios, imagino que la suma total de virtud y corrupción, amor y odio, paz y violencia, sería exactamente la misma. No digo esto con afán de polemizar. Pero es como si el universo tuviera sentido del humor, pues en un nivel profundo es imposible no tener una vida espiritual. Tú y yo estamos tan imbuidos en la creación de un mundo como lo está un santo. No puedes ser despedido del trabajo de crear un mundo, que es la esencia de la espiritualidad. Y no puedes renunciar a ese trabajo aun cuando rehúses presentarte. El universo vive a través de ti en este momento. Con o sin creencia en Dios, la cadena de sucesos que lleva de la conciencia silenciosa a la realidad física permanece intacta. El sistema operativo del universo funciona para todos por igual, y opera con base en principios que no requieren tu cooperación. Sin embargo, si decides llevar una vida espiritual consciente, ocurre un cambio. Los principios del sistema operativo, las reglas de la creación, se vuelven personales. Ya hemos mencionado muchas de las reglas de la creación; analicemos ahora cómo podemos alinear lo universal con lo personal. UNIVERSAL UNIVERSAL En este principio vemos el origen de todos los mitos y arquetipos, héroes y hazañas. La psique colectiva comparte un nivel de conciencia que va más allá de los individuos. UNIVERSAL UNIVERSAL UNIVERSAL UNIVERSAL UNIVERSAL UNIVERSAL UNIVERSAL UNIVERSAL Podría decirse que estos diez principios representan las maneras de concebir el sistema operativo que mantiene en marcha la realidad única. En verdad, todo esto resulta inconcebible, y nuestros cerebros no están preparados para operar en lo inconcebible. No obstante, pueden adaptarse a vivir inconscientemente. Todas las criaturas de la Tierra están sujetas a las leyes de la naturaleza; sólo los humanos pensamos; “¿En qué me afecta todo esto?” Si prefieres desentenderte y decides vivir como si la dualidad fuera real, no verás la manera en que estos diez principios se relacionan contigo. La ironía cósmica es que estas mismas leyes seguirían rigiendo tu vida aunque no las reconozcas.
La alternativa de ser conscientes o no, nos lleva a la posibilidad de la transformación. Nadie discute que la vida es cambio. Pero, ¿es posible que, mediante la simple modificación de su conciencia, una persona provoque una transformación profunda y no sólo un cambio superficial? Transformación y cambio son dos cosas distintas, como puede verse en los cuentos de hadas. La pobre chica a quien su malvada madrastra obliga a permanecer en casa fregando el piso mientras sus hermanastras van al baile, no se supera asistiendo a la escuela nocturna. Es el toque de una varita mágica el que transporta a Cenicienta instantáneamente al palacio como una criatura completamente transformada. Según la lógica del cuento de hadas, el cambio es demasiado lento, demasiado gradual, demasiado prosaico para satisfacer los anhelos simbolizados por la rana que sabe que es un príncipe o por el patito feo que se convierte en cisne. La humedad del agua es un ejemplo perfecto de propiedad emergente. En un universo sin agua sería imposible obtener la humedad mezclando otras propiedades existentes. El azúcar extraída de una naranja viaja al cerebro y sirve de combustible a un pensamiento. La propiedad emergente en este caso es la novedad del pensamiento: jamás en la historia del universo se habían combinado moléculas con ese resultado. El aire que entra por tus pulmones se combina de mil maneras para producir células que nunca han existido tal como existen en ti; y cuando utilizas oxígeno para moverte, tus músculos realizan acciones que, por muy similares que sean a las de otras personas, son expresiones tuyas únicas. Si la transformación es la norma, la transformación espiritual es una extensión de lo que la vida ha estado haciendo todo el tiempo. Aunque sigas siendo quien eres, puedes dar un salto cuántico en tu conciencia, y la señal de que ese salto ha sido real será alguna propiedad emergente nunca experimentada en el pasado. Propiedades emergentes espirituales Claridad de conciencia Éstas pueden considerarse transformaciones espirituales porque ninguna puede obtenerse simplemente recombinando viejos ingredientes del yo. Al igual que la humedad del agua» cada una aparece como por alquimia: la escoria de la vida diaria se convierte en oro. Claridad significa estar consciente de ti mismo todo el tiempo: mientras estás despierto, duermes o sueñas. En vez de estar eclipsada por las circunstancias externas, tu conciencia siempre está abierta a sí misma. La claridad es atenta y despreocupada. La transformación auténtica, a mi manera de ver, depende del surgimiento de estas propiedades como tu experiencia personal. Son cualidades primigenias inmersas en la conciencia; no fueron inventadas por los seres humanos ni proyectadas por carencia, necesidad o hambre. Es imposible experimentarlas obteniendo más de lo que ya tienes. Ser lo más generoso posible con los demás y evitar causarles daño no es lo mismo que no violencia en sentido espiritual. Mostrar valentía ante el peligro no es lo mismo que ausencia de miedo. Sentirse estable e íntegro no es lo mismo que totalidad. Hay que remarcar que por más inalcanzables que parezcan estas cosas, son completamente naturales: son extensiones de un proceso de transformación que ha estado contigo toda tu vida. Cada uno somos ya una propiedad emergente del universo, una creación totalmente nueva a partir de los genes de nuestros padres. Pero hay una magia más profunda. En el nivel químico, los genes de tus padres sólo se recombinaron; tú obtuviste algunos de uno y algunos de otro. La supervivencia de cierto acervo genético se extendió para incluir una nueva generación, no se descompuso súbitamente en una sustancia nueva y desconocida. De alguna manera, la naturaleza utilizó esos viejos elementos para realizar una hazaña alquímica: tú no eres una réplica genética reconfigurada. Tus genes son sólo la estructura que soporta una experiencia única. El ADN es la manera en que el universo toma conciencia de sí mismo. Hicieron falta ojos para que el universo viera su apariencia; oídos para escuchar sus sonidos, etcétera. Para asegurarse de no perder interés, el universo te creó para tomar conciencia de sí mismo de una manera que no había existido. Así, eres una expresión de eternidad y de este preciso instante, ambos a la vez. Transformarse es como embarazarse. La mujer que decide tener un bebé toma una decisión personal y al mismo tiempo se somete a una poderosísima fuerza de la naturaleza. Por un lado, ejerce el libre albedrío; por el otro, queda atrapada en una serie inexorable de acontecimientos. Una vez que tiene una semilla fertilizada en su vientre, la naturaleza toma el control; engendrar un bebé es algo que haces y al mismo tiempo algo que te ocurre. Lo mismo puede decirse de cualquier otra transformación auténtica. Tú puedes hacer la decisión personal de ser espiritual, pero cuando el espíritu toma el control, quedas atrapado en fuerzas superiores a ti. Es como si un cirujano fuera llamado al quirófano para una cirugía y descubriera que el paciente en la mesa de operaciones es él mismo. Hemos revisado los diez principios que integran el sistema operativo de la realidad única. Pero la mayoría de las personas están inmersas en otro sistema operativo: el de la dualidad. Viven asumiendo que son individuos separados, aislados, en un cosmos aleatorio donde lo que ocurre “aquí dentro” no se refleja “allá fuera”. Entonces, ¿cómo puede una persona cambiar de un sistema operativo al otro? La unidad es totalmente distinta de la dualidad, pero no tienes que esperar el final de este viaje para vivir como si estuvieras en el siguiente. Justo ahora estás viviendo como si la limitación y la separación debieran ser verdad; por tanto, no estás dejando espacio para que no sean verdad. Aun así, una inteligencia oculta preserva el orden increíble de la vida al tiempo que permite que el cambio se arremoline en aparente caos. Si exponemos una célula viva a la luz del sol en un día fresco de primavera, se marchitaría y convertiría en polvo; su ADN se esparciría en el viento. No obstante, esa aparente fragilidad ha sobrevivido a dos billones de años de constantes ataques del ambiente. Para comprobar que nuestra existencia está protegida por la misma inteligencia, es necesario alinearnos con ella. Entonces se revelará una ley universal: la totalidad permanece, no importa cuánto cambie. Tu tarea consiste en hacer que la totalidad sea más real en tu vida. Mientras permanezcas en el nivel donde prevalece el cambio, no tienes posibilidades de llegar a ser verdaderamente nuevo. La dualidad mantiene su sistema operativo en todo momento, y mientras estés conectado a él, parecerá real, factible, fidedigno y comprobable. El otro sistema operativo, que se basa en la totalidad, funciona mucho mejor que al que estás acostumbrado. La totalidad también es real, factible, fidedigna y comprobable. Con la finalidad de orientarnos, analicemos algunas situaciones familiares y veamos cómo las abordaría cada sistema. Imagina que llegas un día al trabajo y escuchas un rumor acerca de que en tu empresa habrá un recorte de personal, nadie sabe si tu empleo está en riesgo, pero podría estarlo. En el sistema operativo de la dualidad entran en juego los siguientes supuestos: Estos pensamientos son comunes cuando nos encontramos en un momento de crisis. Algunas personas toleran el peligro mejor que otras, y tú has enfrentado muchas situaciones similares con mayor o menor éxito. Pero estas preocupaciones sólo son parte de un sistema operativo. Están programadas en el software del ego y su fijación absoluta en mantener todo bajo control. Lo que está en juego aquí no es la pérdida del empleo sino la pérdida del control. La amenaza externa revela cuan frágil es la realidad del ego. Planteemos ahora la misma situación en el sistema operativo programado desde la totalidad o realidad única. Llegas al trabajo y escuchas que en la empresa habrá recorte de personal. Entonces entran en juego los siguientes supuestos: Resulta claro que el segundo sistema operativo proporciona una sensación de mayor seguridad. La totalidad es segura; la dualidad no. El resguardo contra las amenazas externas es permanente cuando no existen factores externos, cuando sólo eres tú ocupando dos mundos —interno y externo— que se acoplan a la perfección. Los escépticos dirán que este sistema operativo nuevo no es más que un asunto de percepción, que vernos como creadores de nuestra realidad no significa que lo seamos. Pero lo somos. La realidad cambia cuando nosotros lo hacemos, y cuando modificamos nuestra percepción de estar divididos, la realidad única cambia con nosotros. La razón por la que no todos lo notan es que el mundo centrado en el ego —con sus exigencias, presiones, dramas y excesos— es sumamente adictivo, y como cualquier adicción, necesita una dosis diaria y la negación de que hay una manera de escapar de ella. Al adherirte a la realidad única, la adicción no terminará inmediatamente, pero dejarás de alimentarla. Tu ego y personalidad, que te ofrecen una visión limitada de quién eres, recibirán el mensaje de que deben dejar de asirse y aferrarse. Por fortuna, la percepción es bastante flexible para liberarse de la adicción a la dualidad. Cualquier suceso puede considerarse un producto del centro creativo interno. En este preciso instante puedo pensar en cualquier faceta de mi vida y decir, “yo lo hice”. Desde aquí sólo falta un paso para preguntar “¿Por qué lo hice” y “¿Qué quiero hacer en vez de eso?” Analicemos otro ejemplo. Vas en tu auto de regreso a casa y te detienes en un semáforo; pero el vehículo de atrás no para y golpea el tuyo. Saltas a confrontar al otro conductor, pero éste no se disculpa. De manera hosca te proporciona la información de su aseguradora. En un sistema operativo entran en juego las siguientes premisas: ¿Te parece que este segundo punto de vista es imposible o poco realista? No es más que la manera natural de percibir la situación desde la perspectiva de la realidad única. La primera perspectiva fue grabada en tu mente por las circunstancias de tu infancia; tuviste que ser entrenado para considerar a los demás como extraños y asumir que los accidentes son sucesos aleatorios. En vez de partir de una conciencia tan limitada, puedes abrirte a posibilidades más amplias. La segunda perspectiva es más generosa contigo y con el otro conductor. No son antagonistas sino actores en igualdad de condiciones en un escenario que intenta comunicarles algo. La perspectiva más amplia no implica culpa o violencia. Responsabiliza por igual a cada involucrado y les brinda idénticas oportunidades de crecimiento. Un accidente automovilístico no es bueno ni malo; es una oportunidad para reivindicar quién eres: un creador. Si el resultado final es un acercamiento a tu ser verdadero, habrás crecido y hasta tu deseo de ganar se verá satisfecho por la experiencia de la realidad única. Aunque insistas en que lo único que está en juego en este caso es el dinero —y que la confrontación es la única manera de obtenerlo—, esa perspectiva no es la realidad sino el refuerzo de una percepción. ¿Acaso el dinero neutraliza consecuencias como la ira, la culpa o el sentirse víctima de los demás? CAMBIA TU REALIDAD PARA ALBERGAR ESTA LECCION La séptima lección trata de la alquimia. Desde cualquier perspectiva, la alquimia es mágica. Es imposible convertir hierro en oro calentándolo, golpeándolo, moldeándolo o combinándolo con cualquier sustancia conocida. Éstos son simples cambios físicos. Del mismo modo, nunca lograrás una transformación interna tomando tu viejo yo y martillándolo con críticas, caldeándolo con experiencias excitantes, transformando su aspecto o conectándolo con personas nuevas. Los sucesos que ocurren en mi vida reflejan quién soy. Las personas que hay en mí vida reflejan aspectos de mí. Aquello a lo que preste atención crecerá. Nada es aleatorio; mi vida está llena de señales y símbolos. En todo momento, el universo me da los mejores resultados posibles. Mi conciencia siempre está evolucionando. La dirección de la vida es de la dualidad a la unidad. Si me abro a la fuerza de la evolución, ella me llevará adonde quiero ir. La mente fragmentada no puede llevarme a la unidad, pero debo usarla para recorrer el camino. Vivo en muchas dimensiones a la vez; la impresión de estar atrapado en el tiempo y el espacio es una ilusión.
Meditación, con musica
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